El color de sus ojos

El color de sus ojos

Era verde como los celos, como la envidia, como la desesperanza. El color de sus ojos lo fue todo durante años para mí, la razón por la que vivía, por la que respiraba y por la que escribía. Suena cursi, pero me pasa como al resto de vosotros. ¿O es que acaso escribís por otro motivo? Claro, yo sí, por el dinero, por la gloria, la inmortalidad y la fama… pero no os engañéis. Sois como yo, escribís por esos ojos verdes ya distantes que concentraban lo poco bello y noble que le queda a este mundo. Todo por lo que merece la pena luchar. Yo escribía por ellas, por sus suspiros y por el reflejo del sol en sus iris de hielo y mar, de hierba verde, de miel y de castañas, por los hijos que nunca tuve y nunca tendré. De entre todos los motivos, visto ahora con perspectiva, se me antoja el más noble, y también el más inútil. Escribir por el verde, el azul o el castaño de sus ojos, de todas ellas. Escribid, pero nunca lo hagáis con la esperanza de conquistarlas. Hacedlo con la fe de que algún día, cuando crucéis miradas en un aeropuerto, ellas no tengan nada que reprocharos. “Fuiste el mejor amante que jamás pude imaginar” te dirán sus pupilas. “Pero nunca te/me dejaría serlo”. El presente es esquivo, y más vale malo conocido…

Después de décadas dedicado a esto, no me ha reportado nada escribirles al verde, al azul ni al ámbar de sus ojos, nada más allá de un cierto cariño lastimero, una anécdota entrañable, o un escozor sutil –con mucho- en sus conciencias. Ellas duermen cada noche en la misma cama que tipos que nunca sueñan con ellas mientras que yo no sé ya de dónde sacar argumentos para las historias que mi imaginación recrea cada madrugada en forma de sueño. Escribid para demostrarle al mundo lo mucho –o poco- que valéis. Escribid con enojo, con la desesperanza del amante no correspondido, con la pasión del despecho. Es duro, pero tiene su encanto. Escribir, después de todo, es una forma de venganza, y la venganza, digan lo que digan, proporciona un inmenso placer.

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Elogio de la ignorancia

Yes we cani

Que el Saber –así, con mayúsculas- ha perdido cierto aura de respetabilidad en nuestra era es algo que nadie puede negar. En no pocos ámbitos sociales la ignorancia se ha convertido en una cualidad no sólo disculpable, sino admirada y perseguida. Con frecuencia en la escuela, en los medios audiovisuales o en la política, el despliegue de idiocia despierta un encomiable entusiasmo entre las masas. “Qué llano y sencillo es Fulano”, “cuán simpática espontaneidad muestra Mengano”, “Mirad qué popular este Zutano”. No, no me estoy rasgando las vestiduras horrorizado por este fenómeno tan singular. En realidad es un buen síntoma: nunca, como hasta nuestros días, tantos han sabido tanto. Son la abundancia y la fácil disponibilidad de conocimientos, “la democratización de la cultura”, las que han hecho del saber un bien prácticamente gratuito, y por eso mismo escasamente valorado. No muchas décadas atrás, un título de bachiller –no digamos ya universitario- despertaba respeto y admiración entre una inmensa mayoría cuyo acceso a la cultura era limitadísimo. Hoy, como el que más o el que menos tiene al alcance de la mano ingentes cantidades de sabiduría, la cosa no provoca ni admiración, ni saludable envidia, ni siquiera curiosidad.

Platón

“Lo poco que sé, se lo debo a mi ignorancia”. Platón (427-347 a. C).

Para bien o para mal, todavía existen algunos ámbitos que el común de los mortales identifica como fuentes inagotables de cultura: el mundo de las ciencias y las humanidades, el arte, la literatura… Os sorprendería, sin embargo, comprobar la cantidad de estulticia que rezuma de estas esferas. Gracias a que nuestra sociedad ha logrado universalizar la alfabetización (o casi), hoy cualquiera puede autoproclamarse intelectual. No obstante, si entre las decenas de miles de “escritores” que saturan los departamentos de lectura de las editoriales, los estantes de las librerías, o –como servidor- la misma blogosfera, si entre esa legión de escritores, decía, hiciéramos un sencillo examen de culturilla general como el que sigue:

1).- ¿Cuál es la capital de Austria?

2).- ¿Cuántos planetas tiene el Sistema Solar?

3).- Cite dos escritores franceses.

… descubriríamos maravillados lo poco que se exige a sí misma la gente para ponerse en la solapa la etiqueta de intelectual.

¿Os podéis imaginar lo que siento al contemplar semejante panorama, os lo imagináis? Pues siento una profunda envidia.

El pasado viernes tuve el placer de participar en una agradable tertulia con unos cuantos buenos amigos, como yo, aficionados a la escritura –vale, escritores-. Una de las múltiples líneas de la conversación discurrió por este mismo tema, el de la ignorancia, y fueron las reflexiones que compartimos las que me animaron a redactar este artículo.

Aun a riesgo de resultar pedante y prepotente… Perdón, me corrijo: aun con la certeza de que resultaré pedante y prepotente, he de confesar mi sincera envidia hacia todos esos audaces escritores que, por ignorancia, ingenuidad o mera simpleza mental, se embarcan en la creación compulsiva de novelas y relatos, las más de las veces atroces, pero merecedores en todo caso de un mínimo de dignidad como frutos del ingenio humano.

Sé que suena a broma, o a chiste sarcástico, pero no lo es. Creedme, lo digo en serio: si no fuera por el respeto intelectual que me inspira este noble oficio, ya habría escrito media docena de novelas, y probablemente mi carrera como literato gozaría de mucha mejor salud. No lo puedo garantizar, pero me comprometo –una vez más- a intentar hacer virtud de mis defectos en lo sucesivo, a ver si supero mi pánico literario y consigo sacarles algún provecho a mis neuronas.

Hay una célebre cita de Albert Einstein que dice así: “todos somos ignorantes, sólo que no todos ignoramos las mismas cosas”, lo cual es una verdad como un templo, y en cierta forma también un consuelo. ¡En serio! La inopia, bien administrada, es una saludable virtud. Ya lo dijo el filósofo Platón: “Lo poco que sé se lo debo a mi ignorancia”.

Underdog

Ángel Caído

El Ángel Caído es sin duda uno de los más logrados “underdogs” de todos los tiempos, aunque no fuera intención inicial de su creador hacerlo simpático.

A raíz de una consulta a propósito de un término algo esotérico que aparece en una de las secciones del blog, “underdog”, me ha parecido oportuno hacer una aclaración -que a la vez sirva como alabanza- sobre el concepto. “Underdog” puede traducirse como “perdedor previsible”, “el que lleva las de perder”, o “lo contrario del favorito”, y es especialmente aplicable en un contexto competitivo, como el deporte, la política o la guerra.

El “underdog” es un personaje tan antiguo como el ser humano. Hay algunos “underdogs” históricos muy conocidos: David en su combate contra el gigante Goliat, Leónidas y sus trescientos espartanos en las Termópilas, o el caudillo escocés William Wallace, un personaje popularizado gracias a la famosa –y confesamente novelesca- película de 1995, cuya inclusión en esta categoría sería algo discutible si atendemos a los hechos históricos.

En la ficción, quizás los primeros “underdogs” sean los antihéroes de la literatura picaresca española, personajes pioneros en la historia universal de las letras por romper con el modelo épico de héroe que había protagonizado todas las leyendas desde la invención de la escritura. Antes sólo se había escrito sobre dioses, reyes poderosos y nobles caballeros.

Philip Marlowe

El detective Philip Marlowe, interpretado por Humphrey Bogart en “El sueño eterno”. El género negro siempre ha sido un escenario ideal para los “underdogs”.

Pero es a partir del romanticismo, a finales del siglo XVIII, cuando el “underdog” empieza a ejercer su verdadero poder de seducción entre creadores y público. Desde ese momento la novela, el teatro, y posteriormente el cine, se llenan de personajes antiheroicos: perdedores, hampones, piratas, rebeldes idealistas, soldados de fortuna, detectives alcohólicos, adolescentes con acné, psicópatas, y gente corriente en general que, con mayor o menor acierto, se enfrentarán a los conflictos que les plantean el mundo, la sociedad y sus propias conciencias.

Karate Kid

Daniel Larusso (el personaje interpretado por Ralph Macchio en “Karate Kid”) es un ejemplo perfecto de “underdog” adolescente de instituto.

Porque todos somos un poco “underdog” en mayor o menor medida, estos personajes siempre nos han despertado una gran simpatía, desde Jane Eyre hasta Harry Potter, pasando por Frodo Bolsón, Diego Alatriste, Han Solo, la detective Salander, Rocky Balboa o el mismísimo Diablo. Yo no sabría decidirme por ninguno en concreto. Y vosotros, ¿tenéis algún “underdog” favorito?

La pluma y la espada

Pen & Sword

Robert Surcouf fue un corsario francés que operó en el Océano Índico, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, al servicio de Napoleón Bonaparte. Cobró una enorme popularidad en su país tras salir victorioso de numerosos enfrentamientos contra la armada británica. Téngase en cuenta que la mar, como campo de batalla, no brindó excesivas hazañas memorables a los ejércitos napoleónicos. Surcouf, sin embargo, consiguió apresar un total de cuarenta y siete naves enemigas. El episodio más notable de su carrera como corsario fue la captura, en octubre de 1800, de la fragata británica Kent, muy superior en hombres y armamento a La Confiance, la nave con la que Surcouf patrullaba las costas del Índico desde las islas de Reunión y Mauricio. Aquel acto lo convirtió en el enemigo público número uno de las autoridades británicas, que ofrecieron cinco millones de francos por su cabeza, si bien no dejaron de reconocer la caballerosidad y el trato humanitario que el mercenario dispensaba a sus prisioneros.

En cierta ocasión, Surcouf se enfrascó en una discusión con un oficial de la Royal Navy. Con aire recriminatorio, el británico le espetó:

-“Ustedes luchan por dinero, mientras que nosotros lo hacemos por honor”.

A lo que Surcouf respondió:

-“Así es, caballero: cada uno lucha por lo que más falta le hace”.

No pretendo suscribir la jactanciosa ocurrencia del corsario francés como principio inspirador de mis acciones, aunque me parece una ingeniosa salida, rebosante de pragmatismo, y acaso también de sinceridad. Preguntároslo: ¿Por qué lucháis? ¿Por qué luchan los taxistas, los contables, los analistas de sistemas, los charcuteros, los procuradores judiciales o los cajeros de supermercado? Para ganarse la vida, claro. ¿Y los escritores? ¿Por qué luchan? Por la gloria y la inmortalidad, por superarse a sí mismos, por aburrimiento, por ganar autoestima, o porque también es un oficio como otro cualquiera (sí, y más complejo, más presente en nuestro día a día y más necesario de lo que muchos sospechan; en otra ocasión hablaremos de eso). Como honorable mercenario que aspiro a ser, respeto y admiro las motivaciones de cada cual para escribir, ya que, aun cuando no se tiene la menor pretensión, me parece que la escritura es una de las aficiones más edificantes y enriquecedoras que puedan imaginarse. Pero ahí os dejo el guante: ¿Por qué escribís? ¿Por qué escribís relatos, novelas, poemas, canciones, tweets, estados de Facebook o artículos de blog? ¿Por qué lucháis?

Saludo y presentación

Fussmatte III

¡Hola a todos! Este post inaugura oficialmente “La Biblioteca del Mercenario”, un blog que pretende convertirse en humilde medio de expresión, foro de diálogo, válvula de escape, plataforma de proyectos y escaparate de inquietudes tanto mías como de los amigos que tengáis a bien visitarlo.

Empezaré aclarando los motivos que me han llevado a bautizar el blog con tan desafortunado título. Creedme que no me gusta, pero de la media docena que se me ocurrieron, era el menos avergonzante (cosas del estilo de: “Reflexiones de un escritor”; quita, quita…). Bien, pues lo de “Biblioteca” es porque la literatura y la escritura tendrán un papel protagonista en el desarrollo de sus contenidos. Al fin y al cabo, es a lo que me dedico con mayor o menor fortuna, y es una pasión que comparto con muchos amigos. No obstante habrá sitio –y no poco– para temas muy variados: arte y cultura, cine, música, historia, actualidad, humor, e incluso alguna que otra afición un tanto insospechada, como la cocina o la jardinería, y lo que vaya surgiendo.

Lo de “Mercenario” es algo más oscuro, y tiene que ver con mi visión sobre el arte de la escritura. Dejémoslo en que la del mercenario es una figura que me resulta muy sugerente, un arquetipo que reúne algunas de las “armas” con las que esta ruina de juntaletras ha tenido y tiene –por convicción y por falta de otros recursos a partes iguales– que apañárselas para abrirse paso por el mundo de la literatura, y si me apuráis por la vida misma.

Y sin más, damos por inaugurado el blog. ¡Bienvenidos!