¿Libro o película?

Como hoy es 23 de abril, Día Internacional del Libro, vamos a hablar de cine 😛 Bueno, sólo a medias.

Books & Movies

¿Cine o literatura? Cada formato tiene su particular encanto.

El que eche un atento vistazo a la cartelera del cine más cercano a su casa quizás llegue a una alarmante conclusión: los guionistas de Hollywood no viven sus mejores momentos en cuanto a ingenio se refiere. Una cartelera actual, imaginaria pero verosímil, vendría a constar de lo siguiente: tres secuelas/precuelas de alguna saga de rentabilidad ya demostrada, dos “remakes” de clásicos del “Hollywood Dorado”, cuatro adaptaciones de exitosos best-sellers y, por fin, un par de títulos originales salidos de la inventiva de genuinos guionistas cinematográficos.

Muchas cosas han cambiado en el séptimo arte desde los tiempos de Griffith, Huston y Wyler.  El recurso de las secuelas, aunque ya utilizado anteriormente en el cine de Serie B, no comenzó a hacerse notar hasta la década de los sesenta –con personajes, entre otros, como James Bond, si bien sus películas encajan mejor en el concepto de “franquicia” que en el de secuela propiamente dicha- . No fue hasta los años ochenta cuando se convirtió en el recurso tan socorrido y popular que sigue siendo hoy.

La era del cine clásico tampoco estaba exenta de “remakes”, pero en su mayoría se trataba de adaptaciones al cine sonoro o en color de obras filmadas años atrás, a menudo por los mismos realizadores. El “remake” tal como lo entendemos en la actualidad, no era entonces practicable por motivos obvios.

Sin embargo, lo que no ha cambiado mucho en más de cien años de cine es la recurrente adaptación de la literatura al formato de la gran pantalla. Así que el panorama, en realidad, nunca ha sido muy diferente. Clásicos indiscutibles como “Lo que el viento se llevó”, “El halcón maltés”, “De aquí a la eternidad”, “Ben-Hur” o “Desayuno con diamantes” son versiones cinematográficas de novelas que en su día llamaron la atención a los productores de Hollywood (gracias a los cuales aquellas historias alcanzaron aún más altas cotas de popularidad).

Margaret Mitchell

Margaret Mitchell con un ejemplar de “Lo que el viento se llevó”, un auténtico best-seller antes aún de convertirse en película.

¿A dónde demonios quiero llegar con esta exposición? Pues al debate que, tarde o temprano, surge en cualquier tertulia o foro literario, y que seguramente todos vosotros os habéis planteado alguna que otra vez: ¿Libro o peli?

Vale, quizás sería mejor admitir que la cuestión, como debate en sí, resulta bastante estéril, ya que la cosa depende del gusto de cada uno. Y sobre todo, del título en particular. Como mortal que soy no he podido leer ni ver todo lo que hubiera deseado, ni por tanto contrastar ni una pequeña proporción de la infinidad de obras existentes en sendos formatos. Pero así de momento se me antoja muy, muy inusual, que una película llegue a superar a la novela en la que se inspiró. Aunque no imposible. Un caso paradigmático lo representa “Blade Runner”, el film de Ridley Scott basado en la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” de Philip K. Dick. Ojo, que lo digo con todo el respeto; si a alguien le gustó más la novela (a mí no), me encantaría conocer sus impresiones.

Blade Runner

Los círculos intelectuales suelen coincidir en que “Blade Runner” supera con mucho a su referente inspirativo en papel, la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, de Philip K. Dick. La sublime apuesta estética del equipo de Scott tiene sin duda mucho que ver.

De todos modos, seguro que hay muchos otros casos. Son multitud los títulos que han llegado a ser muy populares tanto en papel como en la cine, y cuyas dos versiones quizás hayáis podido disfrutar: “El Padrino”, “Trainspotting”, “Memorias de África”, “2001-Una odisea en el espacio”, “Doctor Zhivago”, “Muerte en Venecia”, “Lolita”, la saga policíaca de Stieg Larsson o las fantásticas de Harry Potter y Narnia… ¿Os habéis encontrado alguna película mejor que su novela? En fin, ¿Libro o peli?

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Y Dios se equivocó (¡Pero yo no!)

Antes de abrir este blog, hace ahora poco más de un mes, estuve sopesando los pros y los contras de la idea con esmerado cuidado. Entre los “contras” había uno que, por peregrino que parezca, tenía y sigue teniendo mucho peso: yo, cuando se trata de opinar sobre obras literarias, soy muy cabrón. Mucho. Muchísimo. Soy extremadamente exigente, displicente, desconfiado, resabiado, receloso, escéptico, severo, antipático y, en fin, una larga lista de sinónimos de lo que viene a ser un tío muy cabrón. Para que os hagáis una idea (aunque el mensaje se me quede un poco burdo): cuando se trata de evaluar obras literarias, todo me parece una mierda.

Creación

Los dioses también tienen sus días tontos. No hay más que ver el mundo.

No, venga, no, todo no. Lo decía de coña. Ahí están los clásicos: ¿Quién va a negar que Cervantes es un genio? Vale que se salga por peteneras de cuando en cuando para endilgarnos alguna novelilla corta en mitad del “Quijote” que te saca completamente del hilo… Pero Dios me libre de despreciar su legado. No es sensato valorar una obra con cuatro siglos de historia desde la óptica contemporánea. Lo mismo que pasa con Shakespeare, cuyos afectados personajes resultan a menudo de un previsible que clama al cielo, o con los maestros rusos –Tolstoi, Dostoievski-, tan inclinados a recrear atmósferas y a subrayar el carácter atormentado/aristócrata/ambicioso/vengativo/loquesea de sus personajes, que resultan aburridísimos por momentos –por momentos muyyyy largos-. Thomas Mann y James Joyce son portentos indiscutibles de las letras universales, cuyas obras, sin embargo, resultan espesas y farragosas hasta límites sobrehumanos para once de cada diez lectores. Pero son buenos, ¡qué coño! Son muy buenos. Son excepcionales.

Quijote Doré

Cervantes, que también era un cachondo mental, gustaba de meter sus coñitas personales dentro de sus obras.

Y yo, qué queréis que le haga, soy muy cabrón.

Cuando uno abre un blog literario, es cuestión de tiempo que alguien te pida que escribas una reseña de su novela. Es por eso que mi distrófico sentido de la prudencia me recomendaba que no lo hiciera. Más pronto que tarde iba a acabar diciendo en público lo que opino, es decir: liándola, mosqueando al personal, encendiendo polémicas y granjeándome nuevos y entrañables enemigos. Pero el caso es que al final me animé a darle vida a este espacio, con la premisa, eso sí, de mantener un extremado cuidado por no herir sensibilidades. Y así ha sido. Hasta ahora.

Hace unos días tuve la ocasión de compartir una extraña velada con un viejo conocido escritor. Extraña porque la charla, té en mano, resultó francamente agradable, si bien el motivo de nuestro encuentro fue demoledoramente triste. El caso es que él me regaló una reflexión a la que –torpe de mí- nunca hasta entonces había sabido darle forma, y que es, creedme, una de las revelaciones más sorprendentes que recuerdo en mucho tiempo. La idea, que toma como ejemplo uno de los clásicos de la literatura fantástica, viene a ser la que sigue: “Si yo le encuentro fallos a “El Señor de los Anillos”, ¿cómo te sorprende que se los encuentre también a tu novela?”. “El Señor de los Anillos” es, a mi entender, un clásico, clasificable en la misma categoría de “Guerra y Paz” y “La Montaña Mágica”, por su repercusión sociológica, su trascendencia literaria como forjadora de todo un género, y en fin, porque es una de las obras más influyentes de todos los tiempos. Es un libro exquisito, de un lirismo evocador sin igual, de una épica avasalladora, aparte de un ejercicio creativo de proporciones monumentales. Pero, honestamente, hace aguas por no pocos flancos. “ESDLA” adolece de una administración del tempo narrativo más que mejorable, juega con el siempre ruin recurso del “Deus ex-Machina” sin complejos, y se desarrolla desde una perspectiva tan maniquea en lo moral que más de uno la ha tachado –y con argumentos- de fascistoide y reaccionaria. Pero es una obra magna como pocas, cuya lectura he disfrutado dos veces y media, y no serán las últimas que lo haga.

LOTR

Con lo socorrido que hubiera sido ir a Mordor a lomos de un águila… pues no, al insigne Tolkien no le pareció oportuno. Tuvimos que tragarnos 1.500 páginas de Frodo caminando a través de desérticos parajes hasta el dichoso Monte del Destino.

Ahora, regresando al mundo de los escritorzuelos mortales y despreciables como yo y como quizás tú: la editorial “X” te publica “Y”, una novelita de mierda escrita con toda la voluntad de la que has podido hacer acopio y las vagas trazas de talento con las que tu innoble genética haya tenido a bien dotarte. Me pides una reseña, yo te la hago, y al día siguiente me envías un e-mail amenazante/insultante/indignado/lastimero porque, pese a destacar que, ante todo, me lo he pasado pipa leyéndote, he dejado caer que tal hilo argumental flojea, que ese personaje carece de carisma, que aquella escena chirría por inverosímil… “Tú”, ese escritorzuelo mortal y despreciable como yo, nunca te atreverías a afirmar aquí, ahora, en público, que escribes mejor que Cervantes, Dostoievski o Tolkien; me darías la razón si digo que “El lobo estepario” tiene mucho de paja mental, que a “El amor en los tiempos del cólera” le sobran 400 páginas, o que “La familia de Pascual Duarte” no me gustó en absoluto porque es penosamente deprimente. Pero como ose decir que tu novela “Y”, publicada por la editorial “X”, tiene faltas de ortografía, me jurarás odio eterno, promoverás una campaña para lincharme en la plaza del pueblo, y bailarás sobre mi tumba y la tumba de mis ancestros mientras te regocijas en la consumación de una venganza justa y merecida. Porque la obra de los dioses literarios es –como todo, como siempre- mejorable, pero la tuya no. Bien, machote, bien, ésa es la actitud.

En resumen, ésta es la razón por la que dejé de hacer reseñas literarias, y por la que no las encontraréis en este blog. Eso sí, hasta el día que me vuelva loco del todo y me dé un incontenible ataque de sinceridad. Ya os avisaré.

Cuestión de imagen

Dicen que nadie es tan feo como en su foto del DNI ni tan guapo como en la de Facebook. Pudiera ser; en mi caso, desde luego, no es del todo inverosímil. Los que gustan de la “psicología amateur” y prestan atención a esos detalles pueden extraer indicios interesantes de las imágenes que nos ponemos en nuestros perfiles sociales: ilustraciones cómicas, ilustraciones dedicadas a libros, músicos o pelis que admiramos; fotos con aire bromista o agresivo, fotos más o menos espontáneas, más o menos estudiadas de nuestro rostro; imágenes sublimadas de nuestros rasgos –de ésas que al verlas uno piensa: “así me gustaría ser”-, otras confesamente enigmáticas… Lo cierto es que, cada vez que elegimos una imagen que nos represente, aunque sea sin mucho meditarlo, estamos practicando una de las actividades más antiguas del mundo: el marketing.

Marketing

Cuando vivía en Alemania me llamó mucho la atención comprobar lo sugerente que el idioma español podía resultarles a los consumidores germanos para según qué productos: margarina marca “El Sol”, zumos de nombre “La Vida”, caramelos “El Torero”… Productos fabricados en sombríos lugares como Hamburgo o Gelsenkirchen pero que te venden un rayito de sol mediterráneo en forma de envoltorio brillante. Igual que al comprador hispanohablante le inspira más confianza una taladradora marca “Bergenheimer” que una fabricada por “Martínez & Hijos”, o un vino etiquetado como “Château du Bois” que un “Alexei Lychnikov”. Si fuera vodka, sucedería lo contrario, claro.

Todos queremos mostrarnos tan atractivos como nos sea posible, independientemente de que nos dediquemos a la distribución de bebidas, a la ingeniería industrial o a chatear con amiguetes. ¿Y si lo que hacemos es escribir? Hay quien opina que un señor calvo y cincuentón con gafas inspira más respeto intelectual que una veinteañera rubia con sonrisa de nácar y un top ajustado. Esa típica foto en blanco y negro de un tipo serio con pose de jugador de naipes en la contra de una novela no parece casual. ¿Creéis que existen prejuicios literarios y editoriales –ya sean negativos o positivos- hacia las chicas monas, los señores calvos con gafas, hombres y mujeres en general, gente joven o gente madura? Quizás también dependa del género del que se trate… En fin, sería interesante saberlo, por eso de ir haciéndonos una idea de si contamos con un perfil más bien óptimo o más bien pésimo para operar en este peculiar mundillo.