Esperanza

“Aquello no tenía visos de acabar bien. Carecía del arrojo, del porte adecuado, incluso del necesario talento. No tenía excesivas expectativas, tampoco la voluntad que se precisa para acometer semejantes gestas, ni el coraje que en un momento dado alcanza a suplir la falta de otras virtudes. No tenía vocación, ni ganas, ni fe. Ni siquiera poseía la convicción firme de llegar a querer quererlo. Pero se lo había propuesto. Tenía algo, eso sí, algo que no era mucho, pero lo tenía: esperanza. Motivado por la esperanza, hizo acopio de determinación, dio un paso al frente y se lanzó valeroso a enfrentarse con su destino. Efectivamente, aquello no acabó bien”.

Esperanza

De entre todas las cualidades humanas, una de las que más me fascinan es la esperanza. La esperanza tiene un mucho de noble y a la vez un poco de canallesco, aunque, sobre todo, lo que tiene es un preocupante parecido con la cabezonería. Ha sido inspiradora y justificación de los más notables desastres de la historia humana. A nivel individual, ser tocado por la esperanza puede convertirse en toda una calamidad. Hablo con conocimiento de causa, pues yo mismo he sido víctima durante muchos años de esa odiosa enfermedad que muchos identifican como virtud cuando, en realidad, es todo lo contrario. La esperanza es una falacia, es conformismo, obcecación, atontante lealtad a la nada, derrotismo estéril. Pero es dulce y embriagadora, un sucedáneo virtual que nos permite paladear por anticipado la meta por la que suspiramos, de ahí su popularidad.

No obstante, si te propones encontrar un empleo, montar una empresa, escribir una novela, conquistar a una chica, amaestrar a tu gato o batir el record mundial de billar a tres bandas, te recomiendo que te olvides de la esperanza y la sustituyas por otra cosa: voluntad, indolencia, esfuerzo, determinación, querencia por el azar, escepticismo… cualquier cosa vale.

Y es que la esperanza se parece mucho a la felicidad: cuando consigues darte cuenta de que no la necesitas, notas de pronto cómo el peso de esa mochila que cargas a cuestas llamada “vida” se reduce unos buenos kilos, aunque nada a tu alrededor haya cambiado sustancialmente. “Nada” ha cambiado, salvo tú, lo que viene a ser “todo”.

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Mayo

Mayo es un mes con un encanto especial. Por aquí, por el sur de España, es el mes de los primeros calorcitos, de las ferias –folclóricas y editoriales-, del cambio del jersey a la camiseta y de las primeras escapadas a la playa. Yo le doy la bienvenida con tanto entusiasmo como suspicacia, porque aparte de lo mucho de bueno que tiene, mayo es también el mes de toda una serie de molestias relacionadas con el calor, los insectos y las flores: alergias, mosquitos, coches aparcados al sol convertidos en hornos…

Mayo

Efecto colateral de la llegada de mayo en mi organismo es la Astenia Primaveral, que dicho así con nombre de síndrome clínico suena más respetable. La astenia viene a ser poco menos que lo que se conoce vulgarmente como “pereza”, si bien parece cierto que las histaminas, los ciclos circadianos y sabe Dios qué más cosas de nombre pavoroso alteran los ritmos naturales de las personas “mayosensibles” como el que suscribe.

El caso es que hacía más de dos semanas que no actualizaba por aquí, y ésta venía a ser mi justificación: pereza. Pereza, pero también alergia y cosas del nuevo trabajo (¡sí, ahora soy “jefe”!). La alergia se me pasará entrado junio, y con el nuevo sistema informático del curro espero familiarizarme más pronto que tarde. Pero lo de la pereza me preocupa más, sobre todo desde que le escuché decir a Juan José Millás que de lo único que se arrepentía en la vida era de haber perdido tiempo (no “el tiempo”, sino “tiempo”, una cantidad imprecisa pero no despreciable de tiempo, según insinuaba), tiempo que podía haber dedicado a escribir. ¿Alguien tiene un antídoto contra eso?