Mi kryptonita

Tiene los hombros cubiertos de pecas que siempre se me han parecido a crocanti de almendra, y los ojos del color de la miel. Ella piensa que sería aún más hermosa de tenerlos azules. Su padre los tiene, y sus hermanos también, ella es la única que sacó los ojos castaños. Yo de estas cosas de la genética es que no sé, pero para mí no hay espectáculo más fascinante en la Tierra que esos ojos del color del otoño cuando me miran.

Kryptonita

Ella no es una chica ligera de cascos. Tiene bien desarrollado el sentido del buen gusto, pero a veces, como todo el mundo, se equivoca. No la censuremos, nos pasa a todos: la soledad es muy dura, y en ocasiones buscamos la compañía de gente sin alma que no ofrece más que lo que un buen calefactor, un honesto gato infiel o un libro, pero que tiene la suerte de encontrarse en el lugar ideal y en el momento justo. A mí me ha pasado más de una vez, sólo que al contrario. He despertado en camas extrañas extrañando su olor a champú y a sudor, echando en falta el ámbar imposible de unos ojos castaños que no podrían estar ni allí ni en ninguna otra parte a este lado de la realidad.

No son despertares agradables, pero uno los supera. Y es que aquí, el menda, es un superhéroe. ¿No os lo había dicho? Sí, soy un puto superhéroe, capaz de inventar y escribir mil historias de las que desearíais ser los protagonistas. Soy el tipo que ajusta las cuentas a la gente sin alma, el que ata y reconstruye historias de amor imposible para hacerlas factibles, el que imparte justicia en mundos imaginarios regidos por el bien, por el mal, o por lo que se me antoje. Soy escritor, id est, un superhéroe, no lo olvidéis. Así que puedo hacer de todo: conmoveros con una escena, inquietaros con un pasaje desasosegante, asustaros con los requiebros menos imaginables, e incluso enamoraros con el despliegue tardío de mi prosa más florida. Sólo hay una cosa que no puedo hacer en este mundo, una cosa que me vence, que me anula, que me supera: no puedo hacerme amar por esos ojos del color del ámbar y esas pecas de almendras en almíbar. No puedo vencer a mi kryptonita. Y está bien, así es como tiene que ser. Si no fuera por ella, ya no sería un genuino superhéroe.

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De la inspiración

El tipo que firma estas líneas está suscrito desde 1990 a una conocida revista española de divulgación científica. Siempre he padecido de un incorregible escepticismo, así que a la hora de analizar, evaluar y reflexionar sobre los mil y un asuntos humanos y divinos que estimulan mis neuronas, suele primar una perspectiva cientificista. Desde Descartes, si no desde antes, viene afirmándose que a cada paso que la ciencia da, Dios retrocede un poco más hasta los confines de la razón. Yo estoy plenamente de acuerdo.

Galaxy

Precisamente por eso he de confesar que, al pasar del tiempo, las curiosas experiencias que he ido atesorando han modificado un poco mi visión del mundo y de la vida. De cuando en vez me dejo deslizar hacia esos confines de la razón que, por remotos que sean, no dejan de existir. No, tranquilos, no he visto la luz; sigo teniendo tanta fe en Dios como en Marx. Pero sí que he desarrollado cierta sensitividad hacia esa dimensión que los parapsicofílicos y los flipados de la New Age denominan “plano espiritual”, “mundo astral”, “espiritosfera” u otros términos esotéricos del palo.

La existencia de un “algo” difícilmente explicable por la ciencia convencional la he percibido, como alguno vendrá sospechando, en el ejercicio de la escritura. Y más concretamente, en la naturaleza de la inspiración. Porque la inspiración existe. ¿O no?

Crear una novela, un guión o un relato -también un poema según el caso- implica inventar, inventar una historia. Pero aparte de la invención, ¿no interviene además algo parecido al “descubrimiento”? Descubrir no es necesariamente un acto consciente y premeditado, sino que a menudo está más cerca del arte –un ejercicio apasionado e irracional- que de la fría y metódica ingeniería.

Fijémonos en la creación de historias. Es una actividad que suele implicar mucho esfuerzo intelectual, innumerables horas frente al teclado y un notable volumen de garabatos en forma de esquemas narrativos, apuntes y fichas diversas. Pero falta un ingrediente: la inspiración, esa energía visceral, esquiva y caprichosa que, con suerte, asumirá el rol de timonel de las historias que inventamos.

No es que siempre se dé el caso, pero por mi experiencia me atrevería a decir que algunas historias, más que inventarse, se descubren. Describir una escena, recrear un diálogo y atar bien atados los hilos de una trama supone mucho, mucho trabajo. Pero concebir la historia, el giro, la frase memorable, es algo que a menudo escapa a nuestra voluntad. A eso se le llama inspiración, y aunque es muy probable que tenga más que ver con los flujos neuronales subconscientes que con la intervención de las musas del Parnaso, yo prefiero pensar que sigue siendo algo así como un halo divino surgido de esas regiones distantes cuya naturaleza no responde a ecuación alguna y a donde no alcanzan los telescopios.

Porque si las estrellas sólo fueran enormes masas de helio incandescente a miles de años luz, y el color de unos ojos no más que un flujo de fotones oscilando en una determinada longitud de onda, ni la literatura, ni la música, ni la pintura ni el cine tendrían alma, y la vida sería una perfecta pérdida de tiempo.