Verosimilitud

Al menos desde los tiempos de Aristóteles (s. IV a.C.) existe una costumbre practicada por no pocos escritores: la de crear decálogos sobre el arte de la narrativa.

Breve y contundente como el de Hemingway, flexible como el de Monterroso, pragmático como el de Stephen King o nihilista como el de Bukowski, un decálogo viene a ser una lista de normas, sugerencias y consejos dirigidos a todos aquellos que pretendan poner a prueba su talento literario.

hemingway

Como siempre se trata de principios muy generales y abstractos, el decálogo no suele incluir detalles excesivamente técnicos. “Escribe con el alma”, “escribe con el corazón”, “escribe con el bolsillo”, “no escribas: vomita, escupe, grita lo que te salga de tus adentros…”. Hasta ahí, vale. La vocación y el acto de escribir son así, un impulso caprichoso y hasta cierto punto irrefrenable. Pero, ¿sobre qué escribir? Sobre lo que conoces –claro-, sobre lo que te gusta –lógico-, sobre lo que te encantaría leer… Sobre lo que te encantaría leer es el argumento que más me convence, es al fin y al cabo el recurso más a mano. No obstante, cuando uno se plantea un quijotesco futuro dedicado a esto de la escritura, ha de tener en cuenta otras cosas. Los tiempos en los que los escritores malditos tenían no ya un papel sobresaliente en la cultura popular, sino incluso ese halo romántico hoy por hoy imposible de emular, quedaron atrás. Nueve de cada diez best-sellers son producto de un estudiado gabinete de técnicos en márketing, psicología del consumo, analistas financieros y “trend hunters” que, en fin, no se proponen otra cosa que rentabilizar la muy legítima y respetable inversión del grupo mediático que a bien tenga contratarles. El escritor profesional de hoy necesita ser algo más que un mero redactor imaginativo. Necesita ser un experto en mercadotecnia, un puto “media manager”, y además echarle paciencia y fe hasta niveles que el Santo Job jamás hubiera concebido. Pero los decálogos, por muy contradictorios que sean, siguen ahí, y no son resultado de una reflexión vana, sino el producto de la experiencia redactora bien de Hemingway, bien de Monterroso, de King o de Bukovski.

Entre los muchos consejos que podemos extraer de un taller literario o un máster en narrativa hay uno muy singular que me despierta un gran interés: la verosimilitud de lo narrado. Es casi un principio de sentido común: lo que escribas/idees/guionices debe ser verosímil, por respeto a ti mismo y al lector/espectador. Sin embargo, la vida tiene momentos difícilmente clasificables en los que –topicazo- la realidad supera a la ficción. Se me vienen a la mente varios personajes y episodios históricos reales que, de haber sido concebidos por un novelista, le habrían reportado no pocas críticas por pura falta de verosimilitud.

titanic

Violet Constance Jessop (1887-1971) fue tripulante de tres barcos naufragados, el célebre Titanic, el Olympic y el buque hospital Britannic, todos hundidos entre 1912 y 1934. La historia naval ofrece otras fascinantes curiosidades, como la de los naufragios frente al estrecho de Menai, en la costa norte de Gales. Aunque las fuentes difieren en algunos detalles, la leyenda asevera que en 1664, 1785 y 1820, tres barcos naufragaron con un resultado sorprendente: en los tres casos, el único superviviente se llamaba Hugh Williams (obviamente no era el mismo tipo). Roy C. Sullivan (1912-1983) fue un guardabosques norteamericano al que, a lo largo de su vida, le cayeron nada menos que siete rayos. Al final se suicidó, a los 71 años, tras un desengaño amoroso.

Si cualquiera de vosotros escribiera una novela en la que al protagonista le caen siete rayos, lo más probable es que el editor os dijera que os vayáis a la mierda, que ya os vale con el rollo. No obstante, esas cosas suceden, ya veis. Un viejo amigo aficionado a esto de la escritura me comentó alguna vez que la prensa era un referente inspirativo formidable. De ella se pueden sacar historias fascinantes que piden a gritos una adaptación novelística. Y no le falta razón. Lo malo es eso: el público, los editores y nosotros mismos nos exigimos verosimilitud en las historias que inventamos. Pero la biografía de un apático funcionario de correos tampoco es que resulte demasiado apasionante así de pronto. Es cuestión de equilibrio, supongo. Y aquí lanzo la pregunta: cuando escribís, ¿prestáis atención a eso? ¿Tratáis de darle verosimilitud a vuestra historia? ¿Hasta qué punto os fastidia encontrar narraciones inverosímiles?

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La biblioteca de este mercenario

Library

Emulando a John Maxwell Coetzee he pensado hacer una lista con las doce novelas que más me han influido, si no como escritor (título al que hoy por hoy  renuncio por inmerecido), sí al menos como lector. De paso combato la ganada reputación de tipo displicente que me he labrado. Es verdad: todo me parece una mierda. Bueno, casi todo. Tras un arduo ejercicio de memoria, ésta es la lista que me ha salido. Ni están todos los que son ni son todos los que están, pero más o menos puede valer para hacerse una idea de lo que me inspira y me apasiona:

1.-“Sin novedad en el frente”, Erich Maria Remarque, 1929. Este libro es la primera novela “adulta” que leí, allá cuando tenía 13 ó 14 años. Recuerdo que lo incluí en un pedido del Círculo de Lectores, al que mi familia estuvo muchos años suscrita, lo cual resultó un tanto sorprendente para mis padres (hasta entonces todo lo que había leído eran libros infantiles en plan “Elige tu propia aventura” de Timun Mas y cosas de Enyd Blyton). “Sin novedad en el frente”, relativamente conocido para el lector hispano, es un libro de lectura obligatoria en Alemania, como aquí “La Celestina” o “El Quijote” (cosa que supe años después). Es el diario directo y sincero de un soldado alemán en la I Guerra Mundial, y en él se narra el día a día en las trincheras del Frente Occidental, despojado de mitificaciones heroicas y monsergas patrióticas (motivo por el cual los nazis lo condenaron a la hoguera durante su abyecto reinado). Especialmente sobrecogedora fue su segunda lectura, ya con veintitantos años: en la primera yo veía a los personajes –chicos de 18 ó 20 años- como hombres maduros enviados con natural aceptación a la guerra; cuando volví a leerlo ya era mayor que ellos, e imaginármelos en aquel infierno tan absurdo e injusto me conmovió hasta lo más hondo.

2.-“Neuromante”, William Gibson, 1984. Es sin duda el título que más me influyó como escritor, al menos en mis primeros años. Manifiesto fundacional de lo que vino a llamarse el subgénero “Cyberpunk”, es una barroca novela de Sci-Fi algo dada al exceso (aun recomendable, no se la recomiendo a los no iniciados en el género) pero profundamente lírica y con una capacidad avasalladoramente evocadora. La historia del cybervaquero Case, envuelto en una turbia operación en la que las gigantescas corporaciones que dominan el mundo compiten con sus peores artes, “Neuromante” conmueve por su poesía urbana, sucia y decadente, y por su descarnada sensibilidad romántica. Es la novela que Bécquer o Lord Byron habrían escrito de nacer dos o tres siglos más tarde.

3.-“El mundo de Sofía”, Jostein Gaarder, 1991. Éste es uno de los libros más entrañables con los que me haya cruzado jamás, uno de los pocos títulos que he leído hasta tres veces, cada vez que me he enfrentado a algún momento crítico de mi vida. Es un ensayo novelado sobre la historia de la filosofía que todos deberíais leer por lo mucho que puede ayudaros, no a encontrar el camino a la cutre manera “coelhiana”, sino mucho mejor: a encontraros a vosotros mismos. Amable y didáctica, es una novela “must-have” en toda biblioteca que se precie.

4.-“El señor de las moscas”, William Golding, 1954. Uno de esos títulos universales, justificación de todo un Premio Nobel, no por famoso vamos a restarle méritos ni interés. “El señor de las moscas” narra la aventura de un grupo de estudiantes británicos de colegio privado, niños de lo más “poshy” y trasunto de la opulenta sociedad occidental contemporánea, cuando quedan varados cual náufragos en una ignota costa. Obligados a organizarse para sobrevivir, los chicos irán desarrollando a su manera improvisada los mecanismos sociales por los que se rige nuestra sociedad, y que, para espanto de los rousseaunianos, no son otros que la violencia y la fuerza bruta. Una obra que sobrecoge por su confesa crítica a la “civilización” y por describir los mecanismos que han favorecido el imperio de la maldad y el populismo más infame en los contextos sociológicos más insospechados (caso de la Alemania de los años treinta, acaso la nación más culta sobre la Tierra). Si no lo has leído, ya estás tardando.

5.-“El final de la Tierra”, de Frederick Pohl y Jack Williamson, 1990. Este libro poco conocido por el público hispanohablante no es un título más del subgénero apocalíptico –tan en boga en la actualidad, aunque tiene ya más de veinte años-. Descatalogado, difícil de conseguir, relata un más que verosímil final para la raza humana a raíz de un cataclismo astronómico. Si bien la prosa de Pohl nunca fue muy florida, el tempo narrativo y la presentación de unas premisas sin duda convincentes dotan a la obra de una gran calidad como exponente de la literatura especulativa. Momentos de verdadero terror muy alejados de los clichés de género, hacen de su lectura una experiencia inolvidable. Aún no me explico cómo este título no se reedita como hasta la saciedad se hace con las obras de otros autores clásicos de la ciencia ficción.

6.-“Rimas y leyendas”, Gustavo Adolfo Bécquer, segunda mitad del s. XIX. No necesita el autor sevillano reivindicación de nadie a estas alturas: exponente máximo del romanticismo, no ya español, sino universal, Gustavo Adolfo Bécquer ha sido, con todo, un literato a menudo mal interpretado y poco comprendido por la crítica y el público. De haber nacido en Londres o París, Bécquer sería para el subconsciente colectivo de la humanidad algo más que el autor de un puñado de dolientes y descarnados versos de desamor. La lectura de sus “Leyendas” hará entender al lector atento la vinculación artística e inspirativa de Bécquer con autores de una tradición literaria poco explotada en nuestras tierras: Stoker, Lerroux, Mary Shelley, Allan Poe… Para bien o para mal, el sol se puso en el imperio de los Habsburgo. De no haber sido así, Hollywood quizás habría nacido en Almería, y en Bécquer habría encontrado argumentos para una laaarga serie de apasionantes producciones. Otro “must-have” para cualquiera que se pretenda proclamar como escritor.

7.-“Jonathan Strange y el Señor Norrell”, Susanna Clarke, 2004. ¿Qué decir de este libro? Es uno de esos pocos a los que sólo le encuentro un fallo: que no lo haya escrito yo. La historia de Jonathan Strange y el taumaturgo Sr. Norrell debería ser asignatura obligatoria en todos los talleres literarios. “¿Quieres escribir fantasía? ¡Pues usa la fantasía, estúpido!”. Es la guía perfecta sobre cómo escribir una novela fantástica sin plagiar a nadie. Olvídate de orcos, elfos, dragones y otras vainas: esto es un ejercicio de fantasía pura y dura con su dosis bien medida de referentes folclóricos y mitológicos pero sin necesidad de repetir esquemas ya agotados. La prosa –excelente el trabajo de traducción de Ana María de la Fuente- es sencillamente genial, la trama soberbia, algo lenta acaso en algunos pasajes, pero siempre un deleite para el sentido literario. Una obra fantástica concebida desde el respeto y la dedicación más atenta –diez años le llevó a su autora escribirlo-, que no puedes dejar de leer si te gusta el género de la fantasía.

8.-“Leviatán”, de Paul Auster, 1992. El galardonado con el Príncipe de Asturias Paul Auster, candidato habitual al Nobel, es un escritor que no deja a nadie indiferente: o le odias o lo adoras. Uno, que es bien prudente, se procura contener en sus pasiones –en ésta de la literatura, al menos-, así que me cuento entre la minoría que no hace ni lo uno ni lo otro. Auster es el escritor del azar por excelencia: toda su obra está impregnada de ese extraño éter que envuelve el universo, gracias al cual la vida es algo más que una consecución de instantes más o menos intrascendentes, más o menos memorables. “Leviatán” es quizás la más emblemática novela del neoyorquino, una historia que se desarrolla a base de encuentros accidentales, de cruces insospechados del destino, en la que el hilo narrativo principal se desdibuja con frecuencia eclipsado por el halo siempre evocador de sus personajes, genuinos seres anónimos en un mundo en el que no terminan de creer. La historia nos invita a recorrer las peripecias de Peter Aaron, un oscuro escritor que se reencuentra de forma póstuma con un viejo compañero al que perdió la pista décadas atrás. El compromiso político, la pérdida de la fe en los propios principios, el análisis de la sociedad contemporánea y el juego eterno del destino caprichoso… todo eso y mucho más lo retrata Auster con una sensibilidad poco habitual en nuestros días. Añadir que esta novela tiene el mejor de los finales que un servidor jamás haya leído.

9.-“Querida Laura”, de Jean Stubbs, ca. 1960. Extraño título de una autora extraña, de la cual, sorprendentemente, apenas hay datos en Internet. He llegado a sospechar que Jean Stubbs era el pseudónimo de algún autor o autora que, por sabe Dios qué motivos, no quiso publicar bajo su propia firma, pero no, parece que fue una adorable ama de casa de Lancashire. “Querida Laura” es una apasionante obra detectivesca ambientada en la Inglaterra Victoriana, con un trabajo argumental prodigioso, de ésos que te desarman con el giro final. Una historia de corte Ágata Christie pero más pausada, trabajada, y delicada en sus matices emocionales. Lo que le pasa a este libro es que me encantó pero me supuso un profundo pesar: esperaba poder leer otras novelas de la autora, pero jamás encontré ninguna. Consultando en la biblioteca de mi localidad, me confirmaron que no había más libros de ella en ninguna de las instituciones bibliotecarias de mi comunidad autónoma (y no es de las más pequeñas, precisamente). Si os gusta la novela detectivesca y por azar dierais con alguno de los títulos de Jean Stubbs, haceos con él, no lo lamentaréis.

10.-“El mapa del tiempo”, de Félix Palma, 2008. No podía faltar algún paisano contemporáneo en este listado de libros memorables para el menda. Félix es un sanluqueño al que tuve el placer de conocer años ha, un tipo singular, discreto y un poco tímido, pero de ésos a los que en la mirada se les adivina una vibrante vida interior. Dotado de un envidiable oficio, una inventiva prodigiosa y un talento más que notable, Palma anduvo ganándose la vida como escritor mucho antes de publicar su “Mapa del Tiempo” a base, nada menos, que de ganar concursos literarios. “Onore e rispetto” para un mercenario de las letras al que siempre soñaré emular. “El Mapa del Tiempo” es una novela victoriana que mezcla fantasía sin complejos y una prosa que hace palidecer a legiones de Premios Planeta. Galardonada con el Premio Ateneo de Sevilla, traducida a una veintena de idiomas y genuino best-seller mundial, es otra de esas novelas particularmente recomendables para los amantes del género fantástico. A destacar, ante todo, el buen gusto y la elegancia del autor, capaz de apasionar a gente con el pudor intelectual de nuestra abuela con una obra que, si no es de ciencia ficción, sí que es un ejercicio de homenaje a uno de los padres del género, el británico H. G. Wells. Una novela, en fin, tremendamente terapéutica para los aspirantes a escritores que creemos saberlo y estar de vuelta de todo.

11.-“Hyperión”, Dan Simmons, 1989. Lo que he dicho de Félix Palma o de Susanna Clarke es aplicable a la obra magna del norteamericano Dan Simmons: si no te gusta la literatura fantástica, lee este libro. Léelo y ahora dime a la cara que la Sci-Fi es una mierda. ¿Ya? Ok. “Hyperión” es muy probablemente lo mejor que se ha escrito en ciencia ficción en las últimas tres décadas. Fuera de la etiqueta, “Hyperión” es probablemente uno de los libros mejor escritos de las últimas tres décadas. Ya su título hace referencia confesa a John Keats, el malhadado poeta romántico, al cual la obra sirve de homenaje, y cuya etérea presencia impregna toda la novela. Es la historia de siete dispares peregrinos que marchan hacia una suerte de oráculo en el confín de la galaxia, un trance del que difícilmente saldrán con vida, pero que han elegido de forma voluntaria para buscar las respuestas que sus conciencias les exigen. Simmons recurre a una estructura novelística más que singular para retratar toda una sociedad futura con sus virtudes y sus defectos, riquísima en matices y detalles, y con un despliegue de inventiva a cuya sombra casi todo lo que se ha escrito de fantasía con posterioridad queda a la altura del betún. Tanto si te gusta la Sci-Fi como si no, “Hyperión” es un libro que deberías leer, más aún si pretendes abrirte paso en este complejo mundillo de la escritura. Léelo, respira hondo, y dentro de unos meses, cuando lo hayas asimilado, replantéate tu vocación literaria: si vas a escribir algo que de partida no le llega ni a la centésima del nivel a “Hyperión”, ni te molestes.

12.- Después de meditarlo bien, he decidido dejar este espacio en blanco, pues estoy seguro de que el futuro me traerá novelas excepcionales, experiencias lectoras apasionantes, vivencias indescriptibles… Quizás dentro de unos años vuelva a hacer repaso de los libros que más me han conmovido y esta lista se vea radicalmente cambiada. Lo dudo, pero no cerremos esa puerta. En el número 12 está pues la próxima novela que cambiará mi visión del mundo y de la vida. Tal vez suceda pronto, o tal vez no, quién sabe. Ésa ya es otra historia.