Sub

No os lo había comentado por aquí, pero los más cercanos sabréis que hace poco más de un mes que he empezado a estudiar un máster. Está siendo una experiencia realmente fascinante. Por un lado supone mi vuelta a la universidad doce años después, y en este caso a una facultad –Ciencias de la Información- que no tiene nada que ver con lo que yo conocí, la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Sevilla. Cuando me preguntan de qué va el máster no se me ocurre nada más ilustrativo que decir: “es como un Kindergarten para treintañeros gafapastas”. Es así. Los nombres de las asignaturas son un poco crípticos: “Estructura Narrativa”, “Retórica, pragmática y oralidad conversacional”, “Guión de formatos ficcionales y paraficcionales”… Tienen su carga teórica más o menos dura, sus delirios abstractos, su buena dosis de filosofía ensoñadora. El caso es que, para que os hagáis una idea, nuestros deberes consisten en ver películas de Fellini, David Lean o Alfred Hitchcock, escuchar bandas sonaras de clásicos de los cuarenta y cincuenta, comentar cortometrajes e inventar historias a partir de personajes y escenarios propuestos a lo loco por los alumnos.

Underground

La mayoría de las ideas, principios y esquemas de la narrativa –que no es sino el arte de contar historias- ya me eran muy familiares. De forma instintiva llevo más de veinte años practicándolos. Aunque familiares, hay pequeños descubrimientos que de tanto en vez te sorprenden. Y uno reciente es el que justifica el nombre de este artículo: sub.

Cualquier historia puede –y debe- ser resumible en una frase. ¿Qué es el Quijote? La historia de un inadaptado delirante. ¿De qué va Fausto? De un tipo que hace un pacto con el Diablo. ¿De qué trata “Romeo y Julieta”? Del amor imposible. ¿Pero estas obras universales, realmente van de eso?

No. De lo que van es de lo “sub”. Lo “sub” es la “subtrama”, la motivación del héroe, lo que se oculta tras la acción y da volumen a los personajes. Ulises no quiere conquistar Troya, sino volver a su hogar; Raskolnikov en “Crimen y castigo” no desea matar a su vieja casera, y la intención del Florentino Ariza de García Márquez no es volver con Fermina Daza, la novia de su juventud, cincuenta años después. Lo que buscan siempre es algo más íntimo y profundo: la autoestima, el aprecio, la venganza, la redención. Me ha gustado mucho este planteamiento porque, de uno u otro modo, es perfectamente exportable a la vida real. La mayoría de nosotros no buscamos lo que en apariencia parece que buscamos con cada decisión y cada paso de nuestras vidas. Un buen trabajo no nos satisface porque sea un buen trabajo: nos satisface porque afirma, confirma o reafirma nuestra validez profesional hacia aquéllos que en algún momento la pusieron en duda. Una novia guapa nos reconforta porque es un sol y una tía adorable, pero además es una forma de restregarle por la cara nuestro triunfo a aquella otra, tanto o más guapa y adorable, que nos dio calabazas. La publicación de una novela es siempre un logro memorable, pero raros son los escritores que no se ufanan íntimamente del acto de demostrarle al mundo lo listos, triunfadores e ingeniosos que son.

Lo “sub” lo inunda todo en nuestro día a día. Inunda este blog también. El artículo sobre los exlibris no es casual, “Hiroshima” no cuenta una historia caprichosa, y tampoco este post es sólo lo que parece. Yo quiero, aspiro -no me corto, no- a ser un gran novelista, vender millones de libros como Zafón, la Dueñas o Pérez-Reverte. Pero no es por la fama, el dinero o la gloria. Es por lo “sub”. No es prudente enseñar tus cartas, así que no os confesaré qué es lo que realmente persigo. Quedaos simplemente con eso: “sub”.