Adolfo

Adolfo

Adolfo Suárez es un tipo que siempre me ha caído bien. Yo lo recuerdo, lo recuerdo en la tele, aunque su época como personaje mediático me pillase muy pequeño aún. Ahora que su despedida se ve muy cercana, he querido dedicar una breve entrada a este señor por lo que de ejemplar tiene para todos los ciudadanos de bien, y lo digo en el más riguroso sentido: todos los CIUDADANOS de bien de aquí y de allá, de ahora, de antes y de los días por venir. Suárez era un tipo gris, un murciélago que diría Unamuno, un personaje al que los izquierdosos tildaban de facha y al que los fachas tildaban de izquierdoso. Por eso precisamente, por su centrada y diplomática sensatez, lo admiro como a ningún otro político español de los últimos 250 años. Suárez es el artífice principal de esta democracia que, con sus limitadas virtudes y sus innumerables defectos, disfrutamos en este país hidalgo y desdichado, que no acaba de gustarle a nadie al parecer, pero de la que todos hacemos uso –abusivo a menudo- para el desahogo de nuestras frustraciones y miserias, ya sean éstas merecidas o no. Adolfo Suárez es para mí, que aún lo recuerdo en la tele, el padre de la España del siglo XXI, de la España que se sacudió al fin la caspa de los galones y el tufo a polvo rancio de las casullas monacales. Es el tipo gracias al cual tú hoy, ahora, por internet o en el bar más cercano, puedes cagarte en sus mismos muertos por facha o por izquierdoso. Si hubiera dependido de tu Führer o tu Tovarich tal vez sería imposible aun cuarenta años después de muerto el dictador, pero Suárez, con su abnegada lealtad a su patria, a su gente y a sus convicciones individuales, allanó el camino incluso para aquéllos que hoy renegáis de él. “Si no estás contra mí estás conmigo” podría ser su motto, un lema poco sugerente para los extremistas de uno u otro pelaje, pero una filosofía que practicó y a la que siempre fue convencidamente fiel para vergüenza de nuestro lobo interior. Vivirá por siempre Adolfo, el padre de una nación triste y desdichada pero noble, laboriosa y rebosante de talento donde las haya, y que si no existiera, habría que inventarla en pro de la humanidad. Sirva Adolfo de ejemplo para nuestra patética clase política, y su humanidad y honestidad para inspirarnos a todos los ciudadanos la comprensión y diplomacia que tantísima falta le hace a un puto país que, hoy por hoy, no merece su figura.

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Pide un deseo

Hay muchos chistes que arrancan con la escena del tipo que va por el desierto y le da una patada a una lámpara mágica. Entonces sale un genio y le concede uno, dos, o tres deseos. Normalmente esas historias terminan con un desenlace paradójico según el cual lo deseado se convierte en una auténtica maldición. Es un chiste universal (no sé en otras lenguas, pero en alemán también existen chistes sobre tipos que patean lámparas, son básicamente los mismos), chistes que de algún modo especulan con el riesgo de que tus sueños se tornen realidad. Y es que debemos ser muy prudentes con aquello que deseamos, no sea que se cumpla.

Magic lamp

A veces me da por echar la vista atrás y no me gusta lo que veo, no me gusta nada. No os lo voy a negar: estoy tremendamente insatisfecho con mi vida. Hace poco más de una década yo era un tipo por el que habría apostado fuerte: licenciado en económicas, con un buen trabajo, inglés y alemán, y una novia preciosa y encantadora que aún no me explico cómo llegó a quererme tanto y tan inmerecidamente. El futuro se presentaba muy apetecible. Yo tendría que ser a estas alturas directivo de alguna gran compañía de logística internacional, ganar 90.000 pavos al año y tener un par de hijos rubísimos y guapísimos y absolutamente adorables. Sin embargo la cosa no ha ido por ahí. Hoy soy un soltero que a duras penas sobrevive traduciendo manuales de biseladoras y rectificadoras cilíndricas y redactando descripciones de artículos para Amazon. Y cuando alguna vez me despierto con alguien al otro lado de la almohada, nunca, nunca es la persona que yo desearía que estuviera ahí. Algo hemos hecho mal, está claro.

No obstante, soy un tipo afortunado. Echo la vista atrás y me doy cuenta de que mis deseos se han cumplido, sólo que quizás me faltó matizar algunos detalles. Vivo de “escribir” al fin y al cabo, que es lo que siempre soñé. No se me ocurrió que un tipo que sobrevive como escritor freelance no termina de irradiar ni confianza ni seguridad, pequeños detalles que explican por qué, al despertar, jamás me encuentro con el rostro que yo quisiera encontrar a mi vera. Eso del poder de seducción y el atractivo de la gente bohemia, creedme, es un tópico.

Lo único bueno que extraigo de todo esto es que los deseos son gratis. Si arrojáis una moneda a una fuente, si veis una estrella fugaz o si por casualidad vais por el desierto y le dais una patada a una lámpara mágica, no os compliquéis la vida. Pedid algo fácil, cercano, práctico. Ni se os ocurra plantearos objetivos tan abstractos y ambiciosos como los míos (“quiero vivir del arte, quiero que Fulanita se enamore de mí”). Tened en cuenta que corréis el riesgo de que vuestros deseos se cumplan. Y aunque os sorprenda, creedme: si se diera el caso, la mayoría de vosotros lo lamentaría.