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“—Y bien, Sr. Fulano, ¿qué opina usted sobre la postura de Bruselas respecto a esta problemática?

—Gracias por concederme la palabra, Mengano. Antes de nada, deseo hacer una muy breve aclaración a nuestros respetables conciudadanos: me cago en todos ustedes. Me cago en ustedes, en sus putas madres, y en todo aquello que aprecien, respeten o admiren. Pues bien, nuestro grupo parlamentario ha impulsado desde Bruselas una serie de iniciativas destinadas a…

a la mierda

La corrección política, esa forma de tontuna sociológica imperante gracias a la cual se delata la gente simple, impedirá que llegue a darse la escena arriba recreada. Habiendo llegado a donde lo ha hecho el nivel de la campaña electoral para las europeas –no se habla de política, sino de la caspa de Cañete, de Ribery, de lo resultón que es ese arribista de Pablo Iglesias- me sorprende que a ningún responsable político se le haya ocurrido arrancar con un “me cago en todos ustedes” alguna de sus intervenciones públicas. Sería un delicioso toque de aire fresco que, eso sí, sólo a unos pocos nos daría mucha risa. Hay que tener cierta finura intelectual y bastante sentido del humor para captar la broma. Y a la sociedad española no le sobra ni lo uno ni lo otro.

En España la sensibilidad política es como el fútbol: se es del Real Betis “manque pierda” o del Sevilla F.C. “hasta la muerte”. Y ya está. El 85% del electorado español ya tiene decidido su voto para las elecciones generales del 2065. Da igual que los tuyos roben, que dilapiden, que sean analfabetos, trepas enchufados o cocainómanos, que enarbolen la bandera de la Patria, de la igualdad, de la sanidad pública o de la “normalización lingüística” (siniestro concepto donde los haya) y luego defrauden a Hacienda escondiendo la pasta en Suiza, se vayan de putas, den a luz a sus hijos en el hospital Beth Israel de Boston o los escolaricen en el Lycée Français. Nos la pela porque somos así y les volveremos a votar, a unos, a otros o a los de más allá, manque pierdan y hasta la muerte. Con la ingenua creencia en que el de en frente puede llegar a traicionar sus sólidas convicciones, legiones de twitters de todos los bandos se baten el cobre estos días para sacarle punta a cualquier comentario que haga el enemigo. Hay barrabasadas que comprensiblemente reciben su merecida sarta de contrarréplicas. Pero nos estamos pasando de rosca, y tal anda el patio, que cuando uno da los buenos días corre el riesgo de que le recriminen estar deseándole al otro una mala noche. Además, éste puede ser más retorcido que tú y responderte sacando a la luz un comentario tuyo de hace un par de años al que se le detectan trazas de machismo, clasismo, racismo, connivencia terrorista, insensibilidad hacia los discapacitados, hacia la ecología, o hacia cualquier cosa políticamente correcta.

En la campaña para estas europeas se ha llegado a tal punto de susceptibilidad que los asesores en mercadotecnia electoral de todos los partidos bien harían en mandar a la porra su libro de estilo, porque en cualquier caso siempre habrá un tío muy ingenioso en la trinchera de en frente capaz de darles la vuelta a tus comentarios y retratarte como la malísima y despreciable persona que en el fondo eres.

Así pues, propongo a nuestros políticos como arranque de todas sus intervenciones mitineras esa simpática fórmula del “me cago en todos ustedes y en sus putas madres”. De este modo les ahorrarían a legiones y legiones de twitteros el esfuerzo neuronal de retorcer, afilar y descontextualizar hasta lo irreconocible cada palabra que salga de sus bocas. Y unos pocos nos reiríamos mogollón.

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La miel en los labios

O casi mejor el chocolate. Estaba yo estos días en Bélgica –fascinante la querencia de los belgas por el chocolate- cuando recibí una excelente mala noticia: no he ganado un premio de novela al que me había presentado. Vaya, tampoco es que sea algo que sorprenda; no ganar concursos es lo que normalmente pasa cuando te presentas a concursos. Pero esta vez casi me había llegado a ilusionar. Sólo casi. Por eso, sinceramente, no me ha sentado mal. Y es que uno tiene muy buen perder.

Bru 2

La novelita en cuestión… es difícil de clasificar. Yo pongo como ejemplo esos chistes de matemáticos: “¿Qué le dice un logaritmo de e elevado a ½ de X  a una integral múltiple?”. Ya sabéis, un chiste de ésos que, si no sabes sobre los intríngulis del cálculo infinitesimal, como que no le pillas la gracia. Pues la novela es que es algo así: fácil de entender si dominas cierta materia, pero si no, te quedas pensando: “Oye, no sé, te diría que no está mal, pero ¿qué demonios me estás contando?”. Francamente la envié a concurso con la nula convicción de poder ganar, lo que pasa es que ha quedado finalista, una de las siete finalistas de entre seis centenares presentadas, y claro, eso sólo ha podido ser porque alguno de la media docena de jueces del jurado la ha entendido. Sólo uno, tal vez dos, pero hasta ahí.

Aunque me hubieran venido muy bien los X-mil euros del premio, siempre le queda a uno la satisfacción. La satisfacción y el Plan B, claro. No era aquél un concurso que se diga apropiado para esa novela, así que ya le he echado el ojo a otro certamen en el que podría encajar. Espero que en unos meses pueda daros una buena noticia.

Entre tanto, sigo imaginando y escribiendo historias difícilmente clasificables que difícilmente lograrán sus objetivos. ¿Qué objetivos? La pasta por perentorio; la gloria, que nunca viene mal; la inmortalidad, por supuesto; quizás también algo de redención. Y el amor, cómo no…

Lo bueno es que, a mi vuelta de este reciente viaje –un intenso viaje, mitad profesional, mitad recreativo-, tengo lleno hasta arriba el depósito de la inspiración. Ahora atesoro un sugerente puñado estampas del Ruhrgebiet, esa región industrial del Oeste de Alemania por la que ya anduve años atrás; los paseos por la bella y vieja ciudad de Colonia en la compañía insospechada de una antigua y adorable musa que, aun demasiado tarde –si es que la expresión “demasiado tarde” es válida cuando de musas se trata-, me inspiró fragmentos de besos y desayunos y rosas holográficas (Colonia es para mí una metáfora de esa imprecisa dimensión entre lo ilusorio del pasado cierto y lo tangible de los futuros que nunca fueron); la ajetreada y coqueta Bruselas, por cuyas calles me hubiera enamorado a la vuelta de cada esquina si no fuera porque, después de todo, uno procura manejarse como el tipo sensato y respetable que no es.

Escribiré pues con la mirilla puesta en el objetivo, como ya vengo haciendo desde casi antes de lo que puedo recordar. ¿Y si tampoco acierto esta vez? Pues a seguir escribiendo. Qué voy a hacerle, si es que yo tengo muy buen perder.