Hiroshima

Muchos pensaríais que Hiroshima está lejos de ser un destino turístico. Lo está, qué demonios, lo está para todos aquellos que observan la vida como algo que sucede a su alrededor pero en lo que no se implican. Lo está por prudencia o por sincera falta de lealtad a lo que sea. De todos modos, Hiroshima tenía que ser el primer destino de Mercenary Tours por varias razones.

Hiroshima Castle

La primera es porque, más allá de la imagen trágica de la ciudad, Hiroshima es una urbe amable como pocas. Al sur de la isla de Honshu, la principal isla de Japón, el puerto de Hiroshima fue uno de los pocos que, a lo largo del siglo XVI, se abrió a los navegantes occidentales, portugueses y españoles básicamente, y aún conserva ese espíritu cosmopolita y amigable de las ciudades portuarias. La leyenda es confusa, pero hay quien asevera que el “pescaito frito”, de tan honda  devoción en Sevilla, fue el germen impulsor de lo que hoy conocemos como tempura, esa forma de rebozar y freír las verduras y el marisco tan propia del suroeste ibérico. Baricco lo relataba en su dudosamente brillante “Seda”. Fuera como fuese, lo cierto es que  aquello de freír en aceite llegó al Imperio del Sol Naciente precisamente por allí.

A Hiroshima hay que ir para vivir el Japón más atávico –falso, para ello habría que visitar el interior de Honshu, los Alpes Japoneses, pero igual nos vale-, y para recorrer las calles que Marguerite Duras inmortalizó en su “Hiroshima mon amour”, aunque es un hecho que la autora nunca visitó en persona esta ciudad japonesa.

La segunda razón es que nadie, mejor que los hiroshimitas, sabe del amor a la paz. La Historia, así en mayúsculas, viene a ser poco menos que un compendio de reyes y guerras libradas en su honor. En Hiroshima no hay ni rastro del maniqueísmo fascistoide que alegremente aplauden los fieles tanto de uno como de su contrario sistema de valores (iguales, a efectos prácticos). Una visita al Parque Memorial de la Paz sería muy estimulante para todos aquellos valerosos que darían su vida por “la causa”. Por cualquier causa. Recogiendo la vieja máxima sintoísta: “si cuesta una sola vida humana, entonces es que no merece la pena”. Ve, vívelo, y ahora me cuentas eso tan importante por lo que estarías dispuesto a matar y morir.

Y tercero: porque Hiroshima es una alegoría de lo que pudo ser pero no fue. Porque todos hemos estado en Hiroshima alguna vez, la noche antes, a pocas horas de estallar la bomba atómica. Yo mismo estuve allí, aquel 6 de agosto de 1945. Bueno, tal vez no en ese mismo momento, creo que fue más bien allá por 2012. Pero ésta es una metáfora, así que da igual. Yo estuve en Hiroshima con mi amada M, y con esa otra M de mis amores inconfesos, y con A, por supuesto, siempre con A. Y también con E, encantadora e inolvidable E. Ya lo escribí una vez: “Hiroshima es el lugar en el que una vez fuimos a caer sin saberlo y al que nunca podremos regresar, pero del que jamás hubiéramos querido marcharnos para así poder besar al amor olvidado de nuestras vidas”. Hiroshima no es más que una ciudad de un lejano país, pero es el extremo, el límite que no nos atrevemos a cruzar por miedo a lo que venga detrás. Y es eso lo que la hace irresistible. No visitéis Hiroshima. No a menos que estéis dispuestos a cambiar.

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