Malo

Soy  malo, muy malo. No, me corrijo: soy el malo. El MALO, en mayúsculas. Igual que Freddy Krueger, Darth Vader, Drácula, o el Kevin Spacey de Seven. Soy el pirata Davy Jones, Mr. Hyde, Lex Luthor, HAL 9000 y el Profesor Moriarty. Soy Adolf Hitler, Pol Pot y Josip Stalin. ¡Soy el mismísimo diablo! Vamos, lo que viene a ser un tipo vulgar, en fin, que sólo quería hacer tu vida más bonita.

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Así que me propuse lo que cualquier amante verdaderamente sensato y coherente se propondría: dominar el mundo. ¿Para qué? Para regalártelo, ¡por supuesto! Te regalaría todas las olas del mar y todos los susurros del viento en las ramas de los pinos. La bruma de mil noviembres y los cálidos aguaceros tropicales. Te regalaría las lluvias de estrellas de cometas que se cruzan con la órbita terrestre cada 76 años, las auroras boreales y los eclipses de luna. Me satisfacía especialmente la idea de rendir ante tus pies todos los otoños de Londres y unas Navidades en la Marktplatz de Dresden. Y las sonrisas de los niños, y los abrazos de las madres, y las legiones de promesas del billón de amantes adolescentes que se han jurado amor eterno en la ribera del Sena desde tiempos inmemoriales. Todo eso, sólo eso, era lo que quería regalarte.

Pero soy un pésimo jugador de cartas, y pierdo de forma inmisericorde cada envite que me lanza la vida. Tenía el poker de ases en la mano pero las olas del mar me distrajeron y el viento en los pinos cegó mis oídos y no pude escuchar tus sencillos deseos. Ahora me asusta la bruma de noviembre, y el trópico me agobia con su sofocante calor. Al ritmo que llevo de noches en vela, tabaco y comida precongelada, no voy a vivir para ver de nuevo el cometa Halley, y el frío del ártico me espanta casi tanto como las noches oscuras sin luna. Londres es áspero y distante, Dresden no tiene gracia si no estás allí conmigo, y los niños felices, las madres y los amantes adolescentes me inspiran asco, hartazgo, y envidia.

Soy malo. Muy malo. Como Darth Vader, Lex Luthor y el Profesor Moriarty. Yo deseaba regalarte el mundo, pero el mundo ya no es el que yo quería regalarte. De él no queda nada: ni olas en el mar, ni auroras boreales, ni risas felices. Sólo este puñado de promesas incumplidas y esta confesión tardía. Son para ti.

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