Del sentido del humor

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“Hombre ‘sin hogar’ bajo arresto domiciliario”

Echo en falta un poco más de sentido del humor en la cultura española. Hay mucho sentido del humor, lo hay, y numerosos autores que lo han sabido aprovechar, que lo han practicado y cultivado. Pero el “humor español”, de existir, me deja un poco frío. Para hacerse una buena idea sobre este tema no basta la visión individual, que siempre es legítima y soberana. Es más interesante conocer lo que fuera de nuestras fronteras se piensa de nosotros. El español, en general, cae bien. Es un país peculiar que en los últimos doscientos años básicamente se ha limitado a pegarse consigo mismo. Tan lamentable actitud tiene sus ventajas, y una es ésa: que caemos bien por cuanto que no hemos invadido a nadie ni nos hemos enfrascado en guerras allende los mares ni los Pirineos. No es una tontería, que se lo pregunten si no a los alemanes, a los rusos o a los norteamericanos. El caso es que caemos bien pero no somos graciosos, por más que nos sorprenda. Aunque no falte talento, en España y en la cultura española se echan en falta personajes de la talla de Tom Sharpe, David Lodge o Woody Allen. El humor español es difícilmente exportable y, aún peor, está poco valorado en nuestro propio país. El siglo XIX, el gran siglo de la novela, dio a España multitud de artistas universales como Bécquer, Larra, Galdós, Clarín o Rosalía de Castro, pero falta un Chesterton, un Twain, un Oscar Wilde. La literatura española que estudiamos en la escuela está repleta de títulos memorables pero siempre graves, serios, profundos, que se mueven entre el extremo de la prosa mística y la denuncia social a través de un realismo descarnado. ¿Y dónde queda el humor? Quevedo era un cachondo mental, Cervantes tenía tela de guasa, y Calderón practica con gusto la ironía más sutil, pero eso nunca nos lo enseñan. Lo que nos enseñan son ilustraciones de señores muy serios vestidos de negro que escribían sesudas obras sobre cuestiones teológicas, mitológicas y filosóficas.

A España le falta –entre otras muchas cosas- más sentido del humor. Sentido del humor en los políticos, en la ciudadanía, en los medios de comunicación y en el arte. Somos todos muy graciosetes, pero a diferencia de los británicos o los judíos, nos ofendemos enseguida si nos hacen una chanza. Nos reímos mogollón al escuchar el chiste del mariquita que pide un café en un bar, pero como me mientas al PSOE, a la Iglesia Católica, a la Catalanidad o al Real Betis Balompié me dará muchísimo coraje.

El sentido del humor va estrechamente asociado a la capacidad de autocrítica, y España es un país bendito como pocos pero entre cuyas virtudes no se encuentra esta última. No nos hace ni puta gracia que se rían de nosotros, más que nada porque no hemos aprendido –no nos lo han enseñado- a reírnos de nosotros mismos. Y ése es un error terrible que, por insignificante que parezca, tiene mucho que ver con la capacidad para crear, para innovar, para ampliar nuestra perspectiva del mundo.

Es una recomendación un tanto caprichosa, lo reconozco, pero te conmino a que, en la medida de lo posible, hagas el humor. Es precisamente lo que la gente malsana,  intolerante y de mente estrecha nunca hace. Ni Hitler, ni Stalin, ni Franco ni Castro lo practicaron nunca. Si tiras por el camino que menos se asemeje al de esos personajes, entonces es que vas bien.

Sub

No os lo había comentado por aquí, pero los más cercanos sabréis que hace poco más de un mes que he empezado a estudiar un máster. Está siendo una experiencia realmente fascinante. Por un lado supone mi vuelta a la universidad doce años después, y en este caso a una facultad –Ciencias de la Información- que no tiene nada que ver con lo que yo conocí, la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Sevilla. Cuando me preguntan de qué va el máster no se me ocurre nada más ilustrativo que decir: “es como un Kindergarten para treintañeros gafapastas”. Es así. Los nombres de las asignaturas son un poco crípticos: “Estructura Narrativa”, “Retórica, pragmática y oralidad conversacional”, “Guión de formatos ficcionales y paraficcionales”… Tienen su carga teórica más o menos dura, sus delirios abstractos, su buena dosis de filosofía ensoñadora. El caso es que, para que os hagáis una idea, nuestros deberes consisten en ver películas de Fellini, David Lean o Alfred Hitchcock, escuchar bandas sonaras de clásicos de los cuarenta y cincuenta, comentar cortometrajes e inventar historias a partir de personajes y escenarios propuestos a lo loco por los alumnos.

Underground

La mayoría de las ideas, principios y esquemas de la narrativa –que no es sino el arte de contar historias- ya me eran muy familiares. De forma instintiva llevo más de veinte años practicándolos. Aunque familiares, hay pequeños descubrimientos que de tanto en vez te sorprenden. Y uno reciente es el que justifica el nombre de este artículo: sub.

Cualquier historia puede –y debe- ser resumible en una frase. ¿Qué es el Quijote? La historia de un inadaptado delirante. ¿De qué va Fausto? De un tipo que hace un pacto con el Diablo. ¿De qué trata “Romeo y Julieta”? Del amor imposible. ¿Pero estas obras universales, realmente van de eso?

No. De lo que van es de lo “sub”. Lo “sub” es la “subtrama”, la motivación del héroe, lo que se oculta tras la acción y da volumen a los personajes. Ulises no quiere conquistar Troya, sino volver a su hogar; Raskolnikov en “Crimen y castigo” no desea matar a su vieja casera, y la intención del Florentino Ariza de García Márquez no es volver con Fermina Daza, la novia de su juventud, cincuenta años después. Lo que buscan siempre es algo más íntimo y profundo: la autoestima, el aprecio, la venganza, la redención. Me ha gustado mucho este planteamiento porque, de uno u otro modo, es perfectamente exportable a la vida real. La mayoría de nosotros no buscamos lo que en apariencia parece que buscamos con cada decisión y cada paso de nuestras vidas. Un buen trabajo no nos satisface porque sea un buen trabajo: nos satisface porque afirma, confirma o reafirma nuestra validez profesional hacia aquéllos que en algún momento la pusieron en duda. Una novia guapa nos reconforta porque es un sol y una tía adorable, pero además es una forma de restregarle por la cara nuestro triunfo a aquella otra, tanto o más guapa y adorable, que nos dio calabazas. La publicación de una novela es siempre un logro memorable, pero raros son los escritores que no se ufanan íntimamente del acto de demostrarle al mundo lo listos, triunfadores e ingeniosos que son.

Lo “sub” lo inunda todo en nuestro día a día. Inunda este blog también. El artículo sobre los exlibris no es casual, “Hiroshima” no cuenta una historia caprichosa, y tampoco este post es sólo lo que parece. Yo quiero, aspiro -no me corto, no- a ser un gran novelista, vender millones de libros como Zafón, la Dueñas o Pérez-Reverte. Pero no es por la fama, el dinero o la gloria. Es por lo “sub”. No es prudente enseñar tus cartas, así que no os confesaré qué es lo que realmente persigo. Quedaos simplemente con eso: “sub”.

La derrota

Jugar a la contra tiene encanto, mucho encanto, el atractivo del perdedor, del underdog, de las causas vanas. Hay una cosita dentro de cada uno de nosotros que nos despierta simpatía por los vencidos. Yo, como buen mercenario, no disimulo mi inclinación romántica por los personajes perdedores. “Si quieres conocer de verdad a un hombre, has de conocerlo en la derrota” decía el sabio con gran sensatez. Y es que hay ángulos singulares que se pierden de la perspectiva cuando observamos el mundo desde lo alto.

galomoribundo

Me vais a permitir una pequeña disertación antropológica: los griegos, los padres de Occidente, eran unos tíos muy listos. Mucho, tanto que fueron protagonistas de multitud de hechos memorables. Uno de los hitos alcanzados por los griegos poco conocido por el público general es el de la estética heroica. Me explico: los artistas de las primeras civilizaciones tendían a rendir homenaje a sus reyes y dioses de una manera un tanto burda: si observáis una estela o un relieve egipcio, babilónico o persa, veréis a un tipo enorme sometiendo a las tribus bárbaras, representadas como pequeños hombrecillos a los pies del caudillo de turno. Los griegos sin embargo no hacían eso. Al contrario, retrataban a sus enemigos como fornidos guerreros dotados de inmensos poderes. El juego mental es “yo he vencido a este tipo, no a un gusano insignificante, sino a todo un coloso”. El matiz es esencial, y probablemente tenga mucho que ver con la perpetuación cultural de un pueblo que, una vez vencido por las legiones romanas, supo conquistar a sus conquistadores, que siempre trataron de imitarles. Nosotros somos griegos, pues griega es la democracia, la filosofía, la ciencia, los elementos, en fin, que dan forma a lo que hoy se entiende y se define por “Occidente”.

Pues bien, la estética heroica plantó hace ya veintitantos siglos la semilla de un sentimiento que pervive en el arte y la cultura contemporánea, tan convincente resulta su base filosófica. Desde el humilde ágora que representa este blog, quiero hoy reivindicar la grieguicidad de todas nuestras derrotas. Porque la vida está y debe estar jalonada de derrotas: derrotas laborales, sociales, creativas, emocionales… Que no te contrate esa empresa en la que echaste el curri, que no te quiera esa chica que tanto te gusta, que no te den el premio ese al que presentaste tu reciente novela… es muy saludable si sabes extraerle la lección. ¡Ay de quien nunca haya paladeado el sabor de la derrota! No habrá aprendido nada.