De la inspiración

El tipo que firma estas líneas está suscrito desde 1990 a una conocida revista española de divulgación científica. Siempre he padecido de un incorregible escepticismo, así que a la hora de analizar, evaluar y reflexionar sobre los mil y un asuntos humanos y divinos que estimulan mis neuronas, suele primar una perspectiva cientificista. Desde Descartes, si no desde antes, viene afirmándose que a cada paso que la ciencia da, Dios retrocede un poco más hasta los confines de la razón. Yo estoy plenamente de acuerdo.

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Precisamente por eso he de confesar que, al pasar del tiempo, las curiosas experiencias que he ido atesorando han modificado un poco mi visión del mundo y de la vida. De cuando en vez me dejo deslizar hacia esos confines de la razón que, por remotos que sean, no dejan de existir. No, tranquilos, no he visto la luz; sigo teniendo tanta fe en Dios como en Marx. Pero sí que he desarrollado cierta sensitividad hacia esa dimensión que los parapsicofílicos y los flipados de la New Age denominan “plano espiritual”, “mundo astral”, “espiritosfera” u otros términos esotéricos del palo.

La existencia de un “algo” difícilmente explicable por la ciencia convencional la he percibido, como alguno vendrá sospechando, en el ejercicio de la escritura. Y más concretamente, en la naturaleza de la inspiración. Porque la inspiración existe. ¿O no?

Crear una novela, un guión o un relato -también un poema según el caso- implica inventar, inventar una historia. Pero aparte de la invención, ¿no interviene además algo parecido al “descubrimiento”? Descubrir no es necesariamente un acto consciente y premeditado, sino que a menudo está más cerca del arte –un ejercicio apasionado e irracional- que de la fría y metódica ingeniería.

Fijémonos en la creación de historias. Es una actividad que suele implicar mucho esfuerzo intelectual, innumerables horas frente al teclado y un notable volumen de garabatos en forma de esquemas narrativos, apuntes y fichas diversas. Pero falta un ingrediente: la inspiración, esa energía visceral, esquiva y caprichosa que, con suerte, asumirá el rol de timonel de las historias que inventamos.

No es que siempre se dé el caso, pero por mi experiencia me atrevería a decir que algunas historias, más que inventarse, se descubren. Describir una escena, recrear un diálogo y atar bien atados los hilos de una trama supone mucho, mucho trabajo. Pero concebir la historia, el giro, la frase memorable, es algo que a menudo escapa a nuestra voluntad. A eso se le llama inspiración, y aunque es muy probable que tenga más que ver con los flujos neuronales subconscientes que con la intervención de las musas del Parnaso, yo prefiero pensar que sigue siendo algo así como un halo divino surgido de esas regiones distantes cuya naturaleza no responde a ecuación alguna y a donde no alcanzan los telescopios.

Porque si las estrellas sólo fueran enormes masas de helio incandescente a miles de años luz, y el color de unos ojos no más que un flujo de fotones oscilando en una determinada longitud de onda, ni la literatura, ni la música, ni la pintura ni el cine tendrían alma, y la vida sería una perfecta pérdida de tiempo.

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