Ex Libris

Hace tiempo que quería hacerme con uno de éstos: un ex libris. Pero, ¿qué es un ex libris? Una excentricidad de ésas que nos gustan a los que tenemos cierta querencia por las cosas que nunca estarán de moda o, más objetivamente, un sello que se utiliza para estampar la marca distintiva de una persona o una institución –generalmente una biblioteca- en sus libros. Los ex libris vienen utilizándose al menos desde el Antiguo Egipto, y representan un interesante campo de estudio dentro de la biblioteconomía. No es probable que mi ex libris vaya a aparecer nunca entre los fondos de la Biblioteca Nacional o del British Museum, al menos mientras yo siga en este mundo. Pero quién sabe, tal vez algún erudito considere interesante conservar y catalogar esta muestra postrera de tan singular tradición dentro de algunos siglos, cuando del libro en papel no quede apenas el recuerdo… ¿O acaso eso jamás llegará a suceder? Pues no me atrevo a decir ni que sí ni que no. En todo caso, ése ya es otro tema.

exlibris

Ésta era la primera vez que me embarcaba en la simpática afición del “carvado de sellos”, y aún tengo que perfeccionar la técnica, pero me lo he pasado bomba diseñando y elaborando este sellito tan resalao (tengo un par de versiones, ya veré con cuál me quedo). El motivo de la pluma y la espada, viniendo de un mercenario confeso como el que suscribe, no es casual, como seguro habréis captado. Os animo a todos los “manitas” bibliófilos y fetichistas del papel a confeccionar el vuestro. En cualquier tienda de Bellas Artes y manualidades podréis encontrar los materiales e instrumentos necesarios. Es la mar de divertido y queda muy resultón. ¿A que sí?

Verosimilitud

Al menos desde los tiempos de Aristóteles (s. IV a.C.) existe una costumbre practicada por no pocos escritores: la de crear decálogos sobre el arte de la narrativa.

Breve y contundente como el de Hemingway, flexible como el de Monterroso, pragmático como el de Stephen King o nihilista como el de Bukowski, un decálogo viene a ser una lista de normas, sugerencias y consejos dirigidos a todos aquellos que pretendan poner a prueba su talento literario.

hemingway

Como siempre se trata de principios muy generales y abstractos, el decálogo no suele incluir detalles excesivamente técnicos. “Escribe con el alma”, “escribe con el corazón”, “escribe con el bolsillo”, “no escribas: vomita, escupe, grita lo que te salga de tus adentros…”. Hasta ahí, vale. La vocación y el acto de escribir son así, un impulso caprichoso y hasta cierto punto irrefrenable. Pero, ¿sobre qué escribir? Sobre lo que conoces –claro-, sobre lo que te gusta –lógico-, sobre lo que te encantaría leer… Sobre lo que te encantaría leer es el argumento que más me convence, es al fin y al cabo el recurso más a mano. No obstante, cuando uno se plantea un quijotesco futuro dedicado a esto de la escritura, ha de tener en cuenta otras cosas. Los tiempos en los que los escritores malditos tenían no ya un papel sobresaliente en la cultura popular, sino incluso ese halo romántico hoy por hoy imposible de emular, quedaron atrás. Nueve de cada diez best-sellers son producto de un estudiado gabinete de técnicos en márketing, psicología del consumo, analistas financieros y “trend hunters” que, en fin, no se proponen otra cosa que rentabilizar la muy legítima y respetable inversión del grupo mediático que a bien tenga contratarles. El escritor profesional de hoy necesita ser algo más que un mero redactor imaginativo. Necesita ser un experto en mercadotecnia, un puto “media manager”, y además echarle paciencia y fe hasta niveles que el Santo Job jamás hubiera concebido. Pero los decálogos, por muy contradictorios que sean, siguen ahí, y no son resultado de una reflexión vana, sino el producto de la experiencia redactora bien de Hemingway, bien de Monterroso, de King o de Bukovski.

Entre los muchos consejos que podemos extraer de un taller literario o un máster en narrativa hay uno muy singular que me despierta un gran interés: la verosimilitud de lo narrado. Es casi un principio de sentido común: lo que escribas/idees/guionices debe ser verosímil, por respeto a ti mismo y al lector/espectador. Sin embargo, la vida tiene momentos difícilmente clasificables en los que –topicazo- la realidad supera a la ficción. Se me vienen a la mente varios personajes y episodios históricos reales que, de haber sido concebidos por un novelista, le habrían reportado no pocas críticas por pura falta de verosimilitud.

titanic

Violet Constance Jessop (1887-1971) fue tripulante de tres barcos naufragados, el célebre Titanic, el Olympic y el buque hospital Britannic, todos hundidos entre 1912 y 1934. La historia naval ofrece otras fascinantes curiosidades, como la de los naufragios frente al estrecho de Menai, en la costa norte de Gales. Aunque las fuentes difieren en algunos detalles, la leyenda asevera que en 1664, 1785 y 1820, tres barcos naufragaron con un resultado sorprendente: en los tres casos, el único superviviente se llamaba Hugh Williams (obviamente no era el mismo tipo). Roy C. Sullivan (1912-1983) fue un guardabosques norteamericano al que, a lo largo de su vida, le cayeron nada menos que siete rayos. Al final se suicidó, a los 71 años, tras un desengaño amoroso.

Si cualquiera de vosotros escribiera una novela en la que al protagonista le caen siete rayos, lo más probable es que el editor os dijera que os vayáis a la mierda, que ya os vale con el rollo. No obstante, esas cosas suceden, ya veis. Un viejo amigo aficionado a esto de la escritura me comentó alguna vez que la prensa era un referente inspirativo formidable. De ella se pueden sacar historias fascinantes que piden a gritos una adaptación novelística. Y no le falta razón. Lo malo es eso: el público, los editores y nosotros mismos nos exigimos verosimilitud en las historias que inventamos. Pero la biografía de un apático funcionario de correos tampoco es que resulte demasiado apasionante así de pronto. Es cuestión de equilibrio, supongo. Y aquí lanzo la pregunta: cuando escribís, ¿prestáis atención a eso? ¿Tratáis de darle verosimilitud a vuestra historia? ¿Hasta qué punto os fastidia encontrar narraciones inverosímiles?

La pluma y la espada

Pen & Sword

Robert Surcouf fue un corsario francés que operó en el Océano Índico, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, al servicio de Napoleón Bonaparte. Cobró una enorme popularidad en su país tras salir victorioso de numerosos enfrentamientos contra la armada británica. Téngase en cuenta que la mar, como campo de batalla, no brindó excesivas hazañas memorables a los ejércitos napoleónicos. Surcouf, sin embargo, consiguió apresar un total de cuarenta y siete naves enemigas. El episodio más notable de su carrera como corsario fue la captura, en octubre de 1800, de la fragata británica Kent, muy superior en hombres y armamento a La Confiance, la nave con la que Surcouf patrullaba las costas del Índico desde las islas de Reunión y Mauricio. Aquel acto lo convirtió en el enemigo público número uno de las autoridades británicas, que ofrecieron cinco millones de francos por su cabeza, si bien no dejaron de reconocer la caballerosidad y el trato humanitario que el mercenario dispensaba a sus prisioneros.

En cierta ocasión, Surcouf se enfrascó en una discusión con un oficial de la Royal Navy. Con aire recriminatorio, el británico le espetó:

-“Ustedes luchan por dinero, mientras que nosotros lo hacemos por honor”.

A lo que Surcouf respondió:

-“Así es, caballero: cada uno lucha por lo que más falta le hace”.

No pretendo suscribir la jactanciosa ocurrencia del corsario francés como principio inspirador de mis acciones, aunque me parece una ingeniosa salida, rebosante de pragmatismo, y acaso también de sinceridad. Preguntároslo: ¿Por qué lucháis? ¿Por qué luchan los taxistas, los contables, los analistas de sistemas, los charcuteros, los procuradores judiciales o los cajeros de supermercado? Para ganarse la vida, claro. ¿Y los escritores? ¿Por qué luchan? Por la gloria y la inmortalidad, por superarse a sí mismos, por aburrimiento, por ganar autoestima, o porque también es un oficio como otro cualquiera (sí, y más complejo, más presente en nuestro día a día y más necesario de lo que muchos sospechan; en otra ocasión hablaremos de eso). Como honorable mercenario que aspiro a ser, respeto y admiro las motivaciones de cada cual para escribir, ya que, aun cuando no se tiene la menor pretensión, me parece que la escritura es una de las aficiones más edificantes y enriquecedoras que puedan imaginarse. Pero ahí os dejo el guante: ¿Por qué escribís? ¿Por qué escribís relatos, novelas, poemas, canciones, tweets, estados de Facebook o artículos de blog? ¿Por qué lucháis?