Cuestión de imagen

Dicen que nadie es tan feo como en su foto del DNI ni tan guapo como en la de Facebook. Pudiera ser; en mi caso, desde luego, no es del todo inverosímil. Los que gustan de la “psicología amateur” y prestan atención a esos detalles pueden extraer indicios interesantes de las imágenes que nos ponemos en nuestros perfiles sociales: ilustraciones cómicas, ilustraciones dedicadas a libros, músicos o pelis que admiramos; fotos con aire bromista o agresivo, fotos más o menos espontáneas, más o menos estudiadas de nuestro rostro; imágenes sublimadas de nuestros rasgos –de ésas que al verlas uno piensa: “así me gustaría ser”-, otras confesamente enigmáticas… Lo cierto es que, cada vez que elegimos una imagen que nos represente, aunque sea sin mucho meditarlo, estamos practicando una de las actividades más antiguas del mundo: el marketing.

Marketing

Cuando vivía en Alemania me llamó mucho la atención comprobar lo sugerente que el idioma español podía resultarles a los consumidores germanos para según qué productos: margarina marca “El Sol”, zumos de nombre “La Vida”, caramelos “El Torero”… Productos fabricados en sombríos lugares como Hamburgo o Gelsenkirchen pero que te venden un rayito de sol mediterráneo en forma de envoltorio brillante. Igual que al comprador hispanohablante le inspira más confianza una taladradora marca “Bergenheimer” que una fabricada por “Martínez & Hijos”, o un vino etiquetado como “Château du Bois” que un “Alexei Lychnikov”. Si fuera vodka, sucedería lo contrario, claro.

Todos queremos mostrarnos tan atractivos como nos sea posible, independientemente de que nos dediquemos a la distribución de bebidas, a la ingeniería industrial o a chatear con amiguetes. ¿Y si lo que hacemos es escribir? Hay quien opina que un señor calvo y cincuentón con gafas inspira más respeto intelectual que una veinteañera rubia con sonrisa de nácar y un top ajustado. Esa típica foto en blanco y negro de un tipo serio con pose de jugador de naipes en la contra de una novela no parece casual. ¿Creéis que existen prejuicios literarios y editoriales –ya sean negativos o positivos- hacia las chicas monas, los señores calvos con gafas, hombres y mujeres en general, gente joven o gente madura? Quizás también dependa del género del que se trate… En fin, sería interesante saberlo, por eso de ir haciéndonos una idea de si contamos con un perfil más bien óptimo o más bien pésimo para operar en este peculiar mundillo.

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