La derrota

Jugar a la contra tiene encanto, mucho encanto, el atractivo del perdedor, del underdog, de las causas vanas. Hay una cosita dentro de cada uno de nosotros que nos despierta simpatía por los vencidos. Yo, como buen mercenario, no disimulo mi inclinación romántica por los personajes perdedores. “Si quieres conocer de verdad a un hombre, has de conocerlo en la derrota” decía el sabio con gran sensatez. Y es que hay ángulos singulares que se pierden de la perspectiva cuando observamos el mundo desde lo alto.

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Me vais a permitir una pequeña disertación antropológica: los griegos, los padres de Occidente, eran unos tíos muy listos. Mucho, tanto que fueron protagonistas de multitud de hechos memorables. Uno de los hitos alcanzados por los griegos poco conocido por el público general es el de la estética heroica. Me explico: los artistas de las primeras civilizaciones tendían a rendir homenaje a sus reyes y dioses de una manera un tanto burda: si observáis una estela o un relieve egipcio, babilónico o persa, veréis a un tipo enorme sometiendo a las tribus bárbaras, representadas como pequeños hombrecillos a los pies del caudillo de turno. Los griegos sin embargo no hacían eso. Al contrario, retrataban a sus enemigos como fornidos guerreros dotados de inmensos poderes. El juego mental es “yo he vencido a este tipo, no a un gusano insignificante, sino a todo un coloso”. El matiz es esencial, y probablemente tenga mucho que ver con la perpetuación cultural de un pueblo que, una vez vencido por las legiones romanas, supo conquistar a sus conquistadores, que siempre trataron de imitarles. Nosotros somos griegos, pues griega es la democracia, la filosofía, la ciencia, los elementos, en fin, que dan forma a lo que hoy se entiende y se define por “Occidente”.

Pues bien, la estética heroica plantó hace ya veintitantos siglos la semilla de un sentimiento que pervive en el arte y la cultura contemporánea, tan convincente resulta su base filosófica. Desde el humilde ágora que representa este blog, quiero hoy reivindicar la grieguicidad de todas nuestras derrotas. Porque la vida está y debe estar jalonada de derrotas: derrotas laborales, sociales, creativas, emocionales… Que no te contrate esa empresa en la que echaste el curri, que no te quiera esa chica que tanto te gusta, que no te den el premio ese al que presentaste tu reciente novela… es muy saludable si sabes extraerle la lección. ¡Ay de quien nunca haya paladeado el sabor de la derrota! No habrá aprendido nada.

De la inspiración

El tipo que firma estas líneas está suscrito desde 1990 a una conocida revista española de divulgación científica. Siempre he padecido de un incorregible escepticismo, así que a la hora de analizar, evaluar y reflexionar sobre los mil y un asuntos humanos y divinos que estimulan mis neuronas, suele primar una perspectiva cientificista. Desde Descartes, si no desde antes, viene afirmándose que a cada paso que la ciencia da, Dios retrocede un poco más hasta los confines de la razón. Yo estoy plenamente de acuerdo.

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Precisamente por eso he de confesar que, al pasar del tiempo, las curiosas experiencias que he ido atesorando han modificado un poco mi visión del mundo y de la vida. De cuando en vez me dejo deslizar hacia esos confines de la razón que, por remotos que sean, no dejan de existir. No, tranquilos, no he visto la luz; sigo teniendo tanta fe en Dios como en Marx. Pero sí que he desarrollado cierta sensitividad hacia esa dimensión que los parapsicofílicos y los flipados de la New Age denominan “plano espiritual”, “mundo astral”, “espiritosfera” u otros términos esotéricos del palo.

La existencia de un “algo” difícilmente explicable por la ciencia convencional la he percibido, como alguno vendrá sospechando, en el ejercicio de la escritura. Y más concretamente, en la naturaleza de la inspiración. Porque la inspiración existe. ¿O no?

Crear una novela, un guión o un relato -también un poema según el caso- implica inventar, inventar una historia. Pero aparte de la invención, ¿no interviene además algo parecido al “descubrimiento”? Descubrir no es necesariamente un acto consciente y premeditado, sino que a menudo está más cerca del arte –un ejercicio apasionado e irracional- que de la fría y metódica ingeniería.

Fijémonos en la creación de historias. Es una actividad que suele implicar mucho esfuerzo intelectual, innumerables horas frente al teclado y un notable volumen de garabatos en forma de esquemas narrativos, apuntes y fichas diversas. Pero falta un ingrediente: la inspiración, esa energía visceral, esquiva y caprichosa que, con suerte, asumirá el rol de timonel de las historias que inventamos.

No es que siempre se dé el caso, pero por mi experiencia me atrevería a decir que algunas historias, más que inventarse, se descubren. Describir una escena, recrear un diálogo y atar bien atados los hilos de una trama supone mucho, mucho trabajo. Pero concebir la historia, el giro, la frase memorable, es algo que a menudo escapa a nuestra voluntad. A eso se le llama inspiración, y aunque es muy probable que tenga más que ver con los flujos neuronales subconscientes que con la intervención de las musas del Parnaso, yo prefiero pensar que sigue siendo algo así como un halo divino surgido de esas regiones distantes cuya naturaleza no responde a ecuación alguna y a donde no alcanzan los telescopios.

Porque si las estrellas sólo fueran enormes masas de helio incandescente a miles de años luz, y el color de unos ojos no más que un flujo de fotones oscilando en una determinada longitud de onda, ni la literatura, ni la música, ni la pintura ni el cine tendrían alma, y la vida sería una perfecta pérdida de tiempo.