Malo

Soy  malo, muy malo. No, me corrijo: soy el malo. El MALO, en mayúsculas. Igual que Freddy Krueger, Darth Vader, Drácula, o el Kevin Spacey de Seven. Soy el pirata Davy Jones, Mr. Hyde, Lex Luthor, HAL 9000 y el Profesor Moriarty. Soy Adolf Hitler, Pol Pot y Josip Stalin. ¡Soy el mismísimo diablo! Vamos, lo que viene a ser un tipo vulgar, en fin, que sólo quería hacer tu vida más bonita.

malo

Así que me propuse lo que cualquier amante verdaderamente sensato y coherente se propondría: dominar el mundo. ¿Para qué? Para regalártelo, ¡por supuesto! Te regalaría todas las olas del mar y todos los susurros del viento en las ramas de los pinos. La bruma de mil noviembres y los cálidos aguaceros tropicales. Te regalaría las lluvias de estrellas de cometas que se cruzan con la órbita terrestre cada 76 años, las auroras boreales y los eclipses de luna. Me satisfacía especialmente la idea de rendir ante tus pies todos los otoños de Londres y unas Navidades en la Marktplatz de Dresden. Y las sonrisas de los niños, y los abrazos de las madres, y las legiones de promesas del billón de amantes adolescentes que se han jurado amor eterno en la ribera del Sena desde tiempos inmemoriales. Todo eso, sólo eso, era lo que quería regalarte.

Pero soy un pésimo jugador de cartas, y pierdo de forma inmisericorde cada envite que me lanza la vida. Tenía el poker de ases en la mano pero las olas del mar me distrajeron y el viento en los pinos cegó mis oídos y no pude escuchar tus sencillos deseos. Ahora me asusta la bruma de noviembre, y el trópico me agobia con su sofocante calor. Al ritmo que llevo de noches en vela, tabaco y comida precongelada, no voy a vivir para ver de nuevo el cometa Halley, y el frío del ártico me espanta casi tanto como las noches oscuras sin luna. Londres es áspero y distante, Dresden no tiene gracia si no estás allí conmigo, y los niños felices, las madres y los amantes adolescentes me inspiran asco, hartazgo, y envidia.

Soy malo. Muy malo. Como Darth Vader, Lex Luthor y el Profesor Moriarty. Yo deseaba regalarte el mundo, pero el mundo ya no es el que yo quería regalarte. De él no queda nada: ni olas en el mar, ni auroras boreales, ni risas felices. Sólo este puñado de promesas incumplidas y esta confesión tardía. Son para ti.

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La miel en los labios

O casi mejor el chocolate. Estaba yo estos días en Bélgica –fascinante la querencia de los belgas por el chocolate- cuando recibí una excelente mala noticia: no he ganado un premio de novela al que me había presentado. Vaya, tampoco es que sea algo que sorprenda; no ganar concursos es lo que normalmente pasa cuando te presentas a concursos. Pero esta vez casi me había llegado a ilusionar. Sólo casi. Por eso, sinceramente, no me ha sentado mal. Y es que uno tiene muy buen perder.

Bru 2

La novelita en cuestión… es difícil de clasificar. Yo pongo como ejemplo esos chistes de matemáticos: “¿Qué le dice un logaritmo de e elevado a ½ de X  a una integral múltiple?”. Ya sabéis, un chiste de ésos que, si no sabes sobre los intríngulis del cálculo infinitesimal, como que no le pillas la gracia. Pues la novela es que es algo así: fácil de entender si dominas cierta materia, pero si no, te quedas pensando: “Oye, no sé, te diría que no está mal, pero ¿qué demonios me estás contando?”. Francamente la envié a concurso con la nula convicción de poder ganar, lo que pasa es que ha quedado finalista, una de las siete finalistas de entre seis centenares presentadas, y claro, eso sólo ha podido ser porque alguno de la media docena de jueces del jurado la ha entendido. Sólo uno, tal vez dos, pero hasta ahí.

Aunque me hubieran venido muy bien los X-mil euros del premio, siempre le queda a uno la satisfacción. La satisfacción y el Plan B, claro. No era aquél un concurso que se diga apropiado para esa novela, así que ya le he echado el ojo a otro certamen en el que podría encajar. Espero que en unos meses pueda daros una buena noticia.

Entre tanto, sigo imaginando y escribiendo historias difícilmente clasificables que difícilmente lograrán sus objetivos. ¿Qué objetivos? La pasta por perentorio; la gloria, que nunca viene mal; la inmortalidad, por supuesto; quizás también algo de redención. Y el amor, cómo no…

Lo bueno es que, a mi vuelta de este reciente viaje –un intenso viaje, mitad profesional, mitad recreativo-, tengo lleno hasta arriba el depósito de la inspiración. Ahora atesoro un sugerente puñado estampas del Ruhrgebiet, esa región industrial del Oeste de Alemania por la que ya anduve años atrás; los paseos por la bella y vieja ciudad de Colonia en la compañía insospechada de una antigua y adorable musa que, aun demasiado tarde –si es que la expresión “demasiado tarde” es válida cuando de musas se trata-, me inspiró fragmentos de besos y desayunos y rosas holográficas (Colonia es para mí una metáfora de esa imprecisa dimensión entre lo ilusorio del pasado cierto y lo tangible de los futuros que nunca fueron); la ajetreada y coqueta Bruselas, por cuyas calles me hubiera enamorado a la vuelta de cada esquina si no fuera porque, después de todo, uno procura manejarse como el tipo sensato y respetable que no es.

Escribiré pues con la mirilla puesta en el objetivo, como ya vengo haciendo desde casi antes de lo que puedo recordar. ¿Y si tampoco acierto esta vez? Pues a seguir escribiendo. Qué voy a hacerle, si es que yo tengo muy buen perder.

Pide un deseo

Hay muchos chistes que arrancan con la escena del tipo que va por el desierto y le da una patada a una lámpara mágica. Entonces sale un genio y le concede uno, dos, o tres deseos. Normalmente esas historias terminan con un desenlace paradójico según el cual lo deseado se convierte en una auténtica maldición. Es un chiste universal (no sé en otras lenguas, pero en alemán también existen chistes sobre tipos que patean lámparas, son básicamente los mismos), chistes que de algún modo especulan con el riesgo de que tus sueños se tornen realidad. Y es que debemos ser muy prudentes con aquello que deseamos, no sea que se cumpla.

Magic lamp

A veces me da por echar la vista atrás y no me gusta lo que veo, no me gusta nada. No os lo voy a negar: estoy tremendamente insatisfecho con mi vida. Hace poco más de una década yo era un tipo por el que habría apostado fuerte: licenciado en económicas, con un buen trabajo, inglés y alemán, y una novia preciosa y encantadora que aún no me explico cómo llegó a quererme tanto y tan inmerecidamente. El futuro se presentaba muy apetecible. Yo tendría que ser a estas alturas directivo de alguna gran compañía de logística internacional, ganar 90.000 pavos al año y tener un par de hijos rubísimos y guapísimos y absolutamente adorables. Sin embargo la cosa no ha ido por ahí. Hoy soy un soltero que a duras penas sobrevive traduciendo manuales de biseladoras y rectificadoras cilíndricas y redactando descripciones de artículos para Amazon. Y cuando alguna vez me despierto con alguien al otro lado de la almohada, nunca, nunca es la persona que yo desearía que estuviera ahí. Algo hemos hecho mal, está claro.

No obstante, soy un tipo afortunado. Echo la vista atrás y me doy cuenta de que mis deseos se han cumplido, sólo que quizás me faltó matizar algunos detalles. Vivo de “escribir” al fin y al cabo, que es lo que siempre soñé. No se me ocurrió que un tipo que sobrevive como escritor freelance no termina de irradiar ni confianza ni seguridad, pequeños detalles que explican por qué, al despertar, jamás me encuentro con el rostro que yo quisiera encontrar a mi vera. Eso del poder de seducción y el atractivo de la gente bohemia, creedme, es un tópico.

Lo único bueno que extraigo de todo esto es que los deseos son gratis. Si arrojáis una moneda a una fuente, si veis una estrella fugaz o si por casualidad vais por el desierto y le dais una patada a una lámpara mágica, no os compliquéis la vida. Pedid algo fácil, cercano, práctico. Ni se os ocurra plantearos objetivos tan abstractos y ambiciosos como los míos (“quiero vivir del arte, quiero que Fulanita se enamore de mí”). Tened en cuenta que corréis el riesgo de que vuestros deseos se cumplan. Y aunque os sorprenda, creedme: si se diera el caso, la mayoría de vosotros lo lamentaría.

Del sentido del humor

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“Hombre ‘sin hogar’ bajo arresto domiciliario”

Echo en falta un poco más de sentido del humor en la cultura española. Hay mucho sentido del humor, lo hay, y numerosos autores que lo han sabido aprovechar, que lo han practicado y cultivado. Pero el “humor español”, de existir, me deja un poco frío. Para hacerse una buena idea sobre este tema no basta la visión individual, que siempre es legítima y soberana. Es más interesante conocer lo que fuera de nuestras fronteras se piensa de nosotros. El español, en general, cae bien. Es un país peculiar que en los últimos doscientos años básicamente se ha limitado a pegarse consigo mismo. Tan lamentable actitud tiene sus ventajas, y una es ésa: que caemos bien por cuanto que no hemos invadido a nadie ni nos hemos enfrascado en guerras allende los mares ni los Pirineos. No es una tontería, que se lo pregunten si no a los alemanes, a los rusos o a los norteamericanos. El caso es que caemos bien pero no somos graciosos, por más que nos sorprenda. Aunque no falte talento, en España y en la cultura española se echan en falta personajes de la talla de Tom Sharpe, David Lodge o Woody Allen. El humor español es difícilmente exportable y, aún peor, está poco valorado en nuestro propio país. El siglo XIX, el gran siglo de la novela, dio a España multitud de artistas universales como Bécquer, Larra, Galdós, Clarín o Rosalía de Castro, pero falta un Chesterton, un Twain, un Oscar Wilde. La literatura española que estudiamos en la escuela está repleta de títulos memorables pero siempre graves, serios, profundos, que se mueven entre el extremo de la prosa mística y la denuncia social a través de un realismo descarnado. ¿Y dónde queda el humor? Quevedo era un cachondo mental, Cervantes tenía tela de guasa, y Calderón practica con gusto la ironía más sutil, pero eso nunca nos lo enseñan. Lo que nos enseñan son ilustraciones de señores muy serios vestidos de negro que escribían sesudas obras sobre cuestiones teológicas, mitológicas y filosóficas.

A España le falta –entre otras muchas cosas- más sentido del humor. Sentido del humor en los políticos, en la ciudadanía, en los medios de comunicación y en el arte. Somos todos muy graciosetes, pero a diferencia de los británicos o los judíos, nos ofendemos enseguida si nos hacen una chanza. Nos reímos mogollón al escuchar el chiste del mariquita que pide un café en un bar, pero como me mientas al PSOE, a la Iglesia Católica, a la Catalanidad o al Real Betis Balompié me dará muchísimo coraje.

El sentido del humor va estrechamente asociado a la capacidad de autocrítica, y España es un país bendito como pocos pero entre cuyas virtudes no se encuentra esta última. No nos hace ni puta gracia que se rían de nosotros, más que nada porque no hemos aprendido –no nos lo han enseñado- a reírnos de nosotros mismos. Y ése es un error terrible que, por insignificante que parezca, tiene mucho que ver con la capacidad para crear, para innovar, para ampliar nuestra perspectiva del mundo.

Es una recomendación un tanto caprichosa, lo reconozco, pero te conmino a que, en la medida de lo posible, hagas el humor. Es precisamente lo que la gente malsana,  intolerante y de mente estrecha nunca hace. Ni Hitler, ni Stalin, ni Franco ni Castro lo practicaron nunca. Si tiras por el camino que menos se asemeje al de esos personajes, entonces es que vas bien.

Todos los poemas son poemas de amor

A pesar de todo nos tenemos cariño. Ella me lo guarda, y mucho, yo lo sé. Y yo también, aunque nadie jamás me ha causado semejante disgusto. No es un reproche, ni una acusación: Ella y sólo Ella podía haberme provocado el mayor dolor por el que he pasado en esta vida, y no fue por maldad. Ella no lo eligió, así que no se lo echo en cara. De aquello hace ya tiempo. Ahora contemplo sus fotos y me sigue pareciendo monísima, pero llego a fascinarme al pensar cómo fue posible que por esos ojillos acaso demasiado juntos, esas orejas de soplillo, y unos finos labios objetivamente poco sensuales hubiera yo podido vender mi alma al diablo… Mas así fue. Cosas del amor.

HiFi

Oscar Wilde decía: “siempre nos resultan ridículos los sentimientos de las personas a las que hemos dejado de amar”.  Es cierto, y también es recíproco: hay algo profundamente deprimente en la contemplación del ser que en su día quisimos (y viceversa, deduzco). Una suerte de íntimo bochorno, algo así como una vergüenza inconfesable. La observas con objetividad y entonces piensas: sí, tiene los ojos demasiado juntos, el tipo desgarbado, la nariz muy grande, las orejas separadas de las sienes, es demasiado gorda/delgada, alta/baja, incluso un poco estúpida, cabezota, antipática, lo que sea… Nunca son las la princesas con las que soñabas de niño. Pero amar a la mujer ideal es muy fácil, cualquiera sería capaz de hacerlo. Lo difícil es amar a la tuya, a tu princesa, aun consciente de que no es la más hermosa del mundo.

El final del amor es un tema profusamente tratado en la literatura, en la poesía, la música y el cine, tan sugerente y  universal resulta como propuesta creativa. Hay, no obstante, una honda contradicción en esas mil y una obras consagradas al amor descartado y olvidado. Si por un momento echáramos mano del sentido común, nos sería fácil entender que nadie, nunca, jamás, le ha escrito ni le escribirá un poema de amor a alguien a quien (ya) no quiere.

Todos los poemas son poemas de amor. Todas las canciones, las películas y las novelas que se hayan escrito y se escribirán son historias de amor.

¿No? Yo creo que sí. El odio, el rencor, la venganza, la ambición, la redención… no son sino intentos de expresar amor, intentos obscenos, enfermizos y distorsionados de amor, formas muy poco saludables y menos recomendables de infundirlo. Pero formas humanas de sentirlo, de vivirlo. Todos habéis deseado que ese proyecto, esa relación, ese viaje, esa amistad de la persona amada, fracasara. Quien no lo haya experimentado, que lo escupa ahora mismo. Como decía Nick Hornby en “Alta Fidelidad”: “Querido lector, piense en lo peor que haya hecho jamás, en lo más innoble, abyecto y miserable que haya deseado. ¿Ya? Bien, ahora dígame a la cara que yo soy una mala persona.”

La biblioteca de este mercenario

Library

Emulando a John Maxwell Coetzee he pensado hacer una lista con las doce novelas que más me han influido, si no como escritor (título al que hoy por hoy  renuncio por inmerecido), sí al menos como lector. De paso combato la ganada reputación de tipo displicente que me he labrado. Es verdad: todo me parece una mierda. Bueno, casi todo. Tras un arduo ejercicio de memoria, ésta es la lista que me ha salido. Ni están todos los que son ni son todos los que están, pero más o menos puede valer para hacerse una idea de lo que me inspira y me apasiona:

1.-“Sin novedad en el frente”, Erich Maria Remarque, 1929. Este libro es la primera novela “adulta” que leí, allá cuando tenía 13 ó 14 años. Recuerdo que lo incluí en un pedido del Círculo de Lectores, al que mi familia estuvo muchos años suscrita, lo cual resultó un tanto sorprendente para mis padres (hasta entonces todo lo que había leído eran libros infantiles en plan “Elige tu propia aventura” de Timun Mas y cosas de Enyd Blyton). “Sin novedad en el frente”, relativamente conocido para el lector hispano, es un libro de lectura obligatoria en Alemania, como aquí “La Celestina” o “El Quijote” (cosa que supe años después). Es el diario directo y sincero de un soldado alemán en la I Guerra Mundial, y en él se narra el día a día en las trincheras del Frente Occidental, despojado de mitificaciones heroicas y monsergas patrióticas (motivo por el cual los nazis lo condenaron a la hoguera durante su abyecto reinado). Especialmente sobrecogedora fue su segunda lectura, ya con veintitantos años: en la primera yo veía a los personajes –chicos de 18 ó 20 años- como hombres maduros enviados con natural aceptación a la guerra; cuando volví a leerlo ya era mayor que ellos, e imaginármelos en aquel infierno tan absurdo e injusto me conmovió hasta lo más hondo.

2.-“Neuromante”, William Gibson, 1984. Es sin duda el título que más me influyó como escritor, al menos en mis primeros años. Manifiesto fundacional de lo que vino a llamarse el subgénero “Cyberpunk”, es una barroca novela de Sci-Fi algo dada al exceso (aun recomendable, no se la recomiendo a los no iniciados en el género) pero profundamente lírica y con una capacidad avasalladoramente evocadora. La historia del cybervaquero Case, envuelto en una turbia operación en la que las gigantescas corporaciones que dominan el mundo compiten con sus peores artes, “Neuromante” conmueve por su poesía urbana, sucia y decadente, y por su descarnada sensibilidad romántica. Es la novela que Bécquer o Lord Byron habrían escrito de nacer dos o tres siglos más tarde.

3.-“El mundo de Sofía”, Jostein Gaarder, 1991. Éste es uno de los libros más entrañables con los que me haya cruzado jamás, uno de los pocos títulos que he leído hasta tres veces, cada vez que me he enfrentado a algún momento crítico de mi vida. Es un ensayo novelado sobre la historia de la filosofía que todos deberíais leer por lo mucho que puede ayudaros, no a encontrar el camino a la cutre manera “coelhiana”, sino mucho mejor: a encontraros a vosotros mismos. Amable y didáctica, es una novela “must-have” en toda biblioteca que se precie.

4.-“El señor de las moscas”, William Golding, 1954. Uno de esos títulos universales, justificación de todo un Premio Nobel, no por famoso vamos a restarle méritos ni interés. “El señor de las moscas” narra la aventura de un grupo de estudiantes británicos de colegio privado, niños de lo más “poshy” y trasunto de la opulenta sociedad occidental contemporánea, cuando quedan varados cual náufragos en una ignota costa. Obligados a organizarse para sobrevivir, los chicos irán desarrollando a su manera improvisada los mecanismos sociales por los que se rige nuestra sociedad, y que, para espanto de los rousseaunianos, no son otros que la violencia y la fuerza bruta. Una obra que sobrecoge por su confesa crítica a la “civilización” y por describir los mecanismos que han favorecido el imperio de la maldad y el populismo más infame en los contextos sociológicos más insospechados (caso de la Alemania de los años treinta, acaso la nación más culta sobre la Tierra). Si no lo has leído, ya estás tardando.

5.-“El final de la Tierra”, de Frederick Pohl y Jack Williamson, 1990. Este libro poco conocido por el público hispanohablante no es un título más del subgénero apocalíptico –tan en boga en la actualidad, aunque tiene ya más de veinte años-. Descatalogado, difícil de conseguir, relata un más que verosímil final para la raza humana a raíz de un cataclismo astronómico. Si bien la prosa de Pohl nunca fue muy florida, el tempo narrativo y la presentación de unas premisas sin duda convincentes dotan a la obra de una gran calidad como exponente de la literatura especulativa. Momentos de verdadero terror muy alejados de los clichés de género, hacen de su lectura una experiencia inolvidable. Aún no me explico cómo este título no se reedita como hasta la saciedad se hace con las obras de otros autores clásicos de la ciencia ficción.

6.-“Rimas y leyendas”, Gustavo Adolfo Bécquer, segunda mitad del s. XIX. No necesita el autor sevillano reivindicación de nadie a estas alturas: exponente máximo del romanticismo, no ya español, sino universal, Gustavo Adolfo Bécquer ha sido, con todo, un literato a menudo mal interpretado y poco comprendido por la crítica y el público. De haber nacido en Londres o París, Bécquer sería para el subconsciente colectivo de la humanidad algo más que el autor de un puñado de dolientes y descarnados versos de desamor. La lectura de sus “Leyendas” hará entender al lector atento la vinculación artística e inspirativa de Bécquer con autores de una tradición literaria poco explotada en nuestras tierras: Stoker, Lerroux, Mary Shelley, Allan Poe… Para bien o para mal, el sol se puso en el imperio de los Habsburgo. De no haber sido así, Hollywood quizás habría nacido en Almería, y en Bécquer habría encontrado argumentos para una laaarga serie de apasionantes producciones. Otro “must-have” para cualquiera que se pretenda proclamar como escritor.

7.-“Jonathan Strange y el Señor Norrell”, Susanna Clarke, 2004. ¿Qué decir de este libro? Es uno de esos pocos a los que sólo le encuentro un fallo: que no lo haya escrito yo. La historia de Jonathan Strange y el taumaturgo Sr. Norrell debería ser asignatura obligatoria en todos los talleres literarios. “¿Quieres escribir fantasía? ¡Pues usa la fantasía, estúpido!”. Es la guía perfecta sobre cómo escribir una novela fantástica sin plagiar a nadie. Olvídate de orcos, elfos, dragones y otras vainas: esto es un ejercicio de fantasía pura y dura con su dosis bien medida de referentes folclóricos y mitológicos pero sin necesidad de repetir esquemas ya agotados. La prosa –excelente el trabajo de traducción de Ana María de la Fuente- es sencillamente genial, la trama soberbia, algo lenta acaso en algunos pasajes, pero siempre un deleite para el sentido literario. Una obra fantástica concebida desde el respeto y la dedicación más atenta –diez años le llevó a su autora escribirlo-, que no puedes dejar de leer si te gusta el género de la fantasía.

8.-“Leviatán”, de Paul Auster, 1992. El galardonado con el Príncipe de Asturias Paul Auster, candidato habitual al Nobel, es un escritor que no deja a nadie indiferente: o le odias o lo adoras. Uno, que es bien prudente, se procura contener en sus pasiones –en ésta de la literatura, al menos-, así que me cuento entre la minoría que no hace ni lo uno ni lo otro. Auster es el escritor del azar por excelencia: toda su obra está impregnada de ese extraño éter que envuelve el universo, gracias al cual la vida es algo más que una consecución de instantes más o menos intrascendentes, más o menos memorables. “Leviatán” es quizás la más emblemática novela del neoyorquino, una historia que se desarrolla a base de encuentros accidentales, de cruces insospechados del destino, en la que el hilo narrativo principal se desdibuja con frecuencia eclipsado por el halo siempre evocador de sus personajes, genuinos seres anónimos en un mundo en el que no terminan de creer. La historia nos invita a recorrer las peripecias de Peter Aaron, un oscuro escritor que se reencuentra de forma póstuma con un viejo compañero al que perdió la pista décadas atrás. El compromiso político, la pérdida de la fe en los propios principios, el análisis de la sociedad contemporánea y el juego eterno del destino caprichoso… todo eso y mucho más lo retrata Auster con una sensibilidad poco habitual en nuestros días. Añadir que esta novela tiene el mejor de los finales que un servidor jamás haya leído.

9.-“Querida Laura”, de Jean Stubbs, ca. 1960. Extraño título de una autora extraña, de la cual, sorprendentemente, apenas hay datos en Internet. He llegado a sospechar que Jean Stubbs era el pseudónimo de algún autor o autora que, por sabe Dios qué motivos, no quiso publicar bajo su propia firma, pero no, parece que fue una adorable ama de casa de Lancashire. “Querida Laura” es una apasionante obra detectivesca ambientada en la Inglaterra Victoriana, con un trabajo argumental prodigioso, de ésos que te desarman con el giro final. Una historia de corte Ágata Christie pero más pausada, trabajada, y delicada en sus matices emocionales. Lo que le pasa a este libro es que me encantó pero me supuso un profundo pesar: esperaba poder leer otras novelas de la autora, pero jamás encontré ninguna. Consultando en la biblioteca de mi localidad, me confirmaron que no había más libros de ella en ninguna de las instituciones bibliotecarias de mi comunidad autónoma (y no es de las más pequeñas, precisamente). Si os gusta la novela detectivesca y por azar dierais con alguno de los títulos de Jean Stubbs, haceos con él, no lo lamentaréis.

10.-“El mapa del tiempo”, de Félix Palma, 2008. No podía faltar algún paisano contemporáneo en este listado de libros memorables para el menda. Félix es un sanluqueño al que tuve el placer de conocer años ha, un tipo singular, discreto y un poco tímido, pero de ésos a los que en la mirada se les adivina una vibrante vida interior. Dotado de un envidiable oficio, una inventiva prodigiosa y un talento más que notable, Palma anduvo ganándose la vida como escritor mucho antes de publicar su “Mapa del Tiempo” a base, nada menos, que de ganar concursos literarios. “Onore e rispetto” para un mercenario de las letras al que siempre soñaré emular. “El Mapa del Tiempo” es una novela victoriana que mezcla fantasía sin complejos y una prosa que hace palidecer a legiones de Premios Planeta. Galardonada con el Premio Ateneo de Sevilla, traducida a una veintena de idiomas y genuino best-seller mundial, es otra de esas novelas particularmente recomendables para los amantes del género fantástico. A destacar, ante todo, el buen gusto y la elegancia del autor, capaz de apasionar a gente con el pudor intelectual de nuestra abuela con una obra que, si no es de ciencia ficción, sí que es un ejercicio de homenaje a uno de los padres del género, el británico H. G. Wells. Una novela, en fin, tremendamente terapéutica para los aspirantes a escritores que creemos saberlo y estar de vuelta de todo.

11.-“Hyperión”, Dan Simmons, 1989. Lo que he dicho de Félix Palma o de Susanna Clarke es aplicable a la obra magna del norteamericano Dan Simmons: si no te gusta la literatura fantástica, lee este libro. Léelo y ahora dime a la cara que la Sci-Fi es una mierda. ¿Ya? Ok. “Hyperión” es muy probablemente lo mejor que se ha escrito en ciencia ficción en las últimas tres décadas. Fuera de la etiqueta, “Hyperión” es probablemente uno de los libros mejor escritos de las últimas tres décadas. Ya su título hace referencia confesa a John Keats, el malhadado poeta romántico, al cual la obra sirve de homenaje, y cuya etérea presencia impregna toda la novela. Es la historia de siete dispares peregrinos que marchan hacia una suerte de oráculo en el confín de la galaxia, un trance del que difícilmente saldrán con vida, pero que han elegido de forma voluntaria para buscar las respuestas que sus conciencias les exigen. Simmons recurre a una estructura novelística más que singular para retratar toda una sociedad futura con sus virtudes y sus defectos, riquísima en matices y detalles, y con un despliegue de inventiva a cuya sombra casi todo lo que se ha escrito de fantasía con posterioridad queda a la altura del betún. Tanto si te gusta la Sci-Fi como si no, “Hyperión” es un libro que deberías leer, más aún si pretendes abrirte paso en este complejo mundillo de la escritura. Léelo, respira hondo, y dentro de unos meses, cuando lo hayas asimilado, replantéate tu vocación literaria: si vas a escribir algo que de partida no le llega ni a la centésima del nivel a “Hyperión”, ni te molestes.

12.- Después de meditarlo bien, he decidido dejar este espacio en blanco, pues estoy seguro de que el futuro me traerá novelas excepcionales, experiencias lectoras apasionantes, vivencias indescriptibles… Quizás dentro de unos años vuelva a hacer repaso de los libros que más me han conmovido y esta lista se vea radicalmente cambiada. Lo dudo, pero no cerremos esa puerta. En el número 12 está pues la próxima novela que cambiará mi visión del mundo y de la vida. Tal vez suceda pronto, o tal vez no, quién sabe. Ésa ya es otra historia.

Sobre la basura literaria: el Amor

Hace no mucho asistí a un caso verdaderamente lamentable, bochornoso y avergonzante por las redes sociales. Un tipo que se dice escritor comentaba que había presentado una obra a un concurso fuera de las bases. Esto es, en el concurso se pedían novelas/relatos de cierta extensión, cierta temática, en cierto plazo, ciertos requisitos, en fin, como viene siendo normal y razonable dentro de un concurso. Pues bien, el tipo hacía un comunicado en esta línea: “Recientemente he recibido notificación de los organizadores del Certamen X en la que se me comunicaba mi descalificación. Al parecer alguien ha filtrado que mi trabajo presentado no cumplía los requisitos para la participación. Está bien, es cierto, lo acepto y tienen razón, pero que sepan tanto ese tipo como la organización del concurso que son todos ustedes unas malísimas personas y que confío y espero que más pronto que tarde ardan en el fuego eterno del infierno por los siglos de los siglos”.

Pirata

El hilo tuvo mucho éxito, no tardó en llenarse de mensajes de apoyo del tipo: “qué hijoputa el chivato envidioso ése, malnacido, frustrado de la vida, ¡así revientes!”.

Debe de ser hermoso, para el que tenga esa clase de sensibilidad, recibir tanto amor, tantas y tan incondicionales muestras de afecto y cariño. Yo es que no la tengo -la sensibilidad, digo-, así que, desde ya, os pido lo contrario: no me queráis tanto. Si algún día me pasa algo semejante, ni se os ocurra hacer un comentario en Facebook en plan: “A Ernesto lo han descalificado por saltarse las bases del Premio X, ¡qué cabrones!”. De darse el caso –ya me cuido yo bien de que no se dé-, plis, pegadme un tiro. Gracias.

Por delirante que resulte, el caso es TOTALMENTE verídico*. Esto –aaah, mente inquieta la mía-, me hace reflexionar. Reflexionar en la línea en la que el amigo Javi Durán más de una vez ha expuesto en su blog: http://rumboaladistopia.blogspot.com.es. Parece que en el mundillo literario de tercera fila –ése al que, en todo caso, yo podría aspirar hoy por hoy- “habemos” más escritores que lectores. Poca demanda y exceso de oferta literaria, mala conjunción. Mal panorama que, sumado a la LOGSE y al Zeitgeist post-postmoderno imperante, hacen del escenario presente una verdadera cloaca. Ya lo comentaba en artículos anteriores –“Elogio de la ignorancia” https://labibliotecadelmercenario.wordpress.com/2013/03/19/elogio-de-la-ignorancia/“-, que nuestra sociedad actual es muy poco inclinada a la erudición, menos aún a la autocrítica y, por encima de todo, nada a la asunción de responsabilidades. El perpetrador de aquella obra descalificada en aquel concurso bien podría ser uno de los miembros de esa “generación literaria” que se define así: “No, no acabé la primaria, apenas sé leer ni escribir, ni tampoco he leído más de media docena de libros en mi puta vida, pero me molan los comics y las pelis, y ésta es mi novela, una novela genial. ¿Qué, que no te gusta? ¡Intolerante, fascista!”.

Uno se muerde la lengua porque, en el fondo, ni le va ni le viene. Se queda así al margen, callado, no opina, ni se mete, que no es plan hacerse más enemigos en este mundillo pestilente. Pero va, por cosas como ésas son por las que uno se abre un blog, como es mi caso, y entonces, de forma a la vez confesa y subrepticia, escupe la bilis que se le sube al paladar cuando observa las maneras de los tipos que hacen de esta profesión/afición algo avergonzante.

*- Si alguien tiene curiosidad, por privado igual le puedo desvelar de quién se trata. En abierto ni de coña. Mi cupo de enemigos está cubierto, y me va muy bien con los que tengo: somos todos muy felices tal y como estamos, así que no necesito más. Si eso, mandadme un privi y, en según la intimidad que me inspiréis, ya os lo digo. Gracias.

Mi kryptonita

Tiene los hombros cubiertos de pecas que siempre se me han parecido a crocanti de almendra, y los ojos del color de la miel. Ella piensa que sería aún más hermosa de tenerlos azules. Su padre los tiene, y sus hermanos también, ella es la única que sacó los ojos castaños. Yo de estas cosas de la genética es que no sé, pero para mí no hay espectáculo más fascinante en la Tierra que esos ojos del color del otoño cuando me miran.

Kryptonita

Ella no es una chica ligera de cascos. Tiene bien desarrollado el sentido del buen gusto, pero a veces, como todo el mundo, se equivoca. No la censuremos, nos pasa a todos: la soledad es muy dura, y en ocasiones buscamos la compañía de gente sin alma que no ofrece más que lo que un buen calefactor, un honesto gato infiel o un libro, pero que tiene la suerte de encontrarse en el lugar ideal y en el momento justo. A mí me ha pasado más de una vez, sólo que al contrario. He despertado en camas extrañas extrañando su olor a champú y a sudor, echando en falta el ámbar imposible de unos ojos castaños que no podrían estar ni allí ni en ninguna otra parte a este lado de la realidad.

No son despertares agradables, pero uno los supera. Y es que aquí, el menda, es un superhéroe. ¿No os lo había dicho? Sí, soy un puto superhéroe, capaz de inventar y escribir mil historias de las que desearíais ser los protagonistas. Soy el tipo que ajusta las cuentas a la gente sin alma, el que ata y reconstruye historias de amor imposible para hacerlas factibles, el que imparte justicia en mundos imaginarios regidos por el bien, por el mal, o por lo que se me antoje. Soy escritor, id est, un superhéroe, no lo olvidéis. Así que puedo hacer de todo: conmoveros con una escena, inquietaros con un pasaje desasosegante, asustaros con los requiebros menos imaginables, e incluso enamoraros con el despliegue tardío de mi prosa más florida. Sólo hay una cosa que no puedo hacer en este mundo, una cosa que me vence, que me anula, que me supera: no puedo hacerme amar por esos ojos del color del ámbar y esas pecas de almendras en almíbar. No puedo vencer a mi kryptonita. Y está bien, así es como tiene que ser. Si no fuera por ella, ya no sería un genuino superhéroe.

Y aora resolbemos la sigiente ecuacion

Soy un intolerante, un fanático, un talibán, un extremista con la conciencia más negra que la pez. Miro por encima del hombro y desprecio abiertamente a gente que no es como yo. Gente no, perdón, ¡gentuza, canalla! Creo ser sincero, sin embargo, cuando aseguro que tengo alguna que otra virtud –pocas-, pero este defecto que ya es parte de mí desde hace décadas eclipsa cualquier vestigio de bondad que mi espíritu siempre displicente pudiera albergar. Para que me entendáis, soy una mala persona. “¿Qué dices, Ernesto, con lo encantador que tú eres?”. Pues sí, soy una mala persona: detesto las faltas de ortografía.

Vasura

Coincidiréis conmigo en que sí, que las faltas de ortografía están feas, pero no es para tanto. No, no lo es. No lo es cuando comentas en el muro de Facebook de un amiguete y pasas de poner tildes; cuando chateas por el whatsapp y no te molestas mucho en regalarles a tus mensajes el improbable detalle del rigor lingüístico. No lo es incluso cuando en el trabajo le mandas un presupuesto a un cliente sin pararte a mirar si se te ha colado alguna burrada ortográfica. Pero en el campo profesional de la comunicación… Ahí ya hago yo un distingo. Si te dedicas a los seguros, a la odontología o a la venta minorista de pescado fresco, todavía tiene un pase. Pero si te dedicas a escribir… Ay, amigo.

Hace mucho, mucho tiempo –yo como siempre tan épico; hablamos de veinte años atrás, en mi bachillerato-, tenía yo un profe de matemáticas que te suspendía los exámenes por mala ortografía. Eh, matizo: a mí no, nunca; me los suspendía, uno detrás del otro, por mi incorregible torpeza con los números, pero nunca, NUNCA, por mi ortografía. El profe en el fondo era un buenazo, así que no cateaba realmente a los alumnos: les ponía un 4’5 para que fueran a revisión. Entonces los estudiantes suspendidos se presentaban ante su despacho, un punto entre indignados y ofendidos, exclamando “¿¡Pero cómo me ha podido poner un 4’5, si el examen me ha salido “clavao”!?”. El tipo les preguntaba: “A ver, ¿tú qué quieres estudiar, qué quieres ser de mayor?”. Y ellos solían contestar: “Yo voy a hacer ingeniería industrial, yo informática, yo arquitectura”.  Y entonces llegaba su respuesta: “Muy bien. Ahora ponte en el papel: eres un genial arquitecto, un magnífico ingeniero, un brillante informático. Tú tienes talento, tío, haces cálculos de estructuras como los mismos ángeles celestiales. Pues bien, piensa en qué cara se le queda a tu jefe/cliente/proveedor cuando le mandas una carta como ésta:

“Estimado señor X:

Emos realizado el hinforme que nos solicito respesto a su prollecto. La obra segun emos bisto  requiere conplejos calculos asi que el presupuesto que le ofrecemos aora biene a ser un poco mallor del que orijinalmente le embiamos…”.

Cabeza gacha y un con 5 raspón, todos abandonaban el despacho. Huelga decir que nadie le replicó jamás.

Aun teniendo su punto avergonzante, no llega a ser para cortarse las venas que un arquitecto, un ingeniero o un informático no sepan escribir en riguroso castellano. Lo que a mí personalmente me flipa, es encontrarme con gente que se hace llamar “escritor” (yo desde luego no me atrevo) y que no es capaz de redactar correctamente su propio nombre. Vale, la mayoría no os habréis fijado en eso, pero es que yo, de los ciento y largos contactos que tengo en Facebook, la mitad más o menos se vienen dedicando a esto de juntar letras, así que es habitual que de hilo en hilo, de conversación en conversación, me cruce con personajes que se definen como “escritor/a” y que firman como –léase fonéticamente- “Ívan Rodriguéz”, “Luís Gárcia”, “Angél Peréz”, “Jésus Míllan”… Cuidao, que también me he encontrado con a algún que otro so-called “agente literario” que ignoraba la existencia de las tildes y que tampoco sabía que a las comas y a los puntos les sigue un espacio antes de la siguiente palabra (imaginaos el aura de profesionalidad que proyecta un individuo con tamaña destreza cuando te comunica, mediante una redacción merecedora de la más atroz corrida a gorrazos, que se dispone a evaluar tus escritos).

Que soy un intolerante, un fanático, un talibán y un extremista sin alma ni conciencia… Sí, ya os lo he dicho. Que si sois camareros, contables o taxistas os lo paso, eso también lo he subrayado. Pero que si vais por la vida de “escritores”, por Dios o por el Demonio –el que mejor os caiga, lo mismo me da-, por favor, tratad de escribir correctamente. Aunque sólo sean vuestros nombres. Si a mí, lo que es vosotros, me da igual. Es por vergüenza ajena.

Hiroshima

Hace mucho, mucho tiempo, un tipo al que conocí me contó que, de entre todas las mujeres que habían pasado por su vida, había una en particular a cuyo recuerdo le guardaba un especial afecto. Aquel amor no había sido ni con mucho el más importante, desde luego que no el más duradero, y, para ser honestos, ni siquiera el más inolvidable de la media docena que resumían su ruinosa trayectoria como Don Juan. Lo que hacía especial aquel malhadado romance, ya por entonces apenas rememorado –por lo que sé, sólo asalta su recuerdo al son de cierta canción, a la vista de un par de calles de Madrid, y alguna que otra noche en la que la soledad crónica de la que padece se le presenta especialmente aguda-, lo que hacía especial aquel amor, os comentaba, era que de él había aprendido una valiosa lección, una lección sobre la consciencia de lo efímero.

Hiroshima

El de ellos fue, desde el primer momento, un amor marcado por la fatalidad, lo cual no se les pasó por alto. Su sino era el infortunio, pero no por falta de voluntad, afinidad, o interés, sino porque las circunstancias conspiraban para evitar cualquier suerte de desenlace razonablemente feliz. No obstante, luchar a la contra también tiene sus ventajas, y una de ellas es que no se puede perder lo que no tienes, y ellos, aquel tipo y aquella chica, nunca llegaron a tenerse realmente el uno al otro.

“Lo que añoro de aquellos días –me dijo-, lo que a veces echo de menos de ella –únicamente al oír cierta canción, al pasear por las calles de Madrid y alguna que otra noche de doliente soledad- es la manera en la que nos besábamos. Si por azar viajaras en el tiempo siete décadas atrás para encontrar al amor de tu vida justo en la madrugada del 6 de agosto de 1945 en la ciudad de Hiroshima, ¿cuántos besos y con cuánta pasión no le dedicarías?”.

“Hiroshima” es el nombre con el que aquel tipo al que conocí hace mucho, mucho tiempo, se refiere a esos extraños momentos que a veces nos regala la vida, esas estampas envueltas en una desventura insalvable pero a la vez asumida a falta de otro remedio. “Hiroshima” es el lugar en el que una vez fuimos a caer sin saberlo y al que nunca podremos regresar, pero del que jamás hubiéramos querido marcharnos para así poder besar al amor olvidado de nuestras vidas con la pasión con la que no volveremos a besar a nadie.

Más de una vez me he cruzado de nuevo con él por las calles de alguna ciudad –no necesariamente Madrid-, en noches solitarias y al son de viejas canciones. Yo siempre le pregunto que cómo le va, y él me dice con media sonrisa: “no me puedo quejar”. Por su semblante diríais que no es feliz, pero yo sospecho que tampoco lo pretende. Él sueña con que regresará a Hiroshima algún día, esta vez acompañado de otra, de cualquier otro nuevo o viejo amor de su vida. Continúa su camino y, ya en la distancia, se despide de mí alzando una mano en la bruma de la madrugada. Cuando sus pasos se apagan tras doblar una esquina al final de la calle, todavía le oigo reír. Creo que se ríe del infortunio, de la fatalidad y la desventura.