París

A París había que dedicarle un episodio en esta serie sobre destinos literarios sí o sí. París, uno de los grandes centros irradiadores de cultura del Mundo Contemporáneo, tiene en el subconsciente colectivo los colores de una paleta impresionista, la cadencia melancólica del acordeón y el aroma a pan caliente de boulangerie y a café expreso. Pero, ¿qué forma tiene al contacto con ese sexto –o séptimo, u octavo…- sentido que podríamos llamar “percepción literaria”? ¿La forma de un mosquetero? ¿La de Jean Valjean, aquel ladrón de buen corazón que retrató Víctor Hugo? ¿Acaso la de bohemio perdedor a lo Henry Miller? O, por qué no, ¿la del pedante Profesor Langdon de Dan Brown?

París

La literatura -decía un sabio escritor- existe porque el mundo no es suficiente. París existe porque tampoco la literatura es nunca suficiente, y necesita de una ciudad infinita, capaz de inspirar historias como sólo París es capaz de inspirar. Historias épicas de aventuras, de héroes y villanos, honor, lealtad y venganza como las de Alejandro Dumas, ambientadas en el París aristocrático de la Rive Gauche. Historias de amor como la de Horacio Oliveira y la Maga de Rayuela, que no se resuelven, sino que se disuelven por sobre los puentes y las callejas del barrio de Saint-Thomas-d’Aquin, por los parques y los antros cosmopolitas del palpitante corazón de la ciudad. Historias de frenesí creativo, revolución y generaciones perdidas en la vorágine de los locos años 20. Dicen que Hemingway y su pandilla de artistas expatriados –Scott y Zelda Fitzgerald, Gertrude Stein, John Dos Passos, Ezra Pound- siguen de copas por el bulevar de Saint Germain a la altura del Barrio Latino, como dejó inmortalizado en su París era una fiesta. Preguntadle si no a Woody Allen quién le ayudó a escribir el guión de Midnight in Paris hace sólo tres o cuatro años.

Sin la capital francesa la misma “vocación artística” tal y como hoy la entendemos nunca habría sido: la imagen del talentoso poeta, novelista, pintor o músico bohemio, no podía haber nacido sino en la más rebelde y transgresora de las capitales europeas. Fueron Montmartre y Montparnasse, uno al norte y otro al sur del Sena, los barrios en los que se acuñaron las señas de identidad de esa imagen que aún hoy, más de un siglo después, sigue evocándonos la idea del genuino artista, “pobre pero feliz”. Allí vivieron y trabajaron verdaderos referentes universales del arte como Matisse, Renoir, Toulouse-Lautrec, Picasso, Eric Satie, Anatole France, Jean  Cocteau, Samuel Becket o Salvador Dalí, entre una interminable lista de creadores. La relación de escritores que inmortalizaron en sus crónicas el carácter inspirador de la Ciudad de la Luz es igualmente extensa, y va, por lo menos, desde Baudelaire hasta Houellebecq, aunque seguro que mucho más allá, en uno y otro sentido, tanto en el espacio como en el tiempo.

La ciudad de París actual, complaciente y hedonista a veces hasta lo autodestructivo, ni puede ni desea desembarazarse de la etiqueta de la que, para bien o para mal, su historia la ha hecho merecedora. Sus veranos luminosos, sus grises otoños de bufandas y mejillas sonrosadas, el glamour atesorado durante un par largo de siglos y los sueños cumplidos más las ilusiones perdidas de millones de seres humanos alrededor del planeta que entendimos a París como el lugar donde todo es posible, seguirán ofreciéndonos un escenario incomparable para ampliar la historia de la creación de historias. Porque el mundo nunca será suficiente, pero París siempre será infinita.

Londres

El escritor Samuel Johnson (1709-84) decía que “cuando un hombre está cansado de Londres, está cansado de la vida, pues en Londres se encuentra todo lo que la vida puede ofrecer”. Tal vez esa frase no sea rigurosamente cierta ni entonces ni menos aún hoy, pero lo que sí es verdad es que no hay ninguna otra ciudad en el mundo que pueda ofrecer todo lo que Londres ofrece.

London

Sería ingenuo pretender dedicarle un único post a Londres en esta suerte de serie dedicada a destinos turísticos con regusto literario. Londres tiene sustancia para mil y un blogs, y si tratan sobre literatura, ya ni os cuento. Pero como la imposibilidad de alcanzar la perfección no debería suponer un obstáculo para desarrollar nuestras creaciones –sentencia que predico con fariseica incoherencia-, vamos allá y hablemos sobre Londres. Sobre algunas de sus caras, al menos.

Tiene una cosa la capital británica que bien haríais en anotar: es una ciudad de más de una visita. Si ya habéis ido, ventaja que tenéis. El primer viaje a Londres es el del Palacio de Buckingham, el de Picadilly, las Houses of the Parliament, la Torre y el British Museum. Muy bien, ésas eran las visitas obligadas. Ahora reservad un vuelo a Londres (los hay muy baratitos) y lanzaros a conocer sus múltiples rostros.

Con más de ocho millones de habitantes y una superficie de 1.570 kilómetros cuadrados –lo que vendría a ser más o menos un círculo de 50 kilómetros de diámetro-,  es natural que haya un Londres para cada persona y para cada gusto: el popular, transgresor y un punto macarra como el que se puede vivir en Camden, cuna de movimientos culturales tan dispares como el punk-rock o la escuela pictórica prerrafaelita; el glamuroso –o directamente pijo-, con su centro en los barrios hermanos de Kensington y Chelsea, donde se encuentran las embajadas, los anticuarios, las boutiques y el pintoresco Notting Hill; el bohemio, que se encuentra disperso por toda la urbe pero que encuentra en el West End uno de sus puntos neurálgicos; el “multikulti”, preferiblemente hacia la orilla sur del Támesis, como en el barrio jamaicano de Brixton, donde podemos acompañar una cena de comida eritrea con la clásica pinta mientras escuchamos reagge… Pero, de todos, yo me voy a quedar con el “Londres Literario”, que para eso este blog se llama como se llama y yo me dedico a lo que me dedico.

Desde que en el siglo XIV Geoffrey Chaucer situara sus Cuentos de Canterbury en Londres, la ciudad ha sido escenario de innumerables obras. En sentido literal: innumerables. Teniendo en cuenta que el XIX fue a la vez el Gran Siglo de la Novela y el Siglo Británico, es fácil de comprender que sea virtualmente imposible enumerar todas y cada unas de las historias escritas que transcurren en Londres. Algunos lugares con notable regusto literario son bien conocidos: el Museo de Dickens en Camden, el reconstruido teatro The Globe, réplica del original de los tiempos de Shakespeare levantado en su emplazamiento original en el barrio de Southwark, o la casa del 221B de Baker Street, hogar del archiconocido investigador Sherlock Holmes. Claro que esos lugares están repletos de turistas, lo que convierte la visita en una experiencia algo ordinaria. Más discretos (relativamente) pero no menos dignos son la estatua de Peter Pan en los Kensington Gardens, la casa-museo del poeta John Keats en Hampstead, o algunas emblemáticas librerías como Atlantis o Foyles, en Charing Cross. En el barrio de Whitechapel, en el centro-este de la ciudad, se puede realizar una ruta por las lúgubres callejuelas por las que el enigmático Jack el Destripador dio rienda suelta a sus sanguinarios instintos hace ahora 126 años. No es en rigor una excursión literaria, pero como el personaje ha llegado a convertirse en un icono de la cultura pop y un importante referente inspirativo de la ficción contemporánea, lo incluimos en esta categoría. Aunque para vivir una experiencia de verdad inolvidable y rebosante de atmósfera literaria, nada mejor que reservar una entrada en el Saint Martin’s Theatre para La Ratonera (The Mousetrap) de Agatha Christie, que lleva ininterrumpidamente en escena desde 1952 (sí, como lo oís).

Apenas hemos citado un puñado de lugares, obras o autores que le hayan dado a la capital británica ese inequívoco literary vibe, y es que hacer una exhaustiva guía sobre el Londres Literario escapa a mis limitadas y humanas posibilidades. La ciudad está repleta de calles y casas con plaquitas conmemorativas –“Aquí vivió Fulano”, “Este pub aparece citado en la famosa obra de Mengano…”-, monumentos y parques en cuyos rincones el oído entrenado puede escuchar, si se lo propone, el canto de las musas que inspiraron a legiones de escritores desde Shakespeare hasta J.K. Rowling. Lo mejor, pues, es lanzarse a la fascinante ciudad de Londres en la compañía de algún libro de Oscar Wilde, Robert Louis Stevenson, Virginia Woolf, Henry James, Huxley, Mallowshade, McEwan o nuestro Félix Palma, y dejarse llevar por las voces inmortales de esos personajes que encontraron en Londres el escenario perfecto para vivir todo lo que la vida puede ofrecer.

 

Hiroshima

Muchos pensaríais que Hiroshima está lejos de ser un destino turístico. Lo está, qué demonios, lo está para todos aquellos que observan la vida como algo que sucede a su alrededor pero en lo que no se implican. Lo está por prudencia o por sincera falta de lealtad a lo que sea. De todos modos, Hiroshima tenía que ser el primer destino de Mercenary Tours por varias razones.

Hiroshima Castle

La primera es porque, más allá de la imagen trágica de la ciudad, Hiroshima es una urbe amable como pocas. Al sur de la isla de Honshu, la principal isla de Japón, el puerto de Hiroshima fue uno de los pocos que, a lo largo del siglo XVI, se abrió a los navegantes occidentales, portugueses y españoles básicamente, y aún conserva ese espíritu cosmopolita y amigable de las ciudades portuarias. La leyenda es confusa, pero hay quien asevera que el “pescaito frito”, de tan honda  devoción en Sevilla, fue el germen impulsor de lo que hoy conocemos como tempura, esa forma de rebozar y freír las verduras y el marisco tan propia del suroeste ibérico. Baricco lo relataba en su dudosamente brillante “Seda”. Fuera como fuese, lo cierto es que  aquello de freír en aceite llegó al Imperio del Sol Naciente precisamente por allí.

A Hiroshima hay que ir para vivir el Japón más atávico –falso, para ello habría que visitar el interior de Honshu, los Alpes Japoneses, pero igual nos vale-, y para recorrer las calles que Marguerite Duras inmortalizó en su “Hiroshima mon amour”, aunque es un hecho que la autora nunca visitó en persona esta ciudad japonesa.

La segunda razón es que nadie, mejor que los hiroshimitas, sabe del amor a la paz. La Historia, así en mayúsculas, viene a ser poco menos que un compendio de reyes y guerras libradas en su honor. En Hiroshima no hay ni rastro del maniqueísmo fascistoide que alegremente aplauden los fieles tanto de uno como de su contrario sistema de valores (iguales, a efectos prácticos). Una visita al Parque Memorial de la Paz sería muy estimulante para todos aquellos valerosos que darían su vida por “la causa”. Por cualquier causa. Recogiendo la vieja máxima sintoísta: “si cuesta una sola vida humana, entonces es que no merece la pena”. Ve, vívelo, y ahora me cuentas eso tan importante por lo que estarías dispuesto a matar y morir.

Y tercero: porque Hiroshima es una alegoría de lo que pudo ser pero no fue. Porque todos hemos estado en Hiroshima alguna vez, la noche antes, a pocas horas de estallar la bomba atómica. Yo mismo estuve allí, aquel 6 de agosto de 1945. Bueno, tal vez no en ese mismo momento, creo que fue más bien allá por 2012. Pero ésta es una metáfora, así que da igual. Yo estuve en Hiroshima con mi amada M, y con esa otra M de mis amores inconfesos, y con A, por supuesto, siempre con A. Y también con E, encantadora e inolvidable E. Ya lo escribí una vez: “Hiroshima es el lugar en el que una vez fuimos a caer sin saberlo y al que nunca podremos regresar, pero del que jamás hubiéramos querido marcharnos para así poder besar al amor olvidado de nuestras vidas”. Hiroshima no es más que una ciudad de un lejano país, pero es el extremo, el límite que no nos atrevemos a cruzar por miedo a lo que venga detrás. Y es eso lo que la hace irresistible. No visitéis Hiroshima. No a menos que estéis dispuestos a cambiar.

“Mercenary Tours” o “Bienvenidos al Laberinto”

El otro día saqué unos cuantos libros de la biblioteca de la facultad para ir trabajando en mi proyecto de fin de máster. El primero que me he puesto a leer se titula Laberintos narrativos, de la profesora Mª Ángeles Martínez García, de la misma Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla. El libro me está apasionando, pero no os lo recomendaría así en frío a menos que estuvierais familiarizados con la filosofía cognoscitiva y la pragmática del discurso narrativo. Conste que yo tampoco estoy familiarizado con nada de eso, si bien me está resultando de lo más sugerente. Para que os hagáis una idea, el libro trata sobre el arte de contar historias, sobre la creación de mundos ficticios, su relación con la realidad y los patrones y leyes que los rigen. Es un delirio realmente curioso. ¿Recordáis cuando visteis la peli Matrix, aquello de la pastilla azul y la roja, y os dio por cuestionaros la realidad? Pues un poco de eso tiene.

Labyrinth

Vale, el caso es que Laberintos Narrativos ofrece una perspectiva muy singular sobre esto de la escritura que me ha animado a poner en marcha un proyecto que tenía en mente hace tiempo, al que me obliga mi devoción por mi profe de la asignatura Guión de Páginas Web, Marina Ramos, y que además ahora, en pleno verano, cobra aún más sentido: voy a dedicar los próximos posts a construir una breve guía turística para el viajero literario. Pero esta guía no está redactada por un periodista, sino por un escritor –o algo parecido-, por uno, además, que está convencido de que las fronteras entre lo ficticio y lo efectivamente real son muy, muy imprecisas, de manera que os propongo un juego:

A lo largo de las próximas semanas iré publicando una serie de artículos variopintos sobre destinos turísticos de interés para los amantes de la literatura: el París póstumo de Wilde, Madeira y los pasos perdidos de Hemingway, el periplo de Herman Melville por las islas del Pacífico Sur, el Tokio falsamente amnésico de Ray Loriga, aquel Bomarzo fabuloso de Mújica Laínez, la Venecia fantasmal de Wilkie Collins o la misma Sevilla del joven Goethe, viajero romántico por la exótica España del XVIII…

Eso sí, añadiré elementos de mi invención que tendréis que identificar. El que lo haga correctamente recibirá un premio. Nada muy “p’allá”, pero ojo, yo cuando me pongo soy muy espléndido, creedme, así que tampoco perdéis nada echándole un vistazo a cada reseña viajera semificticia a ver si pilláis el gazapo. Este artículo es una invitación: leedlo, recreaos en las escenas que proyecto y, si sois capaces de averiguar qué dato que os doy es falso, dejad un comentario. La serie irá en principio de aquí hasta primeros de septiembre. A quien haya dado con más gazapos le haré un obsequio que, sin ser gran cosa, estoy seguro le satisfará. Nunca subestiméis el poder de un escritor cuando de dedicar obsequios se trata.

El juego comienza ya, con este mismo artículo, que es el primero de la singular guía turística que he tenido a bien titular Mercenary Tours. Sí, así, en inglés, por eso de que da más proyección. Y bien, ¿dónde está el gazapo?