Grunge

Hace unos días que se celebró el vigésimo aniversario de la muerte de Kurt Cobain, uno de los músicos más influyentes del siglo XX y uno de mis ídolos de adolescencia. Yo soy grunge, lo soy y lo reivindico ahora que ya quedó lejos aquel movimiento, aquella generación que nos marcó a los que vivimos nuestra primera juventud en los años 90. Tengo pendiente desde hace unos años escribir una novela ambientada en aquellos tiempos, una idea que surgió de mi querida amiga Isabel Härdtle, encantadora Erasmus compañera de piso diez años más jovencita que yo pero que, sorprendentemente, tenía en aquella generación musical a sus principales referentes inspirativos.

Nirvana

El movimiento grunge me resulta apasionante, más allá de mi adscripción generacional, por su singularidad como movimiento cultural: el grunge es la única corriente musical genuinamente underdog de la historia. Fue una música creada por y para losers, o al menos por y para gente que no tenía mayor interés en ir de figura por la vida, a diferencia del resto de artistas de todas las disciplinas que a lo largo de la historia siempre han mostrado una marcada tendencia por el divismo. El grunge fue la música de aquella Generación X que bautizó el escritor canadiense Douglas Coupland al que conocí gracias a la adorable Rocío (mis besos allá donde te encuentres), una generación que se distingue por haber nacido contra nada: no había dictadura a la que enfrentarse, el Muro de Berlín había caído por su propio peso demostrando que el capitalismo no es que fuera el mejor de los sistemas, sino el único posible, y no podíamos echarle la culpa de nuestros fracasos a nadie más que a nosotros mismos. Nirvana, Pearl Jam, Faith No More, Alice in Chains, Red Hot, Stone Temple Pilots, Weezer… Toda esa época anterior a la explosión de Internet está barnizada con un regusto a garaje humeante de sábado noche y a revista impresa y arrugada que ahora nos pondría de los nervios, pero que en su tiempo eran la biblia de la actualidad musical. Los discos de Green Day llegaban a España dos años después de romper las listas de ventas en USA, y los pelos de colores, y las casacas alemanas, y el no future anarco-punky de los Pistols se convertía en el no future romántico de los Smashing Pumpkins, artífices de auténticos himnos generacionales.

Hace ya cuatro o cinco años que se acabó la época de las bodas para mi generación. Todos mis amigos respetables se han casado y viven felizmente con sus encantadoras esposas y sus adorables criaturas, unos nenes a los que quiero con locura y con los que suelo jugar cada sábado cuando quedamos para comer en algún parque. La última vez que escuché muchos de aquellos himnos generacionales, los temas más emblemáticos de Pearl Jam, Nirvana o The Offspring, fue en sus bodas –las de los papis, se entiende-, y aun con treinta y tantos años, ahí que nos batimos el cobre como en los buenos, viejos, tristes pero gozosos tiempos. Ya sólo alguna que otra extraña noche de solitaria nostalgia me da por ponerme unos vídeos de Mudhoney o de los Pixies para darles calor a estos huesos viejos –sí, más viejos de lo que muchos sospechan, tanta vida atesoran bajo su apariencia juvenil-, y entonces recuerdo quién soy, de dónde vengo, y qué es a lo que aspiro. No puedo evitarlo: por mucho que pasen las décadas, yo soy grunge.

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Sub

No os lo había comentado por aquí, pero los más cercanos sabréis que hace poco más de un mes que he empezado a estudiar un máster. Está siendo una experiencia realmente fascinante. Por un lado supone mi vuelta a la universidad doce años después, y en este caso a una facultad –Ciencias de la Información- que no tiene nada que ver con lo que yo conocí, la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Sevilla. Cuando me preguntan de qué va el máster no se me ocurre nada más ilustrativo que decir: “es como un Kindergarten para treintañeros gafapastas”. Es así. Los nombres de las asignaturas son un poco crípticos: “Estructura Narrativa”, “Retórica, pragmática y oralidad conversacional”, “Guión de formatos ficcionales y paraficcionales”… Tienen su carga teórica más o menos dura, sus delirios abstractos, su buena dosis de filosofía ensoñadora. El caso es que, para que os hagáis una idea, nuestros deberes consisten en ver películas de Fellini, David Lean o Alfred Hitchcock, escuchar bandas sonaras de clásicos de los cuarenta y cincuenta, comentar cortometrajes e inventar historias a partir de personajes y escenarios propuestos a lo loco por los alumnos.

Underground

La mayoría de las ideas, principios y esquemas de la narrativa –que no es sino el arte de contar historias- ya me eran muy familiares. De forma instintiva llevo más de veinte años practicándolos. Aunque familiares, hay pequeños descubrimientos que de tanto en vez te sorprenden. Y uno reciente es el que justifica el nombre de este artículo: sub.

Cualquier historia puede –y debe- ser resumible en una frase. ¿Qué es el Quijote? La historia de un inadaptado delirante. ¿De qué va Fausto? De un tipo que hace un pacto con el Diablo. ¿De qué trata “Romeo y Julieta”? Del amor imposible. ¿Pero estas obras universales, realmente van de eso?

No. De lo que van es de lo “sub”. Lo “sub” es la “subtrama”, la motivación del héroe, lo que se oculta tras la acción y da volumen a los personajes. Ulises no quiere conquistar Troya, sino volver a su hogar; Raskolnikov en “Crimen y castigo” no desea matar a su vieja casera, y la intención del Florentino Ariza de García Márquez no es volver con Fermina Daza, la novia de su juventud, cincuenta años después. Lo que buscan siempre es algo más íntimo y profundo: la autoestima, el aprecio, la venganza, la redención. Me ha gustado mucho este planteamiento porque, de uno u otro modo, es perfectamente exportable a la vida real. La mayoría de nosotros no buscamos lo que en apariencia parece que buscamos con cada decisión y cada paso de nuestras vidas. Un buen trabajo no nos satisface porque sea un buen trabajo: nos satisface porque afirma, confirma o reafirma nuestra validez profesional hacia aquéllos que en algún momento la pusieron en duda. Una novia guapa nos reconforta porque es un sol y una tía adorable, pero además es una forma de restregarle por la cara nuestro triunfo a aquella otra, tanto o más guapa y adorable, que nos dio calabazas. La publicación de una novela es siempre un logro memorable, pero raros son los escritores que no se ufanan íntimamente del acto de demostrarle al mundo lo listos, triunfadores e ingeniosos que son.

Lo “sub” lo inunda todo en nuestro día a día. Inunda este blog también. El artículo sobre los exlibris no es casual, “Hiroshima” no cuenta una historia caprichosa, y tampoco este post es sólo lo que parece. Yo quiero, aspiro -no me corto, no- a ser un gran novelista, vender millones de libros como Zafón, la Dueñas o Pérez-Reverte. Pero no es por la fama, el dinero o la gloria. Es por lo “sub”. No es prudente enseñar tus cartas, así que no os confesaré qué es lo que realmente persigo. Quedaos simplemente con eso: “sub”.

La derrota

Jugar a la contra tiene encanto, mucho encanto, el atractivo del perdedor, del underdog, de las causas vanas. Hay una cosita dentro de cada uno de nosotros que nos despierta simpatía por los vencidos. Yo, como buen mercenario, no disimulo mi inclinación romántica por los personajes perdedores. “Si quieres conocer de verdad a un hombre, has de conocerlo en la derrota” decía el sabio con gran sensatez. Y es que hay ángulos singulares que se pierden de la perspectiva cuando observamos el mundo desde lo alto.

galomoribundo

Me vais a permitir una pequeña disertación antropológica: los griegos, los padres de Occidente, eran unos tíos muy listos. Mucho, tanto que fueron protagonistas de multitud de hechos memorables. Uno de los hitos alcanzados por los griegos poco conocido por el público general es el de la estética heroica. Me explico: los artistas de las primeras civilizaciones tendían a rendir homenaje a sus reyes y dioses de una manera un tanto burda: si observáis una estela o un relieve egipcio, babilónico o persa, veréis a un tipo enorme sometiendo a las tribus bárbaras, representadas como pequeños hombrecillos a los pies del caudillo de turno. Los griegos sin embargo no hacían eso. Al contrario, retrataban a sus enemigos como fornidos guerreros dotados de inmensos poderes. El juego mental es “yo he vencido a este tipo, no a un gusano insignificante, sino a todo un coloso”. El matiz es esencial, y probablemente tenga mucho que ver con la perpetuación cultural de un pueblo que, una vez vencido por las legiones romanas, supo conquistar a sus conquistadores, que siempre trataron de imitarles. Nosotros somos griegos, pues griega es la democracia, la filosofía, la ciencia, los elementos, en fin, que dan forma a lo que hoy se entiende y se define por “Occidente”.

Pues bien, la estética heroica plantó hace ya veintitantos siglos la semilla de un sentimiento que pervive en el arte y la cultura contemporánea, tan convincente resulta su base filosófica. Desde el humilde ágora que representa este blog, quiero hoy reivindicar la grieguicidad de todas nuestras derrotas. Porque la vida está y debe estar jalonada de derrotas: derrotas laborales, sociales, creativas, emocionales… Que no te contrate esa empresa en la que echaste el curri, que no te quiera esa chica que tanto te gusta, que no te den el premio ese al que presentaste tu reciente novela… es muy saludable si sabes extraerle la lección. ¡Ay de quien nunca haya paladeado el sabor de la derrota! No habrá aprendido nada.

Sobre la basura literaria: el Amor

Hace no mucho asistí a un caso verdaderamente lamentable, bochornoso y avergonzante por las redes sociales. Un tipo que se dice escritor comentaba que había presentado una obra a un concurso fuera de las bases. Esto es, en el concurso se pedían novelas/relatos de cierta extensión, cierta temática, en cierto plazo, ciertos requisitos, en fin, como viene siendo normal y razonable dentro de un concurso. Pues bien, el tipo hacía un comunicado en esta línea: “Recientemente he recibido notificación de los organizadores del Certamen X en la que se me comunicaba mi descalificación. Al parecer alguien ha filtrado que mi trabajo presentado no cumplía los requisitos para la participación. Está bien, es cierto, lo acepto y tienen razón, pero que sepan tanto ese tipo como la organización del concurso que son todos ustedes unas malísimas personas y que confío y espero que más pronto que tarde ardan en el fuego eterno del infierno por los siglos de los siglos”.

Pirata

El hilo tuvo mucho éxito, no tardó en llenarse de mensajes de apoyo del tipo: “qué hijoputa el chivato envidioso ése, malnacido, frustrado de la vida, ¡así revientes!”.

Debe de ser hermoso, para el que tenga esa clase de sensibilidad, recibir tanto amor, tantas y tan incondicionales muestras de afecto y cariño. Yo es que no la tengo -la sensibilidad, digo-, así que, desde ya, os pido lo contrario: no me queráis tanto. Si algún día me pasa algo semejante, ni se os ocurra hacer un comentario en Facebook en plan: “A Ernesto lo han descalificado por saltarse las bases del Premio X, ¡qué cabrones!”. De darse el caso –ya me cuido yo bien de que no se dé-, plis, pegadme un tiro. Gracias.

Por delirante que resulte, el caso es TOTALMENTE verídico*. Esto –aaah, mente inquieta la mía-, me hace reflexionar. Reflexionar en la línea en la que el amigo Javi Durán más de una vez ha expuesto en su blog: http://rumboaladistopia.blogspot.com.es. Parece que en el mundillo literario de tercera fila –ése al que, en todo caso, yo podría aspirar hoy por hoy- “habemos” más escritores que lectores. Poca demanda y exceso de oferta literaria, mala conjunción. Mal panorama que, sumado a la LOGSE y al Zeitgeist post-postmoderno imperante, hacen del escenario presente una verdadera cloaca. Ya lo comentaba en artículos anteriores –“Elogio de la ignorancia” https://labibliotecadelmercenario.wordpress.com/2013/03/19/elogio-de-la-ignorancia/“-, que nuestra sociedad actual es muy poco inclinada a la erudición, menos aún a la autocrítica y, por encima de todo, nada a la asunción de responsabilidades. El perpetrador de aquella obra descalificada en aquel concurso bien podría ser uno de los miembros de esa “generación literaria” que se define así: “No, no acabé la primaria, apenas sé leer ni escribir, ni tampoco he leído más de media docena de libros en mi puta vida, pero me molan los comics y las pelis, y ésta es mi novela, una novela genial. ¿Qué, que no te gusta? ¡Intolerante, fascista!”.

Uno se muerde la lengua porque, en el fondo, ni le va ni le viene. Se queda así al margen, callado, no opina, ni se mete, que no es plan hacerse más enemigos en este mundillo pestilente. Pero va, por cosas como ésas son por las que uno se abre un blog, como es mi caso, y entonces, de forma a la vez confesa y subrepticia, escupe la bilis que se le sube al paladar cuando observa las maneras de los tipos que hacen de esta profesión/afición algo avergonzante.

*- Si alguien tiene curiosidad, por privado igual le puedo desvelar de quién se trata. En abierto ni de coña. Mi cupo de enemigos está cubierto, y me va muy bien con los que tengo: somos todos muy felices tal y como estamos, así que no necesito más. Si eso, mandadme un privi y, en según la intimidad que me inspiréis, ya os lo digo. Gracias.

Educación

Cuando vivía en Alemania me pasó una cosa muy curiosa. Yo trabajaba en una fábrica, en una localidad a las afueras de Hamburgo, a unos cinco kilómetros de mi casa. Todas las mañanas iba en bicicleta al trabajo. El primer día que pedaleaba camino de la oficina me crucé con un par de chavales, chicos de doce o trece años que vivían en alguna granja cercana. Ellos iban a la escuela, y al cruzarse conmigo me espetaron: “Guten Morgen, Herr!”, es decir, “¡Buenos días, caballero!”. Yo me quedé así con la mosca detrás de la oreja, pensando en qué clase de guasa tenían conmigo los muy cabrones. El segundo día, igual: “Guten Morgen, Herr!”. Y así cada mañana, durante toda la semana. El viernes, al fin, después de cinco encuentros fugaces en la carretera a las afueras de aquel pueblo, lo comprendí. Cuando aquellos chicos me soltaban lo de “¡Buenos días, caballero!”, no querían decir otra cosa que “¡Buenos días, caballero!”.

Schnee Fahrrad

Yo no vivo en la ciudad más marginal y deprimida de España, pero si voy en bicicleta una mañana camino del trabajo y me cruzo con dos chavales de doce o trece años, la probabilidad de que me den los buenos días es virtualmente nula. Es mucho más probable que, si reparan en mi presencia, sólo sea para insultarme, provocarme, pegarme, robarme, escupirme o algo por el estilo. ¿Que no? Venga, sed honestos.

En estos tiempos en los que vivimos una de las crisis más chungas del capitalismo moderno, se han recortado gastos en multitud de servicios públicos. A nadie le mola la idea de reducir la inversión/gasto en educación. No obstante yo no puedo evitar hacerme una pregunta: ¿Más dinero en educación significa mejor nivel educativo? Por los datos que he podido reunir aquí y allá, la triste respuesta es que no. Simplemente echemos un vistazo al panorama actual. Muchos de los visitantes de este blog sois como yo, niños de la EGB educados en los años ochenta y primeros noventa. Entonces éramos cuarenta y dos alumnos por clase, había calefacción, eso sí, pero ni de coña comedor, gimnasio o piscina, ni clases de apoyo, rara vez un psicólogo, sí que alguna actividad extraescolar por las tardes dirigida por maestros voluntarios vecinos del barrio; de ordenadores portátiles ni hablemos, los libros los heredabas de tus hermanos, primos o vecinos, igual que el chándal, y si en casa te regalaban una calculadora por navidades ya te podías dar con un canto en los dientes. Los cuatrocientos y pico mil nacidos en 1976 –el año en el que nacieron más españoles en toda la historia-, así como los que vieron la luz en los pocos años anteriores y siguientes, compartíamos una docena de Rotrings para las clases de dibujo y otras tantas computadoras 086 para las de informática. La cosa ya venía decayendo, pero aun así, España alcanzó el puesto 21 en el primer Informe PISA, el del año 2000 –ése que estudia la desenvoltura en matemáticas, lengua y ciencias de los alumnos de los países de la OCDE, es decir, de los países “civilizados” del mundo-. En el año 2009, el último estudio que se ha publicado, España tiene la mitad de alumnos y el triple de presupuesto, es decir, gasta seis veces, seis, seis veces más dinero por estudiante que hace veinte años. Sin embargo está en el puesto 34. ¿Son más tontos los niños de hoy en día? No lo creo. ¿Son más malos los profesores ahora? Tampoco. ¿Son más difíciles las materias en la actualidad? Lo dudo mucho. Y volvemos a la gran pregunta: ¿Invertir más dinero en educación significa formar mejor a nuestros jóvenes? Ahí están los datos y su inevitable, indiscutible e impepinable –ya lo diga el Papa-  conclusión: ni de coña.

Blackboard

¿Qué demonios falla? Ni idea, francamente. Mil cosas, supongo: la tele, la familia, los valores sociológicos, las erráticas políticas perpetradas por el PPSOE hegemónico… mil y un factores que han convertido a un país humilde pero con afán de saber y de superarse, en un país aparentemente menos pobre pero indolente, pasota, sin espíritu de superación ni voluntad por conoce e innovar. Sé que suena en extremo pesimista, y también que meto en el mismo saco a gente de gran valía, lo cual es muy injusto, pues tenemos jóvenes verdaderamente brillantes. Pero las cifras son las cifras, y ese 35% de abandono escolar, y ese puesto 34 de 54 países es que dan mucho, mucho que pensar.

Ahora el ministro de educación –un rancio fascista, intolerante y genocida- plantea una profunda reforma. Como es del partido X, todos los simpatizantes del partido Y –rojos subversivos, maricones y terroristas- se oponen, como antes hicieran viceversa los de uno con las ocurrencias del otro. Ok, genial, me parece perfectamente legítimo. Salgamos a la calle a protestar. Dentro de dos o tres años rotará la poltrona y podremos elaborar una nueva reforma educativa más acorde con la fe del mandamás de turno. Lo importante es que los de siempre se repartan el pastel, y entre tanto seguir fabricando analfabetos funcionales que nos conviertan en una sociedad atontada, menos competitiva, menos innovadora, creativa y ambiciosa. Con la dosis adecuada de fútbol, verbena y realities, todos os seguiremos votando para el bien de vuestros hijos (los de los fachas y los de los rojos, que, curiosamente, estudian en el mismo Liceo Francés o en la Deutsche Schule, qués cosas), haciendo de éste un país avergonzante y amputado de lo poco que históricamente le brindó auténtica gloria: la inventiva y el ingenio de los Sénecas, los San Isidoros de Sevilla, los Alfonsos X, los Cervantes, Góngoras, Quevedos, Bécquers, Picassos, Ramones y Cajal, Dalís, Ochoas, Perales, Barbacides etcétera etcétera…

Elogio de la ignorancia

Yes we cani

Que el Saber –así, con mayúsculas- ha perdido cierto aura de respetabilidad en nuestra era es algo que nadie puede negar. En no pocos ámbitos sociales la ignorancia se ha convertido en una cualidad no sólo disculpable, sino admirada y perseguida. Con frecuencia en la escuela, en los medios audiovisuales o en la política, el despliegue de idiocia despierta un encomiable entusiasmo entre las masas. “Qué llano y sencillo es Fulano”, “cuán simpática espontaneidad muestra Mengano”, “Mirad qué popular este Zutano”. No, no me estoy rasgando las vestiduras horrorizado por este fenómeno tan singular. En realidad es un buen síntoma: nunca, como hasta nuestros días, tantos han sabido tanto. Son la abundancia y la fácil disponibilidad de conocimientos, “la democratización de la cultura”, las que han hecho del saber un bien prácticamente gratuito, y por eso mismo escasamente valorado. No muchas décadas atrás, un título de bachiller –no digamos ya universitario- despertaba respeto y admiración entre una inmensa mayoría cuyo acceso a la cultura era limitadísimo. Hoy, como el que más o el que menos tiene al alcance de la mano ingentes cantidades de sabiduría, la cosa no provoca ni admiración, ni saludable envidia, ni siquiera curiosidad.

Platón

“Lo poco que sé, se lo debo a mi ignorancia”. Platón (427-347 a. C).

Para bien o para mal, todavía existen algunos ámbitos que el común de los mortales identifica como fuentes inagotables de cultura: el mundo de las ciencias y las humanidades, el arte, la literatura… Os sorprendería, sin embargo, comprobar la cantidad de estulticia que rezuma de estas esferas. Gracias a que nuestra sociedad ha logrado universalizar la alfabetización (o casi), hoy cualquiera puede autoproclamarse intelectual. No obstante, si entre las decenas de miles de “escritores” que saturan los departamentos de lectura de las editoriales, los estantes de las librerías, o –como servidor- la misma blogosfera, si entre esa legión de escritores, decía, hiciéramos un sencillo examen de culturilla general como el que sigue:

1).- ¿Cuál es la capital de Austria?

2).- ¿Cuántos planetas tiene el Sistema Solar?

3).- Cite dos escritores franceses.

… descubriríamos maravillados lo poco que se exige a sí misma la gente para ponerse en la solapa la etiqueta de intelectual.

¿Os podéis imaginar lo que siento al contemplar semejante panorama, os lo imagináis? Pues siento una profunda envidia.

El pasado viernes tuve el placer de participar en una agradable tertulia con unos cuantos buenos amigos, como yo, aficionados a la escritura –vale, escritores-. Una de las múltiples líneas de la conversación discurrió por este mismo tema, el de la ignorancia, y fueron las reflexiones que compartimos las que me animaron a redactar este artículo.

Aun a riesgo de resultar pedante y prepotente… Perdón, me corrijo: aun con la certeza de que resultaré pedante y prepotente, he de confesar mi sincera envidia hacia todos esos audaces escritores que, por ignorancia, ingenuidad o mera simpleza mental, se embarcan en la creación compulsiva de novelas y relatos, las más de las veces atroces, pero merecedores en todo caso de un mínimo de dignidad como frutos del ingenio humano.

Sé que suena a broma, o a chiste sarcástico, pero no lo es. Creedme, lo digo en serio: si no fuera por el respeto intelectual que me inspira este noble oficio, ya habría escrito media docena de novelas, y probablemente mi carrera como literato gozaría de mucha mejor salud. No lo puedo garantizar, pero me comprometo –una vez más- a intentar hacer virtud de mis defectos en lo sucesivo, a ver si supero mi pánico literario y consigo sacarles algún provecho a mis neuronas.

Hay una célebre cita de Albert Einstein que dice así: “todos somos ignorantes, sólo que no todos ignoramos las mismas cosas”, lo cual es una verdad como un templo, y en cierta forma también un consuelo. ¡En serio! La inopia, bien administrada, es una saludable virtud. Ya lo dijo el filósofo Platón: “Lo poco que sé se lo debo a mi ignorancia”.