Adolfo

Adolfo

Adolfo Suárez es un tipo que siempre me ha caído bien. Yo lo recuerdo, lo recuerdo en la tele, aunque su época como personaje mediático me pillase muy pequeño aún. Ahora que su despedida se ve muy cercana, he querido dedicar una breve entrada a este señor por lo que de ejemplar tiene para todos los ciudadanos de bien, y lo digo en el más riguroso sentido: todos los CIUDADANOS de bien de aquí y de allá, de ahora, de antes y de los días por venir. Suárez era un tipo gris, un murciélago que diría Unamuno, un personaje al que los izquierdosos tildaban de facha y al que los fachas tildaban de izquierdoso. Por eso precisamente, por su centrada y diplomática sensatez, lo admiro como a ningún otro político español de los últimos 250 años. Suárez es el artífice principal de esta democracia que, con sus limitadas virtudes y sus innumerables defectos, disfrutamos en este país hidalgo y desdichado, que no acaba de gustarle a nadie al parecer, pero de la que todos hacemos uso –abusivo a menudo- para el desahogo de nuestras frustraciones y miserias, ya sean éstas merecidas o no. Adolfo Suárez es para mí, que aún lo recuerdo en la tele, el padre de la España del siglo XXI, de la España que se sacudió al fin la caspa de los galones y el tufo a polvo rancio de las casullas monacales. Es el tipo gracias al cual tú hoy, ahora, por internet o en el bar más cercano, puedes cagarte en sus mismos muertos por facha o por izquierdoso. Si hubiera dependido de tu Führer o tu Tovarich tal vez sería imposible aun cuarenta años después de muerto el dictador, pero Suárez, con su abnegada lealtad a su patria, a su gente y a sus convicciones individuales, allanó el camino incluso para aquéllos que hoy renegáis de él. “Si no estás contra mí estás conmigo” podría ser su motto, un lema poco sugerente para los extremistas de uno u otro pelaje, pero una filosofía que practicó y a la que siempre fue convencidamente fiel para vergüenza de nuestro lobo interior. Vivirá por siempre Adolfo, el padre de una nación triste y desdichada pero noble, laboriosa y rebosante de talento donde las haya, y que si no existiera, habría que inventarla en pro de la humanidad. Sirva Adolfo de ejemplo para nuestra patética clase política, y su humanidad y honestidad para inspirarnos a todos los ciudadanos la comprensión y diplomacia que tantísima falta le hace a un puto país que, hoy por hoy, no merece su figura.

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Pide un deseo

Hay muchos chistes que arrancan con la escena del tipo que va por el desierto y le da una patada a una lámpara mágica. Entonces sale un genio y le concede uno, dos, o tres deseos. Normalmente esas historias terminan con un desenlace paradójico según el cual lo deseado se convierte en una auténtica maldición. Es un chiste universal (no sé en otras lenguas, pero en alemán también existen chistes sobre tipos que patean lámparas, son básicamente los mismos), chistes que de algún modo especulan con el riesgo de que tus sueños se tornen realidad. Y es que debemos ser muy prudentes con aquello que deseamos, no sea que se cumpla.

Magic lamp

A veces me da por echar la vista atrás y no me gusta lo que veo, no me gusta nada. No os lo voy a negar: estoy tremendamente insatisfecho con mi vida. Hace poco más de una década yo era un tipo por el que habría apostado fuerte: licenciado en económicas, con un buen trabajo, inglés y alemán, y una novia preciosa y encantadora que aún no me explico cómo llegó a quererme tanto y tan inmerecidamente. El futuro se presentaba muy apetecible. Yo tendría que ser a estas alturas directivo de alguna gran compañía de logística internacional, ganar 90.000 pavos al año y tener un par de hijos rubísimos y guapísimos y absolutamente adorables. Sin embargo la cosa no ha ido por ahí. Hoy soy un soltero que a duras penas sobrevive traduciendo manuales de biseladoras y rectificadoras cilíndricas y redactando descripciones de artículos para Amazon. Y cuando alguna vez me despierto con alguien al otro lado de la almohada, nunca, nunca es la persona que yo desearía que estuviera ahí. Algo hemos hecho mal, está claro.

No obstante, soy un tipo afortunado. Echo la vista atrás y me doy cuenta de que mis deseos se han cumplido, sólo que quizás me faltó matizar algunos detalles. Vivo de “escribir” al fin y al cabo, que es lo que siempre soñé. No se me ocurrió que un tipo que sobrevive como escritor freelance no termina de irradiar ni confianza ni seguridad, pequeños detalles que explican por qué, al despertar, jamás me encuentro con el rostro que yo quisiera encontrar a mi vera. Eso del poder de seducción y el atractivo de la gente bohemia, creedme, es un tópico.

Lo único bueno que extraigo de todo esto es que los deseos son gratis. Si arrojáis una moneda a una fuente, si veis una estrella fugaz o si por casualidad vais por el desierto y le dais una patada a una lámpara mágica, no os compliquéis la vida. Pedid algo fácil, cercano, práctico. Ni se os ocurra plantearos objetivos tan abstractos y ambiciosos como los míos (“quiero vivir del arte, quiero que Fulanita se enamore de mí”). Tened en cuenta que corréis el riesgo de que vuestros deseos se cumplan. Y aunque os sorprenda, creedme: si se diera el caso, la mayoría de vosotros lo lamentaría.

Del sentido del humor

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“Hombre ‘sin hogar’ bajo arresto domiciliario”

Echo en falta un poco más de sentido del humor en la cultura española. Hay mucho sentido del humor, lo hay, y numerosos autores que lo han sabido aprovechar, que lo han practicado y cultivado. Pero el “humor español”, de existir, me deja un poco frío. Para hacerse una buena idea sobre este tema no basta la visión individual, que siempre es legítima y soberana. Es más interesante conocer lo que fuera de nuestras fronteras se piensa de nosotros. El español, en general, cae bien. Es un país peculiar que en los últimos doscientos años básicamente se ha limitado a pegarse consigo mismo. Tan lamentable actitud tiene sus ventajas, y una es ésa: que caemos bien por cuanto que no hemos invadido a nadie ni nos hemos enfrascado en guerras allende los mares ni los Pirineos. No es una tontería, que se lo pregunten si no a los alemanes, a los rusos o a los norteamericanos. El caso es que caemos bien pero no somos graciosos, por más que nos sorprenda. Aunque no falte talento, en España y en la cultura española se echan en falta personajes de la talla de Tom Sharpe, David Lodge o Woody Allen. El humor español es difícilmente exportable y, aún peor, está poco valorado en nuestro propio país. El siglo XIX, el gran siglo de la novela, dio a España multitud de artistas universales como Bécquer, Larra, Galdós, Clarín o Rosalía de Castro, pero falta un Chesterton, un Twain, un Oscar Wilde. La literatura española que estudiamos en la escuela está repleta de títulos memorables pero siempre graves, serios, profundos, que se mueven entre el extremo de la prosa mística y la denuncia social a través de un realismo descarnado. ¿Y dónde queda el humor? Quevedo era un cachondo mental, Cervantes tenía tela de guasa, y Calderón practica con gusto la ironía más sutil, pero eso nunca nos lo enseñan. Lo que nos enseñan son ilustraciones de señores muy serios vestidos de negro que escribían sesudas obras sobre cuestiones teológicas, mitológicas y filosóficas.

A España le falta –entre otras muchas cosas- más sentido del humor. Sentido del humor en los políticos, en la ciudadanía, en los medios de comunicación y en el arte. Somos todos muy graciosetes, pero a diferencia de los británicos o los judíos, nos ofendemos enseguida si nos hacen una chanza. Nos reímos mogollón al escuchar el chiste del mariquita que pide un café en un bar, pero como me mientas al PSOE, a la Iglesia Católica, a la Catalanidad o al Real Betis Balompié me dará muchísimo coraje.

El sentido del humor va estrechamente asociado a la capacidad de autocrítica, y España es un país bendito como pocos pero entre cuyas virtudes no se encuentra esta última. No nos hace ni puta gracia que se rían de nosotros, más que nada porque no hemos aprendido –no nos lo han enseñado- a reírnos de nosotros mismos. Y ése es un error terrible que, por insignificante que parezca, tiene mucho que ver con la capacidad para crear, para innovar, para ampliar nuestra perspectiva del mundo.

Es una recomendación un tanto caprichosa, lo reconozco, pero te conmino a que, en la medida de lo posible, hagas el humor. Es precisamente lo que la gente malsana,  intolerante y de mente estrecha nunca hace. Ni Hitler, ni Stalin, ni Franco ni Castro lo practicaron nunca. Si tiras por el camino que menos se asemeje al de esos personajes, entonces es que vas bien.

Todos los poemas son poemas de amor

A pesar de todo nos tenemos cariño. Ella me lo guarda, y mucho, yo lo sé. Y yo también, aunque nadie jamás me ha causado semejante disgusto. No es un reproche, ni una acusación: Ella y sólo Ella podía haberme provocado el mayor dolor por el que he pasado en esta vida, y no fue por maldad. Ella no lo eligió, así que no se lo echo en cara. De aquello hace ya tiempo. Ahora contemplo sus fotos y me sigue pareciendo monísima, pero llego a fascinarme al pensar cómo fue posible que por esos ojillos acaso demasiado juntos, esas orejas de soplillo, y unos finos labios objetivamente poco sensuales hubiera yo podido vender mi alma al diablo… Mas así fue. Cosas del amor.

HiFi

Oscar Wilde decía: “siempre nos resultan ridículos los sentimientos de las personas a las que hemos dejado de amar”.  Es cierto, y también es recíproco: hay algo profundamente deprimente en la contemplación del ser que en su día quisimos (y viceversa, deduzco). Una suerte de íntimo bochorno, algo así como una vergüenza inconfesable. La observas con objetividad y entonces piensas: sí, tiene los ojos demasiado juntos, el tipo desgarbado, la nariz muy grande, las orejas separadas de las sienes, es demasiado gorda/delgada, alta/baja, incluso un poco estúpida, cabezota, antipática, lo que sea… Nunca son las la princesas con las que soñabas de niño. Pero amar a la mujer ideal es muy fácil, cualquiera sería capaz de hacerlo. Lo difícil es amar a la tuya, a tu princesa, aun consciente de que no es la más hermosa del mundo.

El final del amor es un tema profusamente tratado en la literatura, en la poesía, la música y el cine, tan sugerente y  universal resulta como propuesta creativa. Hay, no obstante, una honda contradicción en esas mil y una obras consagradas al amor descartado y olvidado. Si por un momento echáramos mano del sentido común, nos sería fácil entender que nadie, nunca, jamás, le ha escrito ni le escribirá un poema de amor a alguien a quien (ya) no quiere.

Todos los poemas son poemas de amor. Todas las canciones, las películas y las novelas que se hayan escrito y se escribirán son historias de amor.

¿No? Yo creo que sí. El odio, el rencor, la venganza, la ambición, la redención… no son sino intentos de expresar amor, intentos obscenos, enfermizos y distorsionados de amor, formas muy poco saludables y menos recomendables de infundirlo. Pero formas humanas de sentirlo, de vivirlo. Todos habéis deseado que ese proyecto, esa relación, ese viaje, esa amistad de la persona amada, fracasara. Quien no lo haya experimentado, que lo escupa ahora mismo. Como decía Nick Hornby en “Alta Fidelidad”: “Querido lector, piense en lo peor que haya hecho jamás, en lo más innoble, abyecto y miserable que haya deseado. ¿Ya? Bien, ahora dígame a la cara que yo soy una mala persona.”

Sub

No os lo había comentado por aquí, pero los más cercanos sabréis que hace poco más de un mes que he empezado a estudiar un máster. Está siendo una experiencia realmente fascinante. Por un lado supone mi vuelta a la universidad doce años después, y en este caso a una facultad –Ciencias de la Información- que no tiene nada que ver con lo que yo conocí, la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Sevilla. Cuando me preguntan de qué va el máster no se me ocurre nada más ilustrativo que decir: “es como un Kindergarten para treintañeros gafapastas”. Es así. Los nombres de las asignaturas son un poco crípticos: “Estructura Narrativa”, “Retórica, pragmática y oralidad conversacional”, “Guión de formatos ficcionales y paraficcionales”… Tienen su carga teórica más o menos dura, sus delirios abstractos, su buena dosis de filosofía ensoñadora. El caso es que, para que os hagáis una idea, nuestros deberes consisten en ver películas de Fellini, David Lean o Alfred Hitchcock, escuchar bandas sonaras de clásicos de los cuarenta y cincuenta, comentar cortometrajes e inventar historias a partir de personajes y escenarios propuestos a lo loco por los alumnos.

Underground

La mayoría de las ideas, principios y esquemas de la narrativa –que no es sino el arte de contar historias- ya me eran muy familiares. De forma instintiva llevo más de veinte años practicándolos. Aunque familiares, hay pequeños descubrimientos que de tanto en vez te sorprenden. Y uno reciente es el que justifica el nombre de este artículo: sub.

Cualquier historia puede –y debe- ser resumible en una frase. ¿Qué es el Quijote? La historia de un inadaptado delirante. ¿De qué va Fausto? De un tipo que hace un pacto con el Diablo. ¿De qué trata “Romeo y Julieta”? Del amor imposible. ¿Pero estas obras universales, realmente van de eso?

No. De lo que van es de lo “sub”. Lo “sub” es la “subtrama”, la motivación del héroe, lo que se oculta tras la acción y da volumen a los personajes. Ulises no quiere conquistar Troya, sino volver a su hogar; Raskolnikov en “Crimen y castigo” no desea matar a su vieja casera, y la intención del Florentino Ariza de García Márquez no es volver con Fermina Daza, la novia de su juventud, cincuenta años después. Lo que buscan siempre es algo más íntimo y profundo: la autoestima, el aprecio, la venganza, la redención. Me ha gustado mucho este planteamiento porque, de uno u otro modo, es perfectamente exportable a la vida real. La mayoría de nosotros no buscamos lo que en apariencia parece que buscamos con cada decisión y cada paso de nuestras vidas. Un buen trabajo no nos satisface porque sea un buen trabajo: nos satisface porque afirma, confirma o reafirma nuestra validez profesional hacia aquéllos que en algún momento la pusieron en duda. Una novia guapa nos reconforta porque es un sol y una tía adorable, pero además es una forma de restregarle por la cara nuestro triunfo a aquella otra, tanto o más guapa y adorable, que nos dio calabazas. La publicación de una novela es siempre un logro memorable, pero raros son los escritores que no se ufanan íntimamente del acto de demostrarle al mundo lo listos, triunfadores e ingeniosos que son.

Lo “sub” lo inunda todo en nuestro día a día. Inunda este blog también. El artículo sobre los exlibris no es casual, “Hiroshima” no cuenta una historia caprichosa, y tampoco este post es sólo lo que parece. Yo quiero, aspiro -no me corto, no- a ser un gran novelista, vender millones de libros como Zafón, la Dueñas o Pérez-Reverte. Pero no es por la fama, el dinero o la gloria. Es por lo “sub”. No es prudente enseñar tus cartas, así que no os confesaré qué es lo que realmente persigo. Quedaos simplemente con eso: “sub”.

Ex Libris

Hace tiempo que quería hacerme con uno de éstos: un ex libris. Pero, ¿qué es un ex libris? Una excentricidad de ésas que nos gustan a los que tenemos cierta querencia por las cosas que nunca estarán de moda o, más objetivamente, un sello que se utiliza para estampar la marca distintiva de una persona o una institución –generalmente una biblioteca- en sus libros. Los ex libris vienen utilizándose al menos desde el Antiguo Egipto, y representan un interesante campo de estudio dentro de la biblioteconomía. No es probable que mi ex libris vaya a aparecer nunca entre los fondos de la Biblioteca Nacional o del British Museum, al menos mientras yo siga en este mundo. Pero quién sabe, tal vez algún erudito considere interesante conservar y catalogar esta muestra postrera de tan singular tradición dentro de algunos siglos, cuando del libro en papel no quede apenas el recuerdo… ¿O acaso eso jamás llegará a suceder? Pues no me atrevo a decir ni que sí ni que no. En todo caso, ése ya es otro tema.

exlibris

Ésta era la primera vez que me embarcaba en la simpática afición del “carvado de sellos”, y aún tengo que perfeccionar la técnica, pero me lo he pasado bomba diseñando y elaborando este sellito tan resalao (tengo un par de versiones, ya veré con cuál me quedo). El motivo de la pluma y la espada, viniendo de un mercenario confeso como el que suscribe, no es casual, como seguro habréis captado. Os animo a todos los “manitas” bibliófilos y fetichistas del papel a confeccionar el vuestro. En cualquier tienda de Bellas Artes y manualidades podréis encontrar los materiales e instrumentos necesarios. Es la mar de divertido y queda muy resultón. ¿A que sí?

Verosimilitud

Al menos desde los tiempos de Aristóteles (s. IV a.C.) existe una costumbre practicada por no pocos escritores: la de crear decálogos sobre el arte de la narrativa.

Breve y contundente como el de Hemingway, flexible como el de Monterroso, pragmático como el de Stephen King o nihilista como el de Bukowski, un decálogo viene a ser una lista de normas, sugerencias y consejos dirigidos a todos aquellos que pretendan poner a prueba su talento literario.

hemingway

Como siempre se trata de principios muy generales y abstractos, el decálogo no suele incluir detalles excesivamente técnicos. “Escribe con el alma”, “escribe con el corazón”, “escribe con el bolsillo”, “no escribas: vomita, escupe, grita lo que te salga de tus adentros…”. Hasta ahí, vale. La vocación y el acto de escribir son así, un impulso caprichoso y hasta cierto punto irrefrenable. Pero, ¿sobre qué escribir? Sobre lo que conoces –claro-, sobre lo que te gusta –lógico-, sobre lo que te encantaría leer… Sobre lo que te encantaría leer es el argumento que más me convence, es al fin y al cabo el recurso más a mano. No obstante, cuando uno se plantea un quijotesco futuro dedicado a esto de la escritura, ha de tener en cuenta otras cosas. Los tiempos en los que los escritores malditos tenían no ya un papel sobresaliente en la cultura popular, sino incluso ese halo romántico hoy por hoy imposible de emular, quedaron atrás. Nueve de cada diez best-sellers son producto de un estudiado gabinete de técnicos en márketing, psicología del consumo, analistas financieros y “trend hunters” que, en fin, no se proponen otra cosa que rentabilizar la muy legítima y respetable inversión del grupo mediático que a bien tenga contratarles. El escritor profesional de hoy necesita ser algo más que un mero redactor imaginativo. Necesita ser un experto en mercadotecnia, un puto “media manager”, y además echarle paciencia y fe hasta niveles que el Santo Job jamás hubiera concebido. Pero los decálogos, por muy contradictorios que sean, siguen ahí, y no son resultado de una reflexión vana, sino el producto de la experiencia redactora bien de Hemingway, bien de Monterroso, de King o de Bukovski.

Entre los muchos consejos que podemos extraer de un taller literario o un máster en narrativa hay uno muy singular que me despierta un gran interés: la verosimilitud de lo narrado. Es casi un principio de sentido común: lo que escribas/idees/guionices debe ser verosímil, por respeto a ti mismo y al lector/espectador. Sin embargo, la vida tiene momentos difícilmente clasificables en los que –topicazo- la realidad supera a la ficción. Se me vienen a la mente varios personajes y episodios históricos reales que, de haber sido concebidos por un novelista, le habrían reportado no pocas críticas por pura falta de verosimilitud.

titanic

Violet Constance Jessop (1887-1971) fue tripulante de tres barcos naufragados, el célebre Titanic, el Olympic y el buque hospital Britannic, todos hundidos entre 1912 y 1934. La historia naval ofrece otras fascinantes curiosidades, como la de los naufragios frente al estrecho de Menai, en la costa norte de Gales. Aunque las fuentes difieren en algunos detalles, la leyenda asevera que en 1664, 1785 y 1820, tres barcos naufragaron con un resultado sorprendente: en los tres casos, el único superviviente se llamaba Hugh Williams (obviamente no era el mismo tipo). Roy C. Sullivan (1912-1983) fue un guardabosques norteamericano al que, a lo largo de su vida, le cayeron nada menos que siete rayos. Al final se suicidó, a los 71 años, tras un desengaño amoroso.

Si cualquiera de vosotros escribiera una novela en la que al protagonista le caen siete rayos, lo más probable es que el editor os dijera que os vayáis a la mierda, que ya os vale con el rollo. No obstante, esas cosas suceden, ya veis. Un viejo amigo aficionado a esto de la escritura me comentó alguna vez que la prensa era un referente inspirativo formidable. De ella se pueden sacar historias fascinantes que piden a gritos una adaptación novelística. Y no le falta razón. Lo malo es eso: el público, los editores y nosotros mismos nos exigimos verosimilitud en las historias que inventamos. Pero la biografía de un apático funcionario de correos tampoco es que resulte demasiado apasionante así de pronto. Es cuestión de equilibrio, supongo. Y aquí lanzo la pregunta: cuando escribís, ¿prestáis atención a eso? ¿Tratáis de darle verosimilitud a vuestra historia? ¿Hasta qué punto os fastidia encontrar narraciones inverosímiles?

La biblioteca de este mercenario

Library

Emulando a John Maxwell Coetzee he pensado hacer una lista con las doce novelas que más me han influido, si no como escritor (título al que hoy por hoy  renuncio por inmerecido), sí al menos como lector. De paso combato la ganada reputación de tipo displicente que me he labrado. Es verdad: todo me parece una mierda. Bueno, casi todo. Tras un arduo ejercicio de memoria, ésta es la lista que me ha salido. Ni están todos los que son ni son todos los que están, pero más o menos puede valer para hacerse una idea de lo que me inspira y me apasiona:

1.-“Sin novedad en el frente”, Erich Maria Remarque, 1929. Este libro es la primera novela “adulta” que leí, allá cuando tenía 13 ó 14 años. Recuerdo que lo incluí en un pedido del Círculo de Lectores, al que mi familia estuvo muchos años suscrita, lo cual resultó un tanto sorprendente para mis padres (hasta entonces todo lo que había leído eran libros infantiles en plan “Elige tu propia aventura” de Timun Mas y cosas de Enyd Blyton). “Sin novedad en el frente”, relativamente conocido para el lector hispano, es un libro de lectura obligatoria en Alemania, como aquí “La Celestina” o “El Quijote” (cosa que supe años después). Es el diario directo y sincero de un soldado alemán en la I Guerra Mundial, y en él se narra el día a día en las trincheras del Frente Occidental, despojado de mitificaciones heroicas y monsergas patrióticas (motivo por el cual los nazis lo condenaron a la hoguera durante su abyecto reinado). Especialmente sobrecogedora fue su segunda lectura, ya con veintitantos años: en la primera yo veía a los personajes –chicos de 18 ó 20 años- como hombres maduros enviados con natural aceptación a la guerra; cuando volví a leerlo ya era mayor que ellos, e imaginármelos en aquel infierno tan absurdo e injusto me conmovió hasta lo más hondo.

2.-“Neuromante”, William Gibson, 1984. Es sin duda el título que más me influyó como escritor, al menos en mis primeros años. Manifiesto fundacional de lo que vino a llamarse el subgénero “Cyberpunk”, es una barroca novela de Sci-Fi algo dada al exceso (aun recomendable, no se la recomiendo a los no iniciados en el género) pero profundamente lírica y con una capacidad avasalladoramente evocadora. La historia del cybervaquero Case, envuelto en una turbia operación en la que las gigantescas corporaciones que dominan el mundo compiten con sus peores artes, “Neuromante” conmueve por su poesía urbana, sucia y decadente, y por su descarnada sensibilidad romántica. Es la novela que Bécquer o Lord Byron habrían escrito de nacer dos o tres siglos más tarde.

3.-“El mundo de Sofía”, Jostein Gaarder, 1991. Éste es uno de los libros más entrañables con los que me haya cruzado jamás, uno de los pocos títulos que he leído hasta tres veces, cada vez que me he enfrentado a algún momento crítico de mi vida. Es un ensayo novelado sobre la historia de la filosofía que todos deberíais leer por lo mucho que puede ayudaros, no a encontrar el camino a la cutre manera “coelhiana”, sino mucho mejor: a encontraros a vosotros mismos. Amable y didáctica, es una novela “must-have” en toda biblioteca que se precie.

4.-“El señor de las moscas”, William Golding, 1954. Uno de esos títulos universales, justificación de todo un Premio Nobel, no por famoso vamos a restarle méritos ni interés. “El señor de las moscas” narra la aventura de un grupo de estudiantes británicos de colegio privado, niños de lo más “poshy” y trasunto de la opulenta sociedad occidental contemporánea, cuando quedan varados cual náufragos en una ignota costa. Obligados a organizarse para sobrevivir, los chicos irán desarrollando a su manera improvisada los mecanismos sociales por los que se rige nuestra sociedad, y que, para espanto de los rousseaunianos, no son otros que la violencia y la fuerza bruta. Una obra que sobrecoge por su confesa crítica a la “civilización” y por describir los mecanismos que han favorecido el imperio de la maldad y el populismo más infame en los contextos sociológicos más insospechados (caso de la Alemania de los años treinta, acaso la nación más culta sobre la Tierra). Si no lo has leído, ya estás tardando.

5.-“El final de la Tierra”, de Frederick Pohl y Jack Williamson, 1990. Este libro poco conocido por el público hispanohablante no es un título más del subgénero apocalíptico –tan en boga en la actualidad, aunque tiene ya más de veinte años-. Descatalogado, difícil de conseguir, relata un más que verosímil final para la raza humana a raíz de un cataclismo astronómico. Si bien la prosa de Pohl nunca fue muy florida, el tempo narrativo y la presentación de unas premisas sin duda convincentes dotan a la obra de una gran calidad como exponente de la literatura especulativa. Momentos de verdadero terror muy alejados de los clichés de género, hacen de su lectura una experiencia inolvidable. Aún no me explico cómo este título no se reedita como hasta la saciedad se hace con las obras de otros autores clásicos de la ciencia ficción.

6.-“Rimas y leyendas”, Gustavo Adolfo Bécquer, segunda mitad del s. XIX. No necesita el autor sevillano reivindicación de nadie a estas alturas: exponente máximo del romanticismo, no ya español, sino universal, Gustavo Adolfo Bécquer ha sido, con todo, un literato a menudo mal interpretado y poco comprendido por la crítica y el público. De haber nacido en Londres o París, Bécquer sería para el subconsciente colectivo de la humanidad algo más que el autor de un puñado de dolientes y descarnados versos de desamor. La lectura de sus “Leyendas” hará entender al lector atento la vinculación artística e inspirativa de Bécquer con autores de una tradición literaria poco explotada en nuestras tierras: Stoker, Lerroux, Mary Shelley, Allan Poe… Para bien o para mal, el sol se puso en el imperio de los Habsburgo. De no haber sido así, Hollywood quizás habría nacido en Almería, y en Bécquer habría encontrado argumentos para una laaarga serie de apasionantes producciones. Otro “must-have” para cualquiera que se pretenda proclamar como escritor.

7.-“Jonathan Strange y el Señor Norrell”, Susanna Clarke, 2004. ¿Qué decir de este libro? Es uno de esos pocos a los que sólo le encuentro un fallo: que no lo haya escrito yo. La historia de Jonathan Strange y el taumaturgo Sr. Norrell debería ser asignatura obligatoria en todos los talleres literarios. “¿Quieres escribir fantasía? ¡Pues usa la fantasía, estúpido!”. Es la guía perfecta sobre cómo escribir una novela fantástica sin plagiar a nadie. Olvídate de orcos, elfos, dragones y otras vainas: esto es un ejercicio de fantasía pura y dura con su dosis bien medida de referentes folclóricos y mitológicos pero sin necesidad de repetir esquemas ya agotados. La prosa –excelente el trabajo de traducción de Ana María de la Fuente- es sencillamente genial, la trama soberbia, algo lenta acaso en algunos pasajes, pero siempre un deleite para el sentido literario. Una obra fantástica concebida desde el respeto y la dedicación más atenta –diez años le llevó a su autora escribirlo-, que no puedes dejar de leer si te gusta el género de la fantasía.

8.-“Leviatán”, de Paul Auster, 1992. El galardonado con el Príncipe de Asturias Paul Auster, candidato habitual al Nobel, es un escritor que no deja a nadie indiferente: o le odias o lo adoras. Uno, que es bien prudente, se procura contener en sus pasiones –en ésta de la literatura, al menos-, así que me cuento entre la minoría que no hace ni lo uno ni lo otro. Auster es el escritor del azar por excelencia: toda su obra está impregnada de ese extraño éter que envuelve el universo, gracias al cual la vida es algo más que una consecución de instantes más o menos intrascendentes, más o menos memorables. “Leviatán” es quizás la más emblemática novela del neoyorquino, una historia que se desarrolla a base de encuentros accidentales, de cruces insospechados del destino, en la que el hilo narrativo principal se desdibuja con frecuencia eclipsado por el halo siempre evocador de sus personajes, genuinos seres anónimos en un mundo en el que no terminan de creer. La historia nos invita a recorrer las peripecias de Peter Aaron, un oscuro escritor que se reencuentra de forma póstuma con un viejo compañero al que perdió la pista décadas atrás. El compromiso político, la pérdida de la fe en los propios principios, el análisis de la sociedad contemporánea y el juego eterno del destino caprichoso… todo eso y mucho más lo retrata Auster con una sensibilidad poco habitual en nuestros días. Añadir que esta novela tiene el mejor de los finales que un servidor jamás haya leído.

9.-“Querida Laura”, de Jean Stubbs, ca. 1960. Extraño título de una autora extraña, de la cual, sorprendentemente, apenas hay datos en Internet. He llegado a sospechar que Jean Stubbs era el pseudónimo de algún autor o autora que, por sabe Dios qué motivos, no quiso publicar bajo su propia firma, pero no, parece que fue una adorable ama de casa de Lancashire. “Querida Laura” es una apasionante obra detectivesca ambientada en la Inglaterra Victoriana, con un trabajo argumental prodigioso, de ésos que te desarman con el giro final. Una historia de corte Ágata Christie pero más pausada, trabajada, y delicada en sus matices emocionales. Lo que le pasa a este libro es que me encantó pero me supuso un profundo pesar: esperaba poder leer otras novelas de la autora, pero jamás encontré ninguna. Consultando en la biblioteca de mi localidad, me confirmaron que no había más libros de ella en ninguna de las instituciones bibliotecarias de mi comunidad autónoma (y no es de las más pequeñas, precisamente). Si os gusta la novela detectivesca y por azar dierais con alguno de los títulos de Jean Stubbs, haceos con él, no lo lamentaréis.

10.-“El mapa del tiempo”, de Félix Palma, 2008. No podía faltar algún paisano contemporáneo en este listado de libros memorables para el menda. Félix es un sanluqueño al que tuve el placer de conocer años ha, un tipo singular, discreto y un poco tímido, pero de ésos a los que en la mirada se les adivina una vibrante vida interior. Dotado de un envidiable oficio, una inventiva prodigiosa y un talento más que notable, Palma anduvo ganándose la vida como escritor mucho antes de publicar su “Mapa del Tiempo” a base, nada menos, que de ganar concursos literarios. “Onore e rispetto” para un mercenario de las letras al que siempre soñaré emular. “El Mapa del Tiempo” es una novela victoriana que mezcla fantasía sin complejos y una prosa que hace palidecer a legiones de Premios Planeta. Galardonada con el Premio Ateneo de Sevilla, traducida a una veintena de idiomas y genuino best-seller mundial, es otra de esas novelas particularmente recomendables para los amantes del género fantástico. A destacar, ante todo, el buen gusto y la elegancia del autor, capaz de apasionar a gente con el pudor intelectual de nuestra abuela con una obra que, si no es de ciencia ficción, sí que es un ejercicio de homenaje a uno de los padres del género, el británico H. G. Wells. Una novela, en fin, tremendamente terapéutica para los aspirantes a escritores que creemos saberlo y estar de vuelta de todo.

11.-“Hyperión”, Dan Simmons, 1989. Lo que he dicho de Félix Palma o de Susanna Clarke es aplicable a la obra magna del norteamericano Dan Simmons: si no te gusta la literatura fantástica, lee este libro. Léelo y ahora dime a la cara que la Sci-Fi es una mierda. ¿Ya? Ok. “Hyperión” es muy probablemente lo mejor que se ha escrito en ciencia ficción en las últimas tres décadas. Fuera de la etiqueta, “Hyperión” es probablemente uno de los libros mejor escritos de las últimas tres décadas. Ya su título hace referencia confesa a John Keats, el malhadado poeta romántico, al cual la obra sirve de homenaje, y cuya etérea presencia impregna toda la novela. Es la historia de siete dispares peregrinos que marchan hacia una suerte de oráculo en el confín de la galaxia, un trance del que difícilmente saldrán con vida, pero que han elegido de forma voluntaria para buscar las respuestas que sus conciencias les exigen. Simmons recurre a una estructura novelística más que singular para retratar toda una sociedad futura con sus virtudes y sus defectos, riquísima en matices y detalles, y con un despliegue de inventiva a cuya sombra casi todo lo que se ha escrito de fantasía con posterioridad queda a la altura del betún. Tanto si te gusta la Sci-Fi como si no, “Hyperión” es un libro que deberías leer, más aún si pretendes abrirte paso en este complejo mundillo de la escritura. Léelo, respira hondo, y dentro de unos meses, cuando lo hayas asimilado, replantéate tu vocación literaria: si vas a escribir algo que de partida no le llega ni a la centésima del nivel a “Hyperión”, ni te molestes.

12.- Después de meditarlo bien, he decidido dejar este espacio en blanco, pues estoy seguro de que el futuro me traerá novelas excepcionales, experiencias lectoras apasionantes, vivencias indescriptibles… Quizás dentro de unos años vuelva a hacer repaso de los libros que más me han conmovido y esta lista se vea radicalmente cambiada. Lo dudo, pero no cerremos esa puerta. En el número 12 está pues la próxima novela que cambiará mi visión del mundo y de la vida. Tal vez suceda pronto, o tal vez no, quién sabe. Ésa ya es otra historia.

Fantástico fin de semana

Este pasado fin de semana tuvo lugar en Dos Hermanas (Sevilla) el VIII Encuentro de Literatura Fantástica. Ocho años llevamos ya organizando estas simpáticas jornadas dedicadas a conversar, contrastar y debatir sobre lo que se escribe y lo que se lee en el mundillo de la literatura de género. Como en ocasiones anteriores, el evento ha resultado de lo más estimulante para la mayoría (hay algunos para los que no, me consta), incluido el que suscribe. Las ausencias de gente a la que tengo en gran estima se han compensado por el encanto de otros viejos conocidos y habituales como Virginia P. de la Puente, Santiago García-Clairac y Alfonso Merelo; por el buen hacer de mis compis de comité, caso del incombustible Iván Dequito, el diligente J.A. Muriel, el siempre entusiasta Teo Palacios, la encantadora Almudena y la indispensable Mª Carmen, nuestra superjefa; por el descubrimiento de nuevos compañeros de tapa y tertulia, como A. Morán Roa, Nacho Platero, Susana Vallejo, Xavier Marcé o Sergio Mars, con el que no era la primera vez que me cruzaba en este tipo de saraos. Y el inefable Ángel Vela, por supuesto. ¿Qué haría yo sin él? Una larga lista de rostros más o menos familiares, más o menos anónimos, se suman al escenario de unas jornadas literarias que ya se han ganado su madurez y su merecida solera en el panorama literario patrio, lo cual me enorgullece sobremanera.

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Para los que no pudisteis, no supisteis o no quisisteis asistir, sirva esta informal crónica a modo de cebo que acaso piquéis el año que viene. Si lo vuestro es un problema de pudor intelectual,  creedme: estas cosas son mucho más que una convención de gafapastas pontificando sobre lo humano y lo divino de las artes narrativas. Entre los mejores ratos, de hecho, se cuentan no pocos en el bar de en frente o en el de más allá… Y en todo caso, siempre es interesante cotillear con gente que conoce más o menos lo que se cuece en el ámbito editorial y literario. Yo, sin ir más lejos, he sacado algunas edificantes conclusiones de este fin de semana: que vivir de escribir –confirmado- es extremadamente difícil, que la crisis no anima a apostar por nuevos autores, que la piratería digital comienza a hacerse notar, que las tiradas cada vez son más cortas, que hay agentes y editores tanto o más torpes como torpe pueda serlo el más inútil de los profesionales de cualquier otro sector… y así otro puñado de ideas presumiblemente deprimentes hasta llegar a la última y más importante: que a pesar de todo, la vocación literaria está ahí porque, como los amores, es algo que uno no elige. Ya veis: estimulante a más no poder 🙂

La derrota

Jugar a la contra tiene encanto, mucho encanto, el atractivo del perdedor, del underdog, de las causas vanas. Hay una cosita dentro de cada uno de nosotros que nos despierta simpatía por los vencidos. Yo, como buen mercenario, no disimulo mi inclinación romántica por los personajes perdedores. “Si quieres conocer de verdad a un hombre, has de conocerlo en la derrota” decía el sabio con gran sensatez. Y es que hay ángulos singulares que se pierden de la perspectiva cuando observamos el mundo desde lo alto.

galomoribundo

Me vais a permitir una pequeña disertación antropológica: los griegos, los padres de Occidente, eran unos tíos muy listos. Mucho, tanto que fueron protagonistas de multitud de hechos memorables. Uno de los hitos alcanzados por los griegos poco conocido por el público general es el de la estética heroica. Me explico: los artistas de las primeras civilizaciones tendían a rendir homenaje a sus reyes y dioses de una manera un tanto burda: si observáis una estela o un relieve egipcio, babilónico o persa, veréis a un tipo enorme sometiendo a las tribus bárbaras, representadas como pequeños hombrecillos a los pies del caudillo de turno. Los griegos sin embargo no hacían eso. Al contrario, retrataban a sus enemigos como fornidos guerreros dotados de inmensos poderes. El juego mental es “yo he vencido a este tipo, no a un gusano insignificante, sino a todo un coloso”. El matiz es esencial, y probablemente tenga mucho que ver con la perpetuación cultural de un pueblo que, una vez vencido por las legiones romanas, supo conquistar a sus conquistadores, que siempre trataron de imitarles. Nosotros somos griegos, pues griega es la democracia, la filosofía, la ciencia, los elementos, en fin, que dan forma a lo que hoy se entiende y se define por “Occidente”.

Pues bien, la estética heroica plantó hace ya veintitantos siglos la semilla de un sentimiento que pervive en el arte y la cultura contemporánea, tan convincente resulta su base filosófica. Desde el humilde ágora que representa este blog, quiero hoy reivindicar la grieguicidad de todas nuestras derrotas. Porque la vida está y debe estar jalonada de derrotas: derrotas laborales, sociales, creativas, emocionales… Que no te contrate esa empresa en la que echaste el curri, que no te quiera esa chica que tanto te gusta, que no te den el premio ese al que presentaste tu reciente novela… es muy saludable si sabes extraerle la lección. ¡Ay de quien nunca haya paladeado el sabor de la derrota! No habrá aprendido nada.